“Para mí, la literatura no es un pasatiempo: es la forma más honesta que tengo de comprender y compartir la realidad”.
“Me llamo Julián Arango, tengo 16 años y curso grado 11 en la Institución Educativa Ciudadela Cuba, en Pereira. Desde niño descubrí que el silencio y la soledad podían ser un lugar fértil: mientras otros lo veían como aislamiento, yo lo sentía como un espacio donde era posible detenerse a observar cada detalle, a escuchar lo que pasa desapercibido y a darle un sentido distinto a lo cotidiano. Esa manera de habitar el mundo me llevó naturalmente a la escritura.
Escribo porque en medio de mi soledad aprendí a transformar lo que pienso y lo que siento en palabras; porque cada reflexión, cada emoción y cada perspectiva encuentran en la escritura una voz más clara que la mía. Para mí, la literatura no es un pasatiempo: es la forma más honesta que tengo de comprender y compartir la realidad. En mis textos intento mostrar esa sensibilidad con la que recorro la vida, y esa necesidad de convertir la observación en historias que logren tocar, aunque sea un poco, la experiencia de quienes las lean”.
EL NIÑO QUE VIVE EN LA LUZ ROJA
Hay un niño en la esquina de la Avenida 30 con la Circunvalar. Tal vez lo has visto. Tal vez no. Tal vez eres de los que baja la mirada cuando se acerca con su tarro de dulces, porque no soportas ver que la vida puede ser tan injusta, porque prefieres fingir que no existe. Pero él existe.
Siempre está ahí cuando el semáforo se pone en rojo, como si la ciudad lo hubiera condenado a vivir en esos segundos detenidos, en ese instante donde todos tienen prisa menos él.
Lo vi ayer, bajo el sol que quema, con los labios partidos y las manos llenas de polvo. Tenía una camiseta vieja con dibujos desteñidos y un pantalón que alguna vez le quedó grande, pero que ahora apenas le cubre las rodillas. Caminaba entre los carros con ese andar cansado de quien ya entendió que el mundo no se detiene por nadie. Le ofreció un dulce a un hombre que hablaba por teléfono dentro de una camioneta. El hombre ni siquiera volteó. Ni siquiera dijo “no”. Solo subió el vidrio y siguió hablando de cosas que seguro parecen importantes. El niño sonrió igual, porque aprendió a sonreír para no asustar.
Aprendió que la compasión dura menos que la luz verde. Pienso en cuántos años tiene. Ocho, quizá nueve. O tal vez menos, porque la calle envejece rápido. A esa edad debería estar aprendiendo a multiplicar, corriendo detrás de un balón, durmiendo con un peluche. Pero aquí está, contando monedas que no alcanzan, respirando humo, tragando olvido. La infancia se le fue con cada cambio de luz.
El semáforo volvió a ponerse en rojo y el niño corrió hacia otro carro, esquivando el tráfico como si jugara, pero no hay juego aquí. Solo hay hambre. Hambre que no se quita con dulces, hambre que le muerde el estómago mientras la ciudad mastica sus esperanzas y las escupe sobre el asfalto caliente.
Cuando los carros arrancaron, él se quedó en la orilla, mirando cómo se alejaban los que nunca se detendrán por él. ¿A dónde irá cuando el cielo oscurezca? Tal vez a un rincón del barrio San Nicolás, tal vez a un colchón húmedo en una pieza sin ventanas. Tal vez a abrazar a una madre que también vende algo para sobrevivir, o tal vez a nadie. Nadie lo sabe. Nadie pregunta. Nadie quiere saber.
Hay cosas que Pereira no muestra en las fotos bonitas de Instagram. Cosas que esconde debajo de las luces nuevas, de los cafés llenos, de las calles que huelen a modernidad. Cosas como este niño, que sigue ahí, con la sonrisa rota y los bolsillos vacíos, esperando un milagro que no vendrá en forma de monedas.
A veces imagino que alguien se detiene. Que alguien baja el vidrio, no para darle dinero, sino para decirle: “Ven, vámonos, no tienes que seguir aquí.” Pero eso no pasa. Nunca pasa. Porque todos miran al frente, porque todos tienen prisa, porque nadie quiere sentir la culpa de ver cómo la ciudad mastica niños y los deja convertidos en sombras.
El semáforo vuelve a cambiar. Los carros arrancan. Y él se queda. Siempre se queda. Esperando a que alguien note que no quiere vender dulces. Que lo único que quiere es volver a ser niño.
EL VIENTO SUENA DISTINTO AQUÍ ARRIBA
Nunca pensé que el viento sonara tan fuerte aquí arriba. Golpea como si quisiera empujarme antes de que lo decida, como si supiera que ya no me queda nada.
Todos dicen que el Viaducto es hermoso, que las luces lo hacen parecer un puente colgado del cielo. Y sí, lo es. Es hermoso para quienes lo miran desde lejos, para los que lo cruzan rápido sin sentir el frío que se mete en los huesos.
Nadie habla de ese frío. Ese frío que no viene del clima, sino de adentro. El frío de saber que no hay nadie esperando al otro lado. Pereira se ve distinta desde aquí. Tan viva. Tan llena de ruido, de risas, de bocinas… y yo tan muerto por dentro.
Allá abajo pasan buses, motos que rugen como bestias hambrientas, gente que corre porque teme llegar tarde a algo que quizá tampoco importa tanto. Ninguno mira hacia arriba. Nadie lo hace. Si lo hicieran, me verían parado sobre la baranda, con los pies temblando y el corazón hecho ceniza, tratando de convencerme de que hay razones para quedarme. No las encuentro. Hace semanas dejé de buscarlas. Fingí que todo estaba bien.
Caminé por la 14, me perdí en la Circunvalar entre luces de neón y música barata. Sonreí en cafés llenos de conversaciones huecas y promesas falsas. “Todo bien”, respondía siempre, aunque por dentro gritaba lo contrario. Nadie escuchó lo que quería decir en realidad: sálvame. Pero las palabras pesan, y yo ya no tenía fuerza para cargarlas.
Pienso en mi madre. ¿Cómo recibirá la noticia? Ojalá no me odie. Ojalá entienda que lo intenté. Pienso en los amigos que dejaron de escribirme cuando dejé de ser divertido, cuando mis chistes se apagaron y las salidas dejaron de parecerles suficientes.
Pienso en mí, en este cuerpo que se volvió cárcel, en esta mente que no sabe cómo callarse, en este corazón que se cansó de latir sin motivo.
¿Cómo llegué hasta aquí? Tal vez esa no sea la pregunta correcta. Tal vez la pregunta real sea: ¿por qué nadie se dio cuenta?
El río Otún suena como un secreto que arrastra todo. Desde aquí lo escucho murmurar mi nombre, suave, constante, como quien ofrece descanso. Si cierro los ojos, siento que me llama. Y lo extraño es que no tengo miedo. No hay terror. Solo cansancio. El cansancio de seguir respirando cuando cada inhalación duele más que cualquier caída.
No voy a dejar carta. ¿Para qué? Nadie lee los silencios, y mis gritos nunca fueron con voz. Todo está dicho en las madrugadas que pasé mirando el techo, en las sonrisas prestadas para no preocupar, en las veces que dije “mañana será mejor” y el mañana nunca llegó.
Si alguien pasa por aquí mañana, verá flores pegadas a esta baranda, una foto mía en las noticias, y tal vez alguien publique una frase de cajón: “Vuela alto”.
Como si eso sirviera de algo. Como si eso me devolviera los días que pasé suplicando sin palabras, como si esas alas no llegaran tarde.
El viento pega más fuerte. Las luces abajo parecen un mar de estrellas falsas, esas que no iluminan nada, esas que solo pretenden.
No hay ruido. No hay voces. Solo este murmullo que parece decirme: “ya está”. Y por primera vez en mucho tiempo, siento paz.
Cuando cierren la calle y las sirenas corten la noche, quiero que alguien, aunque sea uno, entienda esto: No salté porque quisiera morir. Salté porque nadie llegó a tiempo para enseñarme a vivir.



