Lo más hermoso
(De mi libro “De regreso a Ítaca”, 2014)
Quiso el Eterno Padre, con su amor,
dotar el frío cosmos de belleza;
y, entonces, creó la luz, que en su terneza
da vida con su fuego y su color.
Miró el Eterno Padre, con dolor,
que el hombre estaba solo en su tristeza;
y le dio la mujer que, en su lindeza,
perfuma y embelesa, cual la flor.
Pero faltaba aún lo más hermoso,
para así culminar la Creación.
Y, entonces, el Eterno y Sabio Padre
quiso ofrendar su propio corazón
en un ser, el más noble y primoroso,
el mismo amor de Dios, y fuiste ¡Madre!
Oración de un educador
(De mi libro “Navegante de crepúsculos”, 1995)
Oh, Sumo Pedagogo Jesucristo,
tú que eres un auténtico Maestro,
y enseñaste el camino a la belleza,
la verdad y el amor con tus preceptos.
Tú que eres el buen pastor y amigo,
el pan de vida, el mártir más excelso,
escucha la plegaria de este hermano,
mal llamado por los hombres un “Maestro”.
Concédeme, Rabí, primero amar;
para, así, merecer el magisterio.
Que vea en los alumnos mis ovejas,
y busque a las perdidas con gran celo.
Si el lobo del error me las acecha
que lo ahuyente con métodos correctos.
Te suplico, Señor, no ser dogmático.
¡Ayúdame a alumbrarles sus senderos!
Que así como enseñaste a ver la luz
por medio de tu crístico evangelio;
y diste real prueba de tu amor
sanando a los inválidos y ciegos,
también ayude a caminar y a ver.
Que sea de mis alumnos compañero.
Si quiero hacerlos nobles, sabios y útiles
que les dé testimonio con mi ejemplo.
Oh, Sumo Pedagogo Jesucristo,
que no sea un docente fariseo,
como el que habla de amor y democracia,
siendo un profanador de los derechos.
Que cual Rabindranath Tagore o Sócrates,
Gabriela Mistral, sea fiel, honesto.
Y, como tú, aun llegue al sacrificio.
¡Enséñame a enseñar, Santo Maestro!
Títere parlante
Cuando un papel ficticio represento
como “maestro” en aulas escolares,
y hablo a mis alumnos del amor
aunque en mis actos muestre iniquidades;
cuando quiero cambiar a los demás
sin primero a mí mismo transformarme,
me cuestiono sintiéndome un hipócrita:
“¿Será que soy un títere parlante?”.
Cuando veo a discípulos paupérrimos,
desnutridos, enfermos y con hambre,
a niños que no están en las escuelas
porque a diario mendigan en las calles;
cuando enseño justicia y democracia
y les violo derechos, libertades,
me siento un demagogo y reflexiono:
“¿Será que soy un títere parlante?”.
Cuando soy memorístico y mecánico,
atiborrando cajas cerebrales;
o imponiendo, dogmático, conceptos,
cual si fueran las últimas verdades,
y no enseño a aprender, a investigar,
despertar la verdad que en todos yace,
me siento no un maestro y me reclamo:
“¿Será que soy un títere parlante?”.
Cuando el salón no es aula sino jaula,
y son los niños las cautivas aves,
temerosas, frustradas, silenciosas,
sin trinos, alegrías, libertades;
cuando por mi iracundia e ineptitud
las enseñanzas entran con la sangre,
sintiéndome verdugo o carcelero,
me acuso: “¿Seré un títere parlante?”.
Cuando por ser paternalista o blando,
inútiles los vuelvo e irresponsables,
y por mi flojedad o negligencia
crecer los dejo cual torcidos árboles;
cuando no sé al amor y la justicia
equilibrarlos en correctas partes,
me siento un mal maestro y me reprocho:
“¿Será que soy un títere parlante?”.
Cuando siento que actúo como máquina
de un sistema social de falsedades,
y que con mis programas solo logro
fabricar más robots, no hombres pensantes,
de nuevo me cuestiono con tristeza:
“¿Será que soy un títere parlante?”.
Y clamo: “Amor, que rompa las cadenas.
¡Libéralos y ayuda a libertarme!”.
Imagen: “Esclavitud”, Manuel Castelin



