El laberinto de la subjetividad. Andanzas y extravíos

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

El escritor alemán Herman Hesse confesaba que su historia no era agradable, ni suave, más bien poco armoniosa: tenía un sabor a insensatez, confusión, locura y sueño “como la vida de todos aquellos que no quieren mentirse a sí mismos”. El hombre es ese animal loco cuya locura ha inventado la razón, lo corroboraba muchos años después, el sociólogo francés Edgar Morin desde la “complejidad” de sus escritos. Las personas necesitan un poco de locura, de otro modo nunca se atreven a cortar la cuerda y liberarse, afirmaba el filósofo griego Nikos Kazantzakis. en su magistral obra “Vida y aventuras de Alexis Zorbas”. Allí, Zorba “el griego” se sincera con el inglés Basil, su flemático compañero de viaje: “Jefe, le aprecio demasiado como para no decírselo. Usted lo tiene todo, menos una cosa: locura”. Basil piensa un poco y sorprende luego a Zorba con una rara petición: “Enséñame a bailar”. Zorba con perpleja animosidad, se pone manos y pies a la obra. Comienza la mágica y cautivante música con su cadenciosa danza que se convertirá en un himno inmortal a la amistad y a la hermandad onírica de los seres humanos. Decía Khalil Gibrán que en la brillantez de su locura había hallado libertad y seguridad: “La libertad de la soledad y la seguridad de la incomprensión”. De una sola cosa estamos seguros -puntualizaba el profeta del Líbano-, “quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”.

 

“Lo que debemos hacer es traspasar nuestros disfraces, hacer añicos nuestras ilusiones, curar nuestras adicciones y demostrarnos (esa sí), la autoeliminadora y a menudo trágica demencia de tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio”, así rezaba una de las breves, aleccionadoras y bellas prédicas (sutras) de Osho, “el fugitivo de Bombay”, un filósofo indio, líder de un movimiento espiritual que disentía de las rígidas enseñanzas jainistas. “Todos los hombres están locos, y el que no quiera reconocerlo, debe encerrarse en su cuarto y romper el espejo”, así quedó rubricado este dístico del marqués del Sade de 1810 fragmento de una de sus comedias representadas en la prisión de Bicétre.

 

“He hojeado el más abominable libro que la imaginación más depravada pudiera concebir”, se le oyó decir a Napoleón al contemplar a “Juliette”. El marqués de Sade replicaba: “Algunos me tratan de orate y hasta comienzan a relacionar mi nombre con algunas perversiones sexuales así llamadas por ellos. Nunca he entendido que haya límites en el sexo y que el cuerpo humano tenga más fronteras que su piel y sus huesos. Limitar el sexo es un pensamiento carcelario; ponerle límites al placer es como intentar ponerle puertas al campo (…). El deseo es el motor del universo, el origen del hombre y su final y nada podemos contra ello”, concluía ese hedonista maldito que todos llevamos dentro.

 

En el fragoroso crisol de la cotidiana brega se funde el signo y sentido de nuestro ser que, lejos del estereotipo, sigue buscando su identidad y su destino. A través de meta-relatos se narra nuestra leyenda personal. En sus entrenudos argumentales se perfila y sintetiza la razón de ser y estar en el mundo. Allí, en ese íntimo diario de navegación se develan aquellas zonas rugosas y claroscuras donde se diagraman, en escala de grises azulados, deserciones, resentimientos, extravíos y locuras. En esa bitácora de sueños se mantiene viva la llama del absurdo y el dislate. Sólo así podemos sobrevivir en un mundo que artificiosamente discurre entre los fatuos formalismos de las aprensivas y almidonadas verdades apodícticas.

 

El empresario inglés Richard Branson, fundador de 360 empresas que conforman el consorcio “Virgin”, se extasiaba al ver cuán delgada es la línea entre la genialidad y la locura y entre la firme determinación y la persistente obstinación. Sergey Brin (ruso) y Larry Page (estadounidense) son especialistas en informática con 46 años cada uno, ajenos al glamuroso y presuntuoso mundo de la academia. Ellos revolucionaron el mundo “enredado” del internet hace 20 años en la Universidad de Stanford con la creación del megabuscador Google que nació en un garaje como otras grandes empresas (Microsoft). “Google Maps”, “YouTube”, “Chrome”, “Android” y ahora “Alphabet Inc.”, forman parte de esa estela innovacional.

 

Sus empresas geniales, temerarias y ambiciosas los han convertido en las mentes más creativas del siglo XXI. Entresacamos de algunas de sus célebres y concurridas conferencias, frases atrevidas y brillantes que ponen a más de uno a pensar: “Como nadie es suficientemente loco, tendrás poca competencia… Es una gran época para volverse un poco locos, así que sigan su curiosidad y sean ambiciosos con ello. No abandonen sus sueños. ¡El mundo los necesita!… Siempre da más de lo que esperan de ti… Probablemente vas por el camino correcto cuando te sientes como un agujero en la pared durante una tormenta… Para cambiar el mundo hay que trabajar en algo incómodamente emocionante”.

 

Parafraseando a la escritora existencialista Simone de Beauvoir, diríamos que hay muchos que tienen talento, pero pocos con esa vena de locura que se llama genialidad. Dicen que todos somos locos durante breves instantes a lo largo de cada día. La cordura consistiría entonces en no exceder y regular ese límite. Las locuras de las que nos lamentamos más en nuestra vida fueron aquellas que no hemos cometido cuando tuvimos la oportunidad. Por eso creemos que más vale un gramo incierto de vesanía creativa que una pesada carga de prudencia y equilibrada certeza… La locura, a manera de conclusión, consiste en desaprender lo aprendido para poder aprender lo que nunca te dejaron y necesitas aprender.

 

Los vigías del santo grial axiológico con su represivo ejército de dogmas y verdades reveladas, su guardia pretoriana y sus escribas y fariseos “amantes del buen vivir”, son aquellos centinelas éticos que se jactan de su autoridad moral. Establecen morbosas relaciones de poder a través de sus prédicas viciadamente virtuosas y de ese recetario hipócrita y glamuroso que guardan en sus viejos odres cargados de normas y pócimas infalibles sobre la sana convivencia y una vida “coherentemente incoherente”. Censuran con voces destempladas aquellos cantos goliardos cuyos sonidos estentóreos amenazan, según ellos, con ruidizar la aparente armonía tediosa y monacal de su vano existir.

 

Penalizan, a su vez, toda intención sospechosa de conspirar contra el sagrado orden que impera en su cómoda y apacible estancia, “paraísos de mermelada” donde nunca pasa nada y pagan destierro el riesgo, la duda, la incertidumbre y la lucha. Henos aquí, con estos riesgosos pensamientos, dispuestos a confesar nuestra vulnerabilidad producida por la vacilación y el temor; prestos a internarnos por el laberinto de la subjetividad y recorrer los sinuosos, inciertos y oscuros parajes circunstanciales de la existencia; sumidos algunas veces en la congoja y la orfandad; prendidos quizás, del débil e imperceptible hilo ariádnico de una propuesta vivencial y filosófica; desorientados y expósitos otras más…

 

Pero siempre, mostrando con la crédula y atrevida ingenuidad del intruso que se torna de pronto en anfitrión y oferente de imaginarios y soledades compartidas… Es así como nos confesamos partícipes del vértigo y el frenesí que produce esta empresa temeraria que pretende cruzar con sus macilentas y agrietadas naves las irredentas e inexploradas profundidades de la utopía. Enarbolamos en ellas y con ardentía, el estandarte de una nueva racionalidad humanista afincada en principios y valores alterativos y libertarios; afinamos nuestro “oído vital” para desestimar desorientadores cantos de sirena y escuchar atentos las notas y compases arrítmicos y disonantes de nuestro arpegio existencial.

 

Con esas notas irreverentes nacidas en la renglonadura musical de la otredad, interpretamos la sublime sinfonía de la sobriedad y la cordura o las escabrosas y vibrantes partituras de la insensatez y la absurdidad, bandas sonoras que acompañan nuestra aventura cognitiva y vivencial a través de ese iter gnosis que, desde las riberas de una hermenéutica insurgente, abjura del mundo autocrático de la lógica formal. Allí ha encontrado a su paso un cúmulo de sensaciones, percepciones, ideas, conceptos, juicios y raciocinios alterativos matizando el mundo claroscuro de lo actitudinal en esa búsqueda frenética de identificación, reconocimiento y aceptación, lejos de silencios, trascendencias y proscripciones

 

Estos argumentos sirven de pretexto para declararnos en desobediencia moral frente a todo intento por acallar nuestra voz interior, taponarla aquietando el paroxismo de las palabras que estrepitosamente luchan por salir; frente al hecho de proscribir cualquier exaltación de ánimo que subvierta el escolástico y austero orden de la ética y la axiología. Recluimos nuestra subjetividad apasionada y contumaz en los parajes atrincherados y exiliantes del disparate y el disenso. Rechazamos toda acción que reprima el temerario intento de quien interroga desde la pedagogía de la pregunta, intentando reivindicar el derecho a la réplica y a la duda, potestades que han sido conculcadas por el altivo sátrapa del saber absoluto.

 

Al contemplar los preparativos de este viaje sin adioses y sin regresos, algunos detractores, desde su confortable estancia portuaria y la seguridad que les brinda su impasible y jactanciosa cordura, vaticinan el fracaso y la tragedia de esta gesta con la medrosa cautividad de sus dilemas éticos y la trémula voz de su prudencia. Su exhortación vergonzante y vehemente al postrante desistimiento, oculta su verdadera intención resentida y envidiosa frente a la temeraria y pertinaz exploración, esa riesgosa aventura que se emprende, incierta odisea donde se agita la ajironada bandera de nuestras luchas libertarias que busca ser fijado en la inexpugnable cumbre donde habitan las esteparias e inasibles utopías.

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