De lugares alejados y únicos instantes

Franklyn Molano Gaona
Docente – investigador

Recordar aquellos instantes que están guardados y revivir esos episodios acompañados de personajes y de pasajes únicos y auténticos, los cuales merecen ser contados, así como episodios en lugares alejados del territorio nacional, que casi no se sabe de ellos, pero aquí se vuelven visibles, fueron las historias que salieron de los estudiantes de Enfermería del Programa de Salud de la Fundación Universitaria del Área Andina, ideales para la lectura durante estos días de recogimiento y de estar en casa.

Y solo sé que se llama Noelia
Juan Sebastián Reveiz Enríquez
jreveiz@estudiantes.areandina.edu.co

Eran las 11:23 p.m., del 01 de abril del 2014, me encontraba trasladando un paciente que había fallecido por causas inherentes a la edad, desde el servicio de urgencias hasta la sala de paz de la Clínica Nuestra Señora de los Remedios (lugar donde me desempeñaba como camillero). En ese momento, recibí una llamada, era mi suegra avisando que Valeria (mi esposa) tenía muchas contracciones en intervalos cortos de tiempo. Quedé frío, paralizado por el acontecimiento que se veía venir con un poco más de seis semanas de antelación y para el cual no estaba preparado; dejé al occiso sobre la mesa fría como de costumbre, como pude di las indicaciones a sus familiares y aunque solo quedaban treinta y siete minutos para finalizar mi turno, estos se convirtieron en una eternidad.

Al llegar las doce indiqué los asuntos pendientes en la estación de enfermería y me dispuse a salir con prontitud en mi motocicleta hacia la Clínica de Comfenalco en la ciudad de Cali. Era una noche muy fría, sola y silenciosa, mientras me trasladaba por sus calles pensaba en cómo una vida se apagaba mientras otra estaba por nacer; es el ciclo natural de la vida, me dije y continué repitiendo una frase escuchada con anterioridad por los abuelos, aquella que dice: “Lo único seguro en la vida desde que se nace, es la muerte”. Esto quiere decir que al momento de nacer lo único que se tiene con seguridad o verdad absoluta es que algún día la muerte tocará a nuestra puerta.

Llegué al lugar donde mi esposa se encontraba, su cara reflejaba angustia por lo desconocido y dolor por las innumerables contracciones que presentaba; pasamos con el médico de turno quien al realizar el tacto nos dijo entre risas: “De hoy no pasa” y llamó al camillero para que nos trasladara al servicio de obstetricia. Al ser valorada nuevamente por el ginecólogo este confirmó lo antes mencionado y luego de preguntarnos el nombre de la bebé, nos advirtió: “Noelia nacerá esta madrugada así que vayan preparando todo para su llegada”. Acto seguido fuimos separados ya que ella debía ser llevada a un cubículo para iniciar lo que en jerga médica se conoce como trabajo de parto. Yo solo tenía quince minutos cada dos horas para ingresar a dicho espacio donde ella se encontraba, en sollozos, aferrada a mí, implorando paz.

A eso de las 04:25 de la madrugada ingresamos a la sala de parto, en su centro, una mesa fría, el ginecólogo preparaba todo mientras cantaba la canción “Noelia, Noelia, Noeliaaaa” de Nino Bravo, mi esposa ya había reventado fuente y se encontraba más serena. Yo no sabía qué hacer. Fueron solo tres pujos… tres pujos y ¡mi hija Noelia nació! Fue algo indescriptible, es increíble ver un pequeño y frágil ser, fruto del amor de dos personas, materializarse así… llorando, moviéndose, quejándose… ¡¡Wow!! El médico no había terminado con la madre cuando me entregó a mi hija en los brazos diciendo: “Lo felicito, es una hermosa niña con un nombre excepcional”.

La celebración
Daniela Correa Duque
Dcorrea41@estudiantes.arendina.edu.co
Yo soy de un pueblo llamado Anserma ubicado al occidente del departamento de Caldas. Normalmente, cada fin de semana organizo mi viaje para ir a visitar mi familia materna los cuales son oriundos y residentes de este, también aprovecho para salir con mis amigos.

En estos momentos recuerdo con mucha alegría pero también tristeza aquel lugar al que solía ir siempre que estaba en Anserma, un bar llamado VIP más que un sitio para bailar o tomar algo siento que fue un lugar muy importante para mí donde conocí muchas personas, compartí momentos maravillosos e inolvidables.

El ultimo día que estuve allá fue el Sábado 04 de Enero de este año para celebrar mi cumpleaños número 26, yo cumplo el día 02 de Enero pero me encontraba laborando así que no lo había podido celebrar, me levante muy animada y comencé a organizarme ya que tenía un almuerzo familiar, me sentía completamente feliz de tener a todas las personas más importantes en mi vida a mi alrededor.

Al finalizar la tarde ya había hablado con mis amigos para encontrarnos a las 9 de la noche para continuar la celebración, como siempre íbamos a estar en VIP, siempre nos reservaban la mesa sabían que éramos tan buenos clientes que nunca faltábamos para estar allá compartiendo.

¡¡Oh Sorpresa!! Creo que en mi cara se notaba la alegría al ver que me tenían la mesa organizada con una pequeña torta y coctel ahí estaban todos mis amigos y amigas, nos dimos unos abrazos de esos que sientes profundamente, miradas emotivas y lágrimas que salían de mis ojos a tan lindo detalle por parte de ellos, nos desatrazamos como popularmente se dice, bailamos y no podía faltar algo para tomar.

Aparte de guardar todos estos recuerdos en mi mente siempre tendré un espacio físico para ellas, durante toda la noche recordamos los momentos vividos, nos reíamos por las locuras y los infinitos momentos compartidos, esa noche fui tan feliz sin imaginar más adelante que ese sería el último día que compartiría en este lugar.

Después de esta celebración, volví a Pereira ya que debía trabajar, pasaron muchos días, semanas, por algunos motivos no pude volver a viajar se llegó el mes de Marzo y ya tenía planes para viajar un fin de semana con puente festivo. Paso algo que nadie se imaginaba y fue cuando comenzó la pandemia para ese fin de semana comenzó.

Fue algo muy triste con el paso de los días mi amigo tuvo que cerrar el bar y ya nunca hasta el día de hoy pudimos volver a encontrarnos allá, ese día quedara siempre en mi memoria y corazón.

Plasmado en letras donde un día fui feliz
Keila Alexandra Solís Martínez
ksolis@estudiantes.areandina.edu.co

Hay un frase que dice “que uno siempre vuelve a los lugares donde alguna vez fue feliz” y hoy quiero plasmar ante mi lector un lugar donde una vez lo fui, alejado de la monotonía, costumbres y pensamientos distintos a la realidad actual, un mundo rodeado de naturaleza, donde se respira paz y tranquilidad, me refiero a un lugar que me llena recuerdos y anhelos que marcaron mi vida y forjaron lo que hoy soy, una persona con visiones, metas y sueños por cumplir, agradezco a Dios y a la vida la oportunidad de vivir esta humilde pero acogedora experiencia llamada colegio Normal superior la inmaculada.

Recuerdo que era inmenso, tenía muchos árboles, los campos vestían sus pasillos, el sonido de la naturaleza y la brisa del río nos resultaba placenteros, las campanas sonaban para avisar la hora de iniciar y terminar la jornada. De las mejores experiencias vividas durante mi vida escolar recuerdo cuando íbamos a realizar oraciones en la “cuevita”(Nombre que le dimos nosotros porque era una cueva hecha en piedra donde estaba la virgen María) todos participábamos llevando flores y pedíamos por nuestras familias, amigos y que nos ayudará a ganar el año, siempre existía esa espiritualidad en nosotros que el mismo colegio nos infundía.

Si llegábamos tarde y habían cerrado la portería principal ingresamos por el cementerio que estaba ubicado al lado del colegio, separado por una pared que nosotros escalamos para poder volver al lugar de estudio y no perder nuestras clases. Esto se transformaba para nosotros en una aventura que disfrutamos en medio de risas, golpes, rasguños y caídas al intentar subirla, lo que más me preocupaba era que al momento de llegar a casa, nos descubrían nuestros padres ya que llegábamos con los zapatos al tope de barro y los uniformes hechos un desastres.

De este lugar solo tengo agradecimiento eterno y un fuerte aprecio a cada persona que fue fundamental en este proceso de formación como estudiante de bachiller, mis profesores los cuales recuerdo y mantengo aun comunicación, quiero expresarles que gran parte de los conocimientos que hoy poseo y me guían en mis decisiones los he adquirido gracias a la dedicación y al esfuerzo que ustedes hicieron en mis días de estudiante.

El Secreto de Eduardina
Leydy Andrea Ardila Lucio
Lardila29@estudiantes.areandina.edu.co

El municipio del Tambo está ubicado en el centro del departamento Cauca, en las estribaciones de las cordilleras central y occidental. Su territorio es bañado por los ríos Cauca y Patía. Por ello se le conoce como ‘El corazón del Cauca’.

En la zona sur del municipio se encuentra ubicada la vereda de Quilcacé, que inicialmente fue habitada por los indios bojoleos, etnia guerrera y caníbal que con su extinción dio lugar a los esclavos traídos del norte del Cauca. Éstos trabajaron en la hacienda el limonar de Quilcacé, donde realizaron trabajos de explotación en las minas de oro y sal, así como labores agrícolas.

Su población, como en las veintiséis veredas del sur de El Tambo, es mayoritariamente afrodescendiente.
Cerca de Quilcacé se encuentra la quebrada Lavapié, cuyas aguas solían ser muy abundantes, por lo que las mujeres aprovechaban los charcos que se formaba para lavar la ropa. Uno de esos pozos quedaba cerca de un puente colgante por donde la población se dirigía hacia otras veredas aledañas.

Las mujeres que lavaban en ese charco decían que de la parte más profunda salía una señora llamada Eduardina. En ocasiones la veían salir, pero no entrar; otros días, la veían entrar, pero no salir. Muchos decían que Eduardina tenía pacto con un espíritu maligno, pues podía sacar de su cabeza monedas, madejas de seda y cualquier cosa que ella quisiera, se comenta en el caserío.

Cuentan, los adultos que conocen todos los secretos de este río que el verdadero sueño de Eduardina era hacer un castillo en el centro de Quilcacé y tener servidumbre. Para ello debía completar el pacto que había hecho son ese espíritu matando a uno de sus familiares más queridos. Su madre sospechaba que andaba en malos pasos, por eso un día decidió seguirla para averiguar lo que hacía.

Cuando llego a la orilla del charco, la mujer vio como Eduardina se quitó la ropa y comenzó hablar con una sombra que oscurecía aún más el río, así se enteró del pacto. Luego la chica se sumergió en el pozo.
Cuando por fin regreso Eduardina a su casa, la mamá le salpicó agua bendita. Desde entonces, la joven quedó sin ese poder maléfico y la mamá decidió enviarla a vivir a Cali. Allí acabó sus días. Dicen los abuelos que, en su lecho de muerte, como señal de su pacto, se podían escuchar los sonidos de las monedas incrustadas en su cabeza.

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