El grato encanto de contar historias

Aquellos momentos que se fijan en la mente, esos lugares que habitan en el recuerdo, episodios inolvidables, hechos drásticos que marcan y definen a las personas y esos instantes que se pasean por cada uno de los individuos, fueron la excusa para que estudiantes de Prensa de la Licenciatura en Comunicación e Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), arrancaran a escribir, luego borrar, ajustar y entregar estas historias, que hoy llegan a manos de los lectores.
Franklin Molano-Docente-Investigador.

Los tamaños de mi casa

Luisa Fernanda Ríos
luisa.rios2@utp.edu.co

Desde hace un tiempo para acá empecé apreciar más la soledad de lo que tal vez debería, no sé si eso me convierte en un ser egoísta, espero que no. Vivo con mi hermano pequeño y mi madre. Ella sale temprano de casa y mi hermano también algunas veces, nuestra casa es pequeña y acogedora, pero a veces siento que no lo es, especialmente en esos días de cuarentena en que todos estábamos en casa todo el tiempo, sentía que el espacio cada vez se reducía más solo con una frase, un chillido o una risa, sentía que mi casa se convertía en un lugar tan pequeño como del tamaño de un dado de parques. Ahora, las cosas han ido mejorando un poco, siento como mi casa va cogiendo nuevamente su tamaño real, a veces, más de lo normal, esas veces en que solo habita conmigo la soledad.

Mi hogar, sin nadie más que yo y sus objetos para decorar se ha convertido en mi lugar favorito en el mundo, es como estar sola en Hawái, poder apreciar y valorar en silencio y tranquilidad esas ideas descabelladas que aparecen mientras observo por mi ventana y que quisiera que se convirtieran en realidad, mi soledad y yo apreciamos mucho soñar.

Mis días van pasando sin alguna novedad, unos días con tranquilidad otros días de estrés y desconformidad, un sentimiento normal para días de cuarenta y como siempre refutando mi inconformidad mientras observo por la misma ventana. Siempre me calman las aves, unas veces van solas otras veces van en manada, pero las admiro más cuando no están acompañadas, quisiera ser como un ave, tener un cielo entero para volar, un cielo azul y sol brillante como mis objetos de decoración, tenerlo solo para mí, sin la manada. Tal vez, solo tal vez soy esa ave que viaja sola mientras alguien observa por su ventana. Ojalá así fuera, ojalá mis días sola se alarguen un poco, no por años, pero si por días, dicen que a veces la soledad en exceso es mala, pero es necesaria y placentera, deberíamos valorarla más.

Cuando el sol cae y el cielo cambia, mi casa vuelve a la normalidad, va tomando su tamaño habitual, con tres habitaciones, risas, ruidos, historias y dos personas de más. Mi soledad se va alejando un poco dejando de ante mano un aroma suave y cálido, de tranquilidad y paz.
Quiero agregar, que lo que no saben mis vecinos es que al apartamento 502 le varia el tamaño y que allí se suele soñar y viajar con solo ver por una de sus ventanas, con solo ver y admirar un cielo azul, con solo estar acompañada de la soledad, de la tranquilidad y de sus ganas de volver sus sueños realidad.

Regresa mi gran temor

Andrés Felipe Grajales
Felipe.grajales1@utp.edu.co

Aquí me encuentro, reposado frente a la ventana de los muchos hogares que he tenido, surge la pregunta ¿volveré a ser ese chico temeroso y aislado de antes?
Mi familia es bastante numerosa, somos unos campesinos ubicados en un pueblito a las afueras de Caldas la cual se sostiene a través del cultivo y venta del café. Mi abuelo es el actual dueño de la propiedad y como todos los domingos, se dirige a realizar la venta de la semana, con la cual realiza la compra de los alimentos. En nuestro hogar existe una pequeña costumbre campesina.

Somos siete menores, como todos somos felices en el pueblo, el abuelo siempre realiza su venta de café, acompañado de uno de nosotros y afortunadamente este domingo me toco a mí.
Son aproximadamente las 11.00 a.m., acabamos de realizar la venta de la semana y nos dirigimos hacia la galería del pueblo. Donde almorzamos para retomar el camino a nuestro hogar, todo esta igual, la señora del supermercado regaña al trabajador como casi todos los domingos que vengo, el carnicero siempre ocupado, ¡nunca nos atiende!, caminamos lento mientras mi abuelo saluda a sus conocidos, lo cual es bastante estresante por lo que conoce todo el pueblo, finalmente vamos a almorzar.

El restaurante estaba cerrado, por tal motivo regresamos a casa mucho más pronto. En el patio de la finca se encontraban unos soldados y sin saber porque mi abuelo me regañó, pidiéndome que entrara a la habitación rápidamente. Afuera se escuchaban muchas conversaciones bastante agresivas y los adultos de mi familia no dejaban de decir groserías, la conversación duró bastante, pero de un momento a otro, todos nos encontrábamos empacando ropa en una maleta.

Sin saber por qué y sin entender la situación, abandonamos la finca con tan solo ropa en nuestras manos, le preguntaba una y otra vez a mi madre, ¿para dónde vamos?, pero ella solo lloraba y me gritaba cada vez que preguntaba, esa noche la pasamos caminando sin rumbo por una carretera, sin saber a dónde nos dirigíamos.

Quien iba a pensar que mi día favorito se convertiría en uno de los peores, después de esa noche cambiamos de hogares varias veces y a medida que fui creciendo entendí la situación en la que me encontraba, en ese momento había sido integrado a la población de desplazados en Colombia.
Después de eso mi familia se separó y cada quien cogió su propio rumbo, mi madre, mi hermana y yo nos logramos instalar en Dosquebradas, consiguiendo buena estabilidad económica e incluso llegué a retomar mi colegiatura, pero ya no me sentía igual.

Durante toda mi infancia mi gran temor fueron los cambios drásticos y ahora que por fin me siento cómodo, surge un nuevo problema. Un virus que asecha nuestras vidas y quiere penetrar nuestros hogares, por lo cual decretan un aislamiento de la vida social, nuevamente un cambio radical, el cual debo superar.
El estar encerrados para muchos no es tan difícil, gracias a la era digital muchos están rodeados de tecnología, algo que para mí no es usual, pero entiéndanme no crecí rodeado de esos aparatos, por lo cual no son indispensables en mi vida y ahora que nos encontramos distantes uno de otros, que será de mí, no quiero volver a ser ese chico solo encerrado en su habitación.

Lo que extraño de ayer

Karen Xiomara Reinoso Tabares.
karen.reinoso@utp.edu.co

Un día no puedes salir más, la “libertad” de llevar una vida a tu gusto no está, estamos confinados. Prendo la televisión y las noticias de un nuevo virus está en todas las canales, apago la televisión y pienso: No creo que dure tanto, luego aquí estamos doscientos treinta y cinco días después.

Se esfuma mi pensamiento como individuo, viendo alrededor somos como fichas, si una ficha cae, el resto lo hará. Observo a mi gato y sus ojos me preguntan ¿qué haces tanto tiempo en mi casa? Pero al parecer, a diferencia de otros gatos, no le desagrada para nada el hecho de verme cada mañana, tomo un sorbo de café a su lado, mientras observamos desde la ventana las desoladas calles, parece una película donde el caos se apropia del mundo, para entretenerme juego con mi gato y su pelota favorita, observando su inocencia con tanto gusto.

Leo un libro, duermo, estoy en clases, no hay nada diferente cada día. Salgo a caminar y es inevitable notar nuestras mascarillas, nuestra distancia. Pasamos de ser los seres más calurosos a evitarnos por nuestro bien. Aunque no todo es malo, el confinamiento me enseñó a hacer pausas, a tomar la vida con calma, valorando también a quienes nos rodean. ¿Por qué no puedo disfrutar los pequeños detalles de hoy? Porque simplemente vivo en el ayer.

Estar en casa nunca pareció tan agotador, mientras escribo pasa por mi mente el café que tomaba con mis compañeros de la universidad, el correr de una clase a otra, las cosas que parecían agotadoras se extrañan, despertarme dos horas antes para ir a estudiar, nunca pareció tan bonito.

Veo los pájaros cantar, son tan libres, su melodía es esperanzadora, me recuerdan momentos de mi infancia que me hacen sonreír. La maleza está creciendo, las calles no están llenas del ruido que antes irrumpía lo que creía ser paz. Lo que extraño del ayer son esas manitos que sirven una comida exquisita, mi abuela con su experiencia y anécdotas, jugar bingo con mi familia parecía aburrido, hasta que extrañé los saltos de su esposo al tirar estar teniendo suerte, el grito de mi tía al quedarle un solo espacio en su tabla, la risa de mi primo al ver que era el que tenía la tabla más vacía.

Ese gran antes y después que nos dice que nada será igual, me hace pensar en los cambios tan drásticos y necesarios, que nos hacen reflexionar acerca de nuestra vida. Extraño cuando el viento pegaba en mi cara, se sentía un olor a rosas, las personas disfrutando de cenas en los pequeños locales visitados cerca a mi casa, los niños con su energía jugando en los parques. Parece que extraño todo lo que en algún momento parecía emocionante.

Lo que en el ayer era un presente rutinario, hoy extraño el ayer y su despertador a las 5:00 a.m. saltando de la cama, y mirando un cielo nublado, corría a prepararme para un nuevo día que no sabía que me traería. Sin embargo el hoy me trae la rutina del silencio, de las mismas cuatro paredes.

Y es que lo que extraño del ayer no son cosas grandes, ni las mejores, por el contrario, son ese tipo de cosas que nadie pensaría que extrañaría. Esos esos trancones que me dejaban escuchar tres canciones más antes de llegar a casa, el estar todo el día en un lugar viendo personas pasar y tener esa sensación de querer devorar el almuerzo, las empanadas que no podían faltar en una conversación entre amigos, lo gracioso que parecía el cometer errores si juntos nos burlábamos de ello.

Quizás antes pensábamos que no caminábamos tanto, pero ahora sabemos lo que es verdaderamente caminar muy poco. En un día normal, yo andaba de abajo para arriba y era muy sencillo tener horarios para comer cinco veces al día. Poco a poco, la costumbre es un abreojos, es una nueva vida. Nada será igual en definitiva, pero pensarlo me transporta, me hace quererlo con una intensidad profunda. No dejaré de extrañar el ayer, pero quiero pensar que el mañana será mejor.

Los días apacibles

Sofía Torres Giraldo
s.torres3@utp.edu.co

Son las 3.00 a.m., estoy sola con mis pensamiento y una playlist de fondo, está sonando ‘Margarita Siempre Viva’, mientras imagino aquellos días antes de la cuarentena, la terrible cuarentena que nos afectó a todos de diferentes formas, en mi caso fue algo más emocional, algo que me pone un poco incomoda de hablar, pues en este tiempo de estar en casa he tenido que convivir con la persona con la que menos quiero, lidia, conmigo misma.

Suena de fondo ‘Los días apacibles’ y de repente me teletransporto a aquellos tiempos en los que fui realmente feliz, soy fiel creyente de que la felicidad permanente no existe, es momentánea y eso es lo que la hace tan especial, a veces es irónico como lloramos al recordar momentos felices, este es mi caso ahora mismo.

Le heredé a mi madre esa facilidad de llorar por todo, empiezo a ver fotos de finales del año pasado y encuentro una que particularmente se me hace muy bonita, no solo por la iluminación o el fondo como tal, sino por las sensaciones que experimenté ese día, me la tomó uno de mis mejores amigos de ese tiempo en el Museo del Arte de Pereira, hace exactamente un año, ese día al salir de la universidad nos dirigimos a ver una exposición acerca del narcotráfico en América Latina, el tema era algo denso pero las obras estéticamente eran muy bellas.

Recuerdo que hubo una obra que me llamó la atención, ésta se conformaba de diferente cuadros pequeños pintados al óleo con cierta secuencia, me quedé mirándolo por mucho rato, no recuerdo el nombre del autor solo sé que logré conectar con él, y justo ahora logro conectar con ese momento, con ese día donde no existía algo llamado Covid, donde los noticieros no anunciaban muertes diarias, donde podía respirar algo más que mi propio sudor absorbido por una mascarilla, donde podía ir a lugares que me llenaban el ser y apapachar a todo el mundo, porque así era, todo era distinto, eran días apacibles, se podría decir que mejores pero siento que el estar aquí acostada añorando aquellos días significa que estoy siendo agradecida por haberlos vivido, me hice más consiente de mi propia existencia y lo difícil que es lidiar con mi propio ser interior pues sigo viviendo en el pasado, estoy cansada de tanta nostalgia.

La canción para de sonar, mi gata se sube a mi cama y se acuesta en mi pecho, me siento en un momento de paz y agradecimiento que quizá en un futuro voy a añorar, espero que no. Creo que es el momento adecuado para escribir la crónica de mis pensamientos de cuarentena, pues son los únicos que me acompañan en mis momentos de soledad.

La mirada perdida

Kelly Jhoana Betancur Arenas
jhoana.betancur@utp.edu.co

Todo comenzó en cuarentena, cuando debido a la pandemia, debimos permanecer aislados de la sociedad sin poder recorrer las calles. Mientras estábamos en casa, los días para nosotros cambiaron radicalmente pues pasamos de nuestra cotidianidad y rutina, a estar todos días compartiendo en familia, algo que no era tan común anteriormente.

Esta situación a todos tomó por sorpresa, debido a que no estábamos preparados para dicha situación. Muchas personas entraron en depresión a causa del encierro. Mi familia estaba un poco confundida por lo que estaba sucediendo, pero optamos por pensar que todo no podía ser tan malo y que de esto podríamos sacar provecho. De ahí nos surgieron las preguntas: ¿Por qué no hacer actividades para nuestro entretenimiento? ¿Por qué no salir de la monotonía del encierro? Fue en este momento en el que un integrante de la familia propuso una actividad en la cual todos estuvimos de acuerdo. Decidimos realizar actividades diferentes cada día con el fin de integrarnos y pasar el tiempo, que, debido a esta situación, empezaba a tornarse un poco monótono y aburrido.

Las actividades propuestas fueron diversas, entre ellas: hacer ejercicio, cocinar, ver películas, practicar juegos de mesa, ver álbumes de fotografías, entre otros, las cuales fuimos agotando al pasar de los días. Cuando veíamos los álbumes con sus fotografías recordábamos aquellos momentos que no volveremos a vivir, recordamos donde vivíamos en ese entonces, con quien vivíamos, la forma de vestir, el color de las fotografías, los peinados de las personas y la forma en que se tomaban las fotografías, puesto que en muchas de ellas pasábamos desapercibidos.

Justo en el momento que observábamos las fotos, un integrante de la familia dijo: “la niña de la foto tenía la mirada perdida, ¿Qué estaría mirando en el momento en que fue fotografiada?”
Inmediatamente yo, miré la fotografía y le pregunté:
— ¿sabe quién es la niña de la foto?
—se me parece a usted, me respondió
En ese momento los integrantes de la familia allí reunidos recordaron esa época, en la que yo tenía un año aproximadamente. Fue este el momento en que empiezan a hablar de la fotografía. Una de mis tías estaba allí y recordó el momento en que esa foto fue tomada, contó que aquella fotografía fue en casa de mi abuela, casa familiar, casa que en este momento ya no pertenece a la familia porque decidieron vivir en otro lugar. “Esa casa la recuerdo mucho porque en ella vivimos lindos momentos y además vimos crecer muchos de los nietos y sobrinos”, agregó mi tía.

Momentáneamente, mi primo mayor que estaba ahí viendo las fotografías dijo: “¿Qué estaba mirando?”. Yo le respondí: “sinceramente, no recuerdo nada, yo estaba muy pequeña”. En este momento intervino mi tía: “ese día usted no se quería dejar tomar una foto, alguien se hizo detrás de la cámara y le hacía señas para que mirara. Aunque no pudimos hacer que mirara de frente a la cámara decidimos dejarla así, pues nos pareció muy linda la forma en que quedó con la mirada perdida”.

Cuando observo esta foto, exhalo diferentes sentimientos; en primer lugar, nostalgia por todos aquellos momentos que hicieron de mi infancia un momento muy especial y no recuerdo, segundo, la felicidad de saber que estábamos en casa de la familia y que todos estaban felices de estar allí conmigo.
Sinceramente quisiera recordar aquella época en la que todo era totalmente diferente, saber qué estaba mirando en el momento en que fui fotografiada, si quizás me mostraron algo que me atrajo demasiado o fue algo que me generó bastante curiosidad.

En todo caso es que a causa de la pandemia pudimos realizar diferentes actividades que no solíamos hacer y darnos cuenta de que omitíamos cosas bastante importantes de nuestra existencia, como por ejemplo analizar las fotografías a las que antes no se les daba tanta importancia. Así como a esta, la de La Mirada Perdida.

El grato encanto de contar historias
Aquellos momentos que se fijan en la mente, esos lugares que habitan en el recuerdo, episodios inolvidables, hechos drásticos que marcan y definen a las personas y esos instantes que se pasean por cada uno de los individuos, fueron la excusa para que estudiantes de Prensa de la Licenciatura en Comunicación e Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), arrancaran a escribir, luego borrar, ajustar y entregar estas historias, que hoy llegan a manos de los lectores.

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -