Desconcertado por no tener respuestas a mis inquietudes abandoné el templo, aterrado aún por la desamparada imagen de este cadáver de mentiras.
Enrique Barros Vélez
A principios del año 2000 visité la iglesia de San Martín ─frente al parque Luís Arango, en La Tebaida─ para enterarme del estado en que había quedado después del fatídico terremoto y programarle entonces los trabajos conducentes a su recuperación arquitectónica.
Al ingresar al templo me estremeció su angustioso abandono, su pérdida, su notoria derrota ante la calamidad ocurrida. El repulsivo desaseo que imperaba en su interior sugería una inocultable desesperanza en torno a su recuperación: todo estaba cubierto de polvo y mezclado con desperdicios que acentuaban su desorden catastrófico. Del sacramental orden ya no quedaba nada: las numerosas bancas habían sido apiñadas, unas contra otras, para protegerlas del agua. Y una vez agrupadas, descargaron sobre ellas, con indolencia, los restos de cuanto objeto ornamentaba el recinto sagrado: de las grandes imágenes enmarcadas que colgaban de las paredes, de las carteleras alusivas a los eventos de la parroquia, de los papeles con textos bíblicos, del atril de madera y, como si esto no fuera suficiente, a sus alrededores amontonaron arena, pedazos de tablas, rollos de cable eléctrico y algunos otros materiales que sobraron de los primeros auxilios que recibió el templo.
Sus pisos encharcados ─debido a las continuas lluvias─ acentuaban el desamparo del recinto, cuya penumbra hacía más dramática esa caótica mezcolanza de basuras. Sólo por el extremo medianero del altar penetraba un pálido chorro de luz ─por el colapso parcial del techo─ que iluminaba la pared del fondo y reflejaba hacia el interior una tenue claridad.
Mientras examinaba conmovido este escenario del desastre descubrí una imagen que de inmediato me sobresaltó. Sobre las bancas ─como unos restos─ yacía una enorme cruz de madera con un plástico negro que ocultaba compasivamente al Cristo de tamaño humano que antes del siniestro presidía el altar. De la fúnebre capa sólo sobresalían los extremos de sus manos y pies ensangrentados, clavados sin compasión a la madera.
Conmovido contemplé aquel cadáver de arcilla, tan semejante a los primeros muertos de verdad que vi sacar los primeros días de entre los escombros de las edificaciones ─para cubrirlos luego con tiras de sábanas, o trapos, y depositarlos en los extremos de los andenes─ cuando yo recorría las calles en busca de imágenes fotográficas que testimoniaran para siempre estos dramáticos momentos de intenso dolor y terror colectivo.
Permanecí largo rato en silencio, contemplando embelesado el difunto divino. Y reflexionando sobre su aparente significado. ¿Representaría acaso el fallecimiento de la fe? ¿O, tal vez, simbolizaría las pérdidas materiales y espirituales de todas las comunidades religiosas? ¿O será, pensé, que el desastre humanizó tanto a este Cristo que inexplicablemente le causó otra muerte?
Desconcertado por no tener respuestas a mis inquietudes abandoné el templo, aterrado aún por la desamparada imagen de este cadáver de mentiras.
Febrero / 2002. Publicado en la revista de arquitectura EL CABLE, número 2, “El patrimonio”. Departamento de arquitectura. Universidad Nacional de Colombia. Sede Manizales. Página 104.



