Antonio Cacua Prada, uno de los escritores colombianos de mayor prestigio en las últimas décadas, fue salvado en forma milagrosa por el médico venezolano José Gregorio Hernández, quien acaba de ser canonizado por el Papa León XIV. Según su testimonio, fue el nuevo beato quien le salvó la vida cuando estaba al borde de la muerte. Ésta es la historia.
Jorge Emilio Sierra Montoya
Según recuerda el maestro Antonio Cacua Prada en su libro “José Gregorio Hernández: Médico y santo”, en junio de 1969, cuando él había acabado de asumir la decanatura de Humanidades en la Universidad Industrial de Santander, en Bucaramanga, estaba de visita en casa del presidente de la Academia Santandereana de Historia, cuya esposa se les apareció de improviso, gritando en la sala: “¡José Gregorio me hizo el milagro! ¡Salvó a la niña!”
En aquel momento, Cacua no supo a quién se refería. Más tarde, la señora le explicó que el mencionado personaje era un santo venezolano, “muy milagroso”, y que así lo había confirmado una vez más, minutos antes, cuando tuvo que llamar por teléfono, inspirada por el actual beato, a una de sus hijas en Washington, quien estaba en peligro.
“Tu llamada me salvó, mamá”, le dijo la joven, aunque sin precisar el motivo.
Recuerdos del santico
Así las cosas, no es de extrañar que cuando ambos colegas acordaron días después viajar a Caracas para atender un compromiso académico, la misma dama les pidió que le trajeran recuerdos del santico (una foto, la novena, su estatuilla…), a quien trataba con cariño, como a un viejo amigo.
En la capital venezolana, Cacua coincidió en una cena con el sacerdote que presidía la Academia de la Lengua y la Asociación de Academias de Venezuela, por lo cual aprovechó para preguntarle, intrigado como estaba, quién era José Gregorio Hernández.
“Fue un santo”, respondió su interlocutor, entrando en múltiples detalles para demostrar su aserto.
Por último, ya para despedirse, los visitantes colombianos fueron al cementerio donde está su tumba, tanto para conocerla y orar allí como para ir en busca del regalo pedido por la esposa, siendo éste el único sitio donde pudieron conseguirlos.
La tumba estaba cubierta de flores traídas por sus numerosos y fieles devotos, quienes manifestaban, con entusiasmo, su gratitud por los favores recibidos del llamado Médico de los pobres.
Anuncio profético
Durante los dos años siguientes, hubo tres hechos más que fueron significativos en la vida de Cacua Prada, relacionados con José Gregorio.
El primero de ellos, en julio de 1969 y también en Bucaramanga, al participar en la Semana Bolivariana Colombo-Venezolana, cuando varios académicos, provenientes de Trujillo, ingresaron como individuos correspondientes a la Academia de Historia de Santander.
En esta ocasión lo exaltó, en su discurso protocolario, como a un ilustre trujillano, oriundo de Isnotú, dando una serie de puntadas biográficas que anticipaban, en cierta forma, la gran obra que habría de escribir en su honor.
Allí concluyó, en forma profética, que “José Gregorio Hernández será el primer santo laico de América Latina”.
Para entonces -según revelaría en su libro sobre el Siervo de Dios- acostumbraba hablar, emocionado, acerca de cuantos milagros se enteraba, atribuidos a él.
En tales circunstancias, la devoción crecía en su propia casa y entre sus cientos de amigos.
En la casa natal
El segundo hecho tuvo lugar precisamente en Isnotú, en diciembre del mismo año, al ir hasta Trujillo para posesionarse como académico de Historia en dicho estado, desde cuya capital se trasladó al cercano municipio de Isnotú, donde visitó la casa en que nació, convertida en templo-santuario y museo con sus “reliquias”, no sin dialogar con pobladores, encabezados por el cura párroco.
En consecuencia, el reconocido periodista, escritor, historiador y biógrafo, seguía actuando a sus anchas.
Y el tercero de los hechos citados se presentó en abril de 1971, en Costa Rica, adonde asistió, ya como senador de la República por Santander, para representar al gobierno colombiano ante la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos -OEA-, efectuada en San José.
Fue allí donde ocurrió el milagro que le salvó la vida.
Un mar en calma
En su libro sobre José Gregorio, Cacua describe, con pelos y señales, lo que pasó aquel domingo 18 de abril, día en que él y otros pocos participantes a la Asamblea acogieron la generosa invitación de una pareja de esposos amigos para pasear en su hermoso chalet de Punta Arenas, un puerto sobre el Océano Pacífico.
Hacia el mediodía, tras gozar de la animada charla entre copas de vino y deliciosos manjares, al sentir el intenso calor decidieron nadar en el mar para refrescarse, más aún cuando las aguas se veían tranquilas, calmadas, sin representar el menor peligro.
Se trataba, al fin y al cabo, “del Pacífico”, nombre que parecía atraerlos por sí solo para que se dieran un saludable y reconfortante baño.
Al principio, todo era normal, en medio de amables comentarios y risas.
De repente se vino -al decir de Cacua- “una tromba submarina” que los golpeó y separó, alejándolos entre sí, al tiempo que se desataban, una tras otra, fuertes y altas olas que se rompían contra sus cuerpos, sin poder hacer nada para evitarlo.
Estaban a merced del mar, movidos a su antojo, como frágiles hojas de papel, frente al riesgo inminente de ahogarse, de perder la vida, entre otras cosas porque se iban alejando de la playa, la cual se veía cada vez más lejos.
“Sentí el frío de la muerte, pero sólo una luz me alumbró en ese instante: el recuerdo de José Gregorio, a quien invoqué con toda la fe”, confesaría al revivir aquellos momentos de angustia, aterradores, que describió con mano maestra en las páginas dedicadas a su salvador.
José Gregorio fue su salvador, en realidad. “¡Sálvame!”, le imploró al final, cuando todo estaba perdido. En ese preciso instante -comentaría, agradecido-, sintió una ola que lo empujó suavemente hacia la playa, donde sólo se escuchaban gritos de desesperación.
“¡Fue un milagro!”, reitera hoy, medio siglo después.
Promesa cumplida
Gracias a Dios (por intercesión, claro, del Médico de los pobres), Cacua salió con vida, igual que el resto de sus amigos que también estuvieron a punto de perderla. Por ello, consciente de la acción milagrosa con que fue favorecido, prometió escribir su biografía, cuya primera edición apareció en julio de 1987 bajo el sello de Editorial Planeta.
Ahí recorre, paso a paso, la vida del nuevo santo de la iglesia católica, destacando la terrible experiencia, pero al final triunfante, a que hemos aludido, así como más y más milagros de los que da constancia con nombres, fechas, situaciones y múltiples pormenores propios de su trabajo como historiador.
Él es, a fin de cuentas, un hombre creyente, cristiano y ferviente devoto de José Gregorio Hernández, cuya reciente canonización vislumbró con anticipación, cuando recién le había conocido de nombre.
Fue como si hubiera dejado de mirar al pasado para ver el futuro…
Miembro de El Parnaso Literario del Eje Cafetero



