Conrado Alzate Valencia*
Salamina es una población del norte de Caldas, llamada “La ciudad luz” por su gran vocación literaria; de este apacible y encantador municipio de casas de bahareque y tejas de barro son los poetas Agripina Montes del Valle, Fernando Mejía Mejía, Daniel Echeverri, Uriel girando Álvarez y Antonio Leiva Rivera.
Finalizando la década de los noventa, conocí a Antonio Leiva Rivera (junio 13 de 1946 – octubre 12 de 2019) y desde ese momento solíamos encontrarnos en Sorrento, en La Casona o en el Café Osiris, donde bebíamos ron hasta la medianoche, acompañados de otros escritores como Jaime Bedoya Martínez, Adalberto Agudelo Duque, Orlando Sierra Hernández, Jorge Hernán Flórez Hurtado y Juan Carlos Acevedo Ramos.
Por otra parte, la obra poética de Leiva Rivera (la que yo conozco) es muy breve; sólo publicó en 1989 el libro Cantera del viento, bajo la égida de la desaparecida Imprenta Departamental y algunos textos en periódicos y revistas. Él no tenía ningún afán de publicar, pues siempre argumentaba que lo importante no era divulgar constantemente sus trabajos, sino escribir bien. Y quizás tenía razón porque muchos bardos famosos escribieron muy poco. La creación de Aurelio Arturo, por ejemplo, no es muy extensa, sin embargo está considerada como una de las mejores líricas de Colombia.
Cuentan que una vez Javier Arias Ramírez dio a conocer unos poemas suyos en el dominical de La Patria, pero se los recortó. Leiva Rivera se disgustó tanto que fue hasta La Patria a hacer el reclamo. El rapsoda de Aranzazu, exclamó maliciosamente: “Yo no se los recorté, Antonio, se los corregí que es otra cosa”.
Ahora bien, un poco de hermenéutica poética nos acerca a las siguientes conclusiones: algunas de las revelaciones de Leiva Rivera son autobiográficas: “Soy un mensajero del silencio / heredero del olvido…”. Además son irónicas: “El barro en sus comienzos / era puro y simple / sencilla aleación / de polvo y agua / hasta que vino alguien / y lo contaminó. / Le metió un hombre”.
Y también elegíacas como estos renglones que le dedica al poeta y periodista Orlando Sierra Hernández: “Y fatalmente fue a las dos / de un día dos / del mes dos / del año dos mil dos / cuando dos balas asesinas / silenciaron para siempre / tu palabra y el poema…”.
Otra cosa, se cree que el sol del amor, de la felicidad y de la fortuna sólo alumbra a los necios y a los mequetrefes, o sea a quienes no merecen nada; y al artista le niega hasta el más tímido rayo, dejándolo solo en las tinieblas y con las manos vacías. Tal vez a eso se refiere el poeta cundo nos entrega esta confesión: “El sol no me quiso / alumbrar más / y estoy siempre de noche”
Sus textos también son cortos, naturales, recónditos, filosóficos y humanos. Al respecto Edgardo Escobar Gómez, escribió la siguiente presentación para Cantera del viento: “Antonio comulga con las más hondas motivaciones del alma y extrae del fondo de la condición humana, en virtud de una dolorosa percepción de su fugacidad y fragilidad, un manojo tembloroso de vivencias que toca ineludiblemente nuestras más íntimas fibras”.
Y más adelante Escobar Gómez, añade: “Estamos ante una poesía profundamente humana, comprometida con las raíces del sentimiento, intensa y visceral. Carente de artificios o rebuscamientos, nace del encuentro del hombre con sus íntimas urgencias espirituales, sin simulaciones ni falsas poses, pues es poesía para sentir, para entrar en íntimo contacto con su universo cálido y desgarrado”
El poeta desempoza su alma, la exterioriza para poder ver mejor el mundo; él siente con la dermis y la epidermis. Pues en la piel llevamos las cicatrices que nos ha infringido el dolor, la escritura de la muerte. Pero no podemos vivir sin este sensitivo órgano que cubre nuestro cuerpo. Esto lo sabe bien cuando indica: “Este grito largo de mi piel” o “Solo de vez en tarde y de tarde en vez / nos damos cuenta / que tenemos que ponernos la piel / y echar a andar”
Artista marginal es Leiva Rivera, infravalorado, distante de los círculos literarios, desasido del honor y de la gloria, habitante de la noche, contertulio de las estrellas y amante de la soledad creadora: “Nosotros, / los que nos sentamos afuera, a oscuras / que somos el lado oculto de la creación / sabemos que en la soledad / es donde encontramos / todo el amor que nos habita”.
Y el inolvidable escritor y crítico literario Roberto Vélez Correa, también entra en profundidad de su obra para entregarnos estas reflexiones: “…gusta de las paradojas que concibe una lírica de poco espacio para el amor terreno y generosa para los motivos sociales, como esa angustia embozada del ser humano que exige espacios para expandirse y aprovechar la ocasión de la existencia”.
Este año no ha sido bueno para nosotros. Estábamos terminando de apagar la catedral de Notre Dame y las selvas de América y de África, cuando supimos de la partida de Camilo Sesto y de José José, cantantes que estimularon nuestra bohemia nocturna en Manizales. Luego, octubre vino con otra noticia funesta: la muerte madrugó a darle a Antonio un “…manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida”, para expresarlo con los desconsolados versos de Miguel Hernández. Pero entre la ceniza, los escombros de la guerra, los desplazados y tantos muertos, resplandece como una joya diamantina la poesía de Antonio Leiva Rivera.
*Riosucio, noviembre 5 de 2019



