Mini crónica de una casa fantasma en Pereira. Dedicada a dos personas que me hubiera gustado conocer: S.K y H.P.L.
José Fernando Ruiz Piedrahita
Tenemos una extraña fascinación por los cuentos macabros, esos que contamos a la luz de un candil en medio de una espantosa tormenta con el viento aullando afuera e intentando colarse por las pequeñas rendijas de las ventanas. De esas que nos hace apretujarnos unos contra otros en busca de seguridad, mientras la voz del narrador va contando los espantosos sucesos que siempre le ocurrieron a alguien más. De esas historias que nos sobrecogen el corazón y que nos enfría el alma o como aquellas que mientras se van contando nos hacen sentir una mano helada que nos recorre la espalda… un toque particularmente frío y seco que tal vez ha salido de una tumba y aún conservan trozos de tierra húmeda…
No importa que no esté lloviendo, o que la luz no se haya ido, o que el sol entre rutilante por las ventanas y que el mundo de afuera esté palpitando con su ruido de voces, pasos y bocinas estridentes.
Mi padre vendió nuestra casa familiar. Aquella que se alzaba imponente en la esquina del barrio La Castellana y que todos admiraban por su fachada de pizarra, por su jardín bien cuidado y por los ventanales altos imitando unos que había visto en Europa en un viaje breve pero feliz. Mi padre se había aburrido de tanta belleza porque como dice la canción “El amor acaba y hasta la belleza cansa”. La venta nos permitía salir a buscar una casa tan bonita y amplia como la que teníamos, pero en Pereira. Así que una tarde salimos mi madre Margarita y yo a buscar y a ver casas en venta.
Vimos muchas
Iniciamos la búsqueda y vimos muchas. Desechamos las de dos pisos debido a que mi abuela no podía subir escalas. Dejamos de lado las que estaban muy cercanas a los paraderos de buses porque a mi madre le fastidiaba el ruido de los vehículos. Buscamos en varias casas en oferta donde el ruido no era muy exagerado. Vimos algunas que tenían todas las posibilidades y cumplían las condiciones necesarias. La última que visitamos era un caserón de un solo piso. Rodeada por un amplio jardín; tenía garaje para un vehículo y una zona para visitantes, estaba en relativamente cerca del centro. Tenía un hermoso pórtico. La casa tenía nombre, según nos contó la persona encargada de mostrarla y que nos abrió la puerta.
—Sigan… esta es la casa de los Santa Coloma. Lleva algunos años sin habitar, pero en la agencia nos hemos preocupado por hacerle los mantenimientos necesarios…
Efectivamente la casa era enorme. De techos altos y lámparas de cristal con lágrimas vítreas que con el suave correr del viento sonaban como campanitas, Una cocina con grandes quemadores a gas, cuarto de servicio con baño. Amplio patio de ropas. Cinco habitaciones con pequeñas terrazas. Tres salas distribuidas por toda la casa. Una para las visitas, otra para la televisión y otra para un estudio privado. Dos comedores. Uno familiar y otro formal. El cuarto principal tenía tina de mármol y techo con vigas. Tanto lujo no iba a ser posible para nosotros, pero, además, la habitación principal tenía un olorcillo tenue muy desagradable… como si bajo el piso se hubiera muerto un ratón hace muchos años, pero mezclado con ese olor de la pólvora en navidad. En la parte de atrás, había un pequeño cuarto para herramientas, un patio grande con asador y lo que algún día fue una pequeña pero bonita piscina donde se acumulaban hojas secas. La casa era hermosa y muy pretensiosa. Mientras mirábamos la parte exterior de la casa miré hacia una de las ventanas y me pareció ver el rostro de una niña rubia que me sonreía.
La hija
Pensé que tal vez era la hija de la señora de la agencia inmobiliaria, pero me extrañó no haberla visto cerca de la señora que nos mostraba la casa. Seguimos viendo los cuartos. Aunque la compra sería imposible, yo soñaba con el cuarto de atrás, el que daba a la piscina, y me entretuve un rato imaginando mis cosas puestas ahí. Mi cama, mi escritorio donde pasaba largas horas leyendo o escribiendo cuentos que me contaba a mí mismo desbordado por una imaginación sin límite. Entonces oí el ruido de algo esférico que se deslizaba por el piso de fina madera. Una pequeña bolita de cristal rodaba hacia mí. Venía al parecer del armario ubicado en la pared opuesta a la ventana. Pisé la bolita deteniendo su camino y me quedé mirando la puerta del armario apenas abierta.
—Hola niña… Mira, aquí está tu bolita —dije en voz alta, porque vi que la puerta se cerraba lentamente. Entonces tomé la perilla para evitar que se cerrara toda y halé para abrirla; encontré un poco de resistencia como si alguien no quisiera que la puerta fuera abierta, pero finalmente pude abrirla para descubrir que el interior estaba vacío. Había un armario con cajoneras para la ropa y el típico espacio para colgar vestidos…. Y mucho olor a moho.
Algo se movió atrás de mí y oí con claridad una risita divertida y picarona. La risa de una niña pequeña que acababa de hacer una travesura. Me gire para sorprender a la niña… pero detrás de mí no había nadie. Un frío helado me tocó el corazón y algo dentro de mí gritaba que saliera de esa habitación rápido. Oía la voz de mi madre hablando con la señora de la agencia sobre los espacios para lavadora y nevera, pero yo ya no quería estar en esa casa y mucho menos tener que poner la lavadora, la nevera o lo que fuera ahí… salí como loco de la habitación. Y mientras corría, oí como la puerta del armario se cerraba bruscamente.
En el comedor
Mi madre estaba en el comedor principal donde una hermosa lámpara de cristal pendía del techo. Me fijé que en los brazos curvos de aquel candil no solo pendían complejas piezas de vidrio. También colgaban largos y brillantes espaguetis… o fideos que chorreaban agua.
En la lámpara hay fideos colgando —dije temblando.
¿Tiene fiebre, mijo? —preguntó mi madre.
No… es que…
Mijo…. Ahí no hay nada. Está empolvada por el tiempo, pero aparte de
eso y las telarañas…. No hay ningún fideo colgando.
Volví a mirar y los fideos… ya no estaban. Un temblor recorrió mi cuerpo y unas enormes ganas de ir al baño se apoderaron de mí.
No me gusta esta casa. Está fea y huele mal…
—Si se deciden por esta casa, la agencia la pondrá habitable. La limpiaremos, pintaremos y arreglaremos lo que sea necesario.
Atrás vi una niña que… — dije con voz de falsete.
No niño…. La casa está deshabitada hace cinco años…
— ¿Y por qué nadie la ha comprado…? —dije — mientras que mi
madre me miraba reprobando mi actitud. La agente inmobiliaria cambió su actitud amable.
Miren… voy a ser sincera… es cierto que hubo una niña aquí. Era la hija
de los Santa Coloma. Murió a los siete años ahogada por una canica mientras jugaba cerca de su mamá que estaba almorzando un plato de… fideos. Cuando la madre se dio cuenta que la niña estaba ya morada por falta de aire, se levantó tan bruscamente que algunos restos de comida quedaron colgando en la lámpara. La pobre señora no pudo soportar su sentimiento de culpa…. Y se colgó de una de las vigas del cuarto principal. El padre había salido de viaje y cuando regresó había pasado una semana.
En la mano
Los vecinos pensaron que la familia había salido de viaje y a nadie le extrañó el silencio durante esos días. Cuando el señor descubrió la tragedia quedó completamente desquiciado y se disparó en la cabeza cayendo a los pies colgantes de su mujer. El ruido del arma atrajo a los vecinos… y pues, la casa quedó en remate. Si esto es motivo para no comprarla lo entiendo…
Recordé que había recogido una canica de cristal. Abrí la mano derecha donde la tenía aún.
— ¿Una canica como ésta? —La mostré a ellas——
Oh… Por Dios…. Si… una canica como… esa… ¿Dónde? —preguntó la
mujer de la agencia con el rostro blanco por el terror…
En el cuarto de atrás… —señalé.
—Salgamos… salgamos ya —Dijo mi madre tomándome del brazo y haciendo que la canica cayera al piso donde se fue rebotando, hacia la habitación de atrás. La mujer de la agencia nunca salió a pesar de que mi madre le tocó varias veces la puerta llamándola. Yo le decía a mi madre que nos fuéramos, cuando en eso, llegó una chica muy bonita.
—¿Cómo están? Soy Rosalba… Vengo de la agencia a mostrar la casa.
Mi madre y yo ni siquiera saludamos a la joven. Salimos corriendo rumbo al paradero de buses más cercano para regresar nuestra casa en Dosquebradas. Finalmente, mi padre compró una casa en el centro de Pereira. Un caserón grande y viejo con patio, cuatro habitaciones, una sala grande con biblioteca y horror de horrores…un sótano que me daba escalofríos. Hoy, la casa ya no existe, en su lugar hay un centro comercial. Pasar por allí me recuerda que debajo hay cosas incorpóreas, etéreas… que por la noche salen a caminar silenciosos tratando de que no los oigan, o los vean.



