De espantos, entierros y fantasmas

Fabio Vélez Correa rescata la tradición oral de nuestros abuelos. El libro nació a partir de una investigación que realizó sobre la historia de su pueblo natal, Risaralda.

Marcela Cerón Rubio

La luz de una vela y al calor de un fogón que despedía humo con olor a chocolate y arepa, los abuelos se reunían para rasgar una guitarra y contar historias. De sorbo en sorbo y de pasillo en pasillo, los viejos narraban los sucesos de familiares y conocidos con personajes como El Mohán, La Patasola, las brujas de Sancancio, El Judío Errante, la monja sin cabeza, el duende, El Fantasma de Herveo, entre otros. 

La noche oscura era cómplice del miedo y el asombro de los niños y los jóvenes, que escuchaban con atención esos mitos, espantos y leyendas tan alucinantes como sus narradores. Luego, al concluir la velada, los seres fantásticos de estos relatos cobraban vida en sus sueños o en las siluetas caprichosas de los cafetales y las plataneras mecidas por el viento. 

A veces, los narradores cambiaban el lugar, el personaje; pero el arriero conservaba la esencia extraordinaria de ese cuento al compartir jornadas entre caminos, cañadas, mulas y fondas. Hoy, todas esas historias propias de la tradición oral caldense hacen parte del libro Espantos de los abuelos. Tradición mítica y legendaria del Área Metropolitana Centro Sur de Caldas, del historiador y autor caldense Fabio Vélez Correa. 

El libro nació a partir de una investigación que Vélez Correa realizó el año pasado, sobre la historia de su pueblo natal, Risaralda, ubicado al occidente de Caldas. 

“Como soy un enamorado de la mitología y el folclor oral, aproveché la revisión del diario La Patria para consultar lo relacionado con espantos y leyendas de Caldas”, explicó. Y, durante esas pesquisas, encontró un documento titulado El espanto de La Enea, del cual se publicaron 10 entregas en dicho periódico en 1931. Pero no en La Enea de ahora, sino en la de antes; la rural, la del sector de La Libertad, de la capillita campesina, y de El camino de La Alvira por donde los arrieros llevaban mercancía para Honda. 

El texto le pareció interesante y al momento de transcribirlo quedó de 40 páginas. “La historia está con el lenguaje coloquial de la época, se habla de suicidas, entierros, luces, fantasmas, etc. Entonces, pensé, El mohán fue el terror de las gentes en Neira, pues secuestraba y retenía a las mujeres hasta que deseaba a otra. Todo este material me sirve para hacer otro libro de rescate de la tradición oral de Caldas”, expresó el historiador. 

Vélez Correa afirmó que el tema mítico lo trabaja desde hace más de cuatro décadas, pues tiene un archivo nutrido de documentos que lo hacen apasionar más por esas historias que surgen en las ciudades y los pueblos. 

El Espanto del Palacio Nacional 

La información nueva tiene que ver con El Espanto de La Enea, el cual se mencionó antes. Además, con otros que, según la tradición oral, asustaban en los sectores de Milán y Chipre. Y otro más, en el Palacio Nacional, del cual se habló mucho en los años 40 del siglo pasado. 

Sobre el fantasma del Palacio Nacional, redactó el cronista del periódico La Mañana el 23 de julio de 1944: “Otras personas que lo han oído, son el Dr. Jaime Escobar Londoño y don Bernardo Moreno. Según cuentas, una noche cualquiera de estas, se encontraban apostados los expresados caballeros en la esquina del Palacio Municipal, cuando oyeron un tiro de revólver dentro de dicho edificio. Inmediatamente subieron y rondaron por todas partes y no encontraron el menor vestigio o seña de persona alguna” (p. 140). 

El asesinato de Carlina Albornoz 

La obra cuenta con otras historias como el asesinato de Carlina Albornoz, más conocido como El crimen de la calle 14, que conmocionó a la ciudad en 1944. Su compañero sentimental, Misael Parra Ballesteros, degolló con un cuchillo a la protagonista porque esta le hizo una escena de celos. 

Él se fue para la calle a verse con sus amigos y al regresar se acostó. A la media noche llevó el cadáver al patio y lo enterró con una gruesa capa de cal para evitar olores y sospechas. Sobre este asesinato, del cual La Patria informó a sus lectores durante cinco años y fue todo un suceso periodístico, Vélez Correa apuntó: “A los diarios locales empezaron a llegar anónimos en los cuales se decía que a la señora Albornoz la habían matado y estaba enterrada en una fosa en el patio de la casa”. La Policía hizo averiguaciones y desenterró el cadáver. Las autoridades capturaron a Parra Ballesteros, quien pagó su sentencia en la cárcel de Palmira. 

Este proceso de investigar y atrapar al culpable tardó un lustro. Tiempo después, el criminal se fugó de su celda. Nunca más se supo de él. A mediados de los 40, los habitantes de esa zona empezaron a decir que “[…] unos afirman que al filo de las doce una sombra negra se pasea repetidas veces frente a la casa en donde fue asesinada la Albornoz. Varios vecinos han despertado en medio de la noche y han escuchado quejidos lastimeros y llamados misteriosos. Hasta ayer, todo esto se había limitado a comentarios de portón […]” (p.149). 

Incluso, la gente aseguró que salían brujas y se veían “bultos negros” que volaban en la oscuridad. 

La Madre Anatolia

Otro personaje que aún sigue vivo en la memoria de los padres y abuelos de esa época, y que impactó al historiador Fabio Vélez Correa, es la Madre Anatolia. De ella y su vida compleja y misteriosa, escuchó hablar por primera vez cuando era un joven estudiante del Instituto Manizales en los años 60. Sobre esta monja se tejieron muchas teorías, pues como relata el autor: “Se decía que realmente era una mujer humilde, piadosa y le gustaba rescatar a los niños huérfanos. A ellos los llevaba a su monasterio ubicado en la parte baja de lo que hoy es el barrio Campoamor”. Por otro lado, ella se ganó la malquerencia de las ricas y encopetadas del pueblo. Estas hablaron con Monseñor Arturo Duque Villegas para decirle “que realmente no era una monja. Que era una prostituta, quien recogía a las niñas y las prostituía. Y cuando sus hijos nacían, los mataba y los enterraba en el patio”, hizo énfasis el escritor. 

Un personaje, que se volvió leyenda, pero que muy pocos recuerdan hoy. Los suicidas del puente Olivares En otro de los apartados de la obra, Vélez Correa rescata algunos de los sucesos sobre los famosos suicidas del legendario puente Olivares en los años 40 y 50. La estructura comunica al barrio Galán con la vía que conduce al municipio de Neira en la actualidad. 

“Cuando los suicidas querían acabar con su vida, iban a la cantina que quedaba a la entrada del puente, llamada La última copa, y bebían aguardiente. Ponían un disco de Los Cuyos, llamado Como se adora el sol, muy famoso en su época. Y en medio del dolor y la rasca, se iban al centro del puente y se arrojaban al río”, indicó. 

Una noticia publicada por el rotativo caldense el 19 de diciembre de 1945, informa en el titular: “Joven de dieciséis años se arrojó por el puente”. Jose J. Giraldo, quien tomó la decisión fatal, era empleado de La cantina La Cumparsita y sostenía a su mamá Mercedes viuda de Giraldo. 

El cronista judicial escribió sobre este hecho: “Se arroja: Pocos minutos después, Giraldo se dirigió hacia el puente y según lo manifestó a los individuos que se hallaban en el establecimiento, se iba al otro lado, es decir a la otra cantina, para seguir la farra. Ya en mitad del puente, se detuvo y dirigiendo una mirada hacia la cantina, se subió a los barandales, tomó impulso, y su cuerpo fue a estrellarse horrorosamente en la fatal “piedra de toque”” (p. 215). 

Los espantos de los abuelos es una obra que tiene como propósito rescatar el legado oral de los antepasados caldenses. Un libro que guarda y perpetúa de principio a fin, los recuerdos de quienes oyeron, vieron y contaron las historias más inverosímiles de seres fantasmagóricos. 

Periódico Portavoz de Manizales

El diseñador

El escultor y pintor caldense, Jorge Vélez Correa, diseñó la carátula y algunas de las ilustraciones interiores que acompañan el libro. En este caso, la imagen denominada Espantos en Manizales se trabajó en una técnica mixta, óleo y acrílico. En un primer plano se aprecia La Parca, con su característica guadaña, y la carrera 22 en el sector del Parque Caldas. Allí, se ven la iglesia La Inmaculada, la Catedral y algunas casas de un solo piso. Rematan la composición las brujas de Sancancio volando en sus escobas en el horizonte coronado por la luna llena, que ilumina una noche misteriosa

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