El mal “Hablao”

“Cuento de Ñá Custodia”. Se fue caminado en medio de la maraña de vegetación todo aruñao la cara por las espinas filudas y como nazareno empezó a llamar a los vecinos pa ver si le daban posada mientras se le pasaba la maluquera.

José Fernando Ruiz Piedrahita

Este era un viejo lengüilargo, mal hablao y escandaloso, que por cada diez palabras que le salían de la jeta, ocho era groserías o sandeces, y eran tan profundas, que de verdá daba fastidio oírlo. Ojualá se lo llevara el patas a los projundos injiernos pa ver si se le compone esa lengua venenosa y podrida. Agora mesmo ta sentao en el taburete que da la espalda a la plaza vociferando tal sarta de mentiras que, hasta el diablo, que es el rey de la mentira, se taparía las orejas de burro. 

Una noche fría, tan fría que se le enfriaba a uno la pajarilla y le castañeteaban los dientes; el mal hablao iba para su casa por una vereda escura como la boca sin dientes de una vieja bruja. Se había tomao sus guarilaquis y andaba medio pasmao. Lo acompañaba su compadre que no lo dejaba ni pa ir al baño. Daba la casualidá que el mal hablado era ricachón, pues su taita le había dejado sus buenos “reales” y unas fanegadas de tierra buena para la siembra. El compadre Chucho era como su sombra, era como la mugre de la uña, era como el alma gemela de don Otilio, que entre otras cosas ese era su nombre de pila bautismal. Otilio, así lo puso el cura Remigio esa noche cuando acababa de nacer, pues a los taitas de antes les daba miedo que las criaturas se murieran sin bautizar y no era raro que en el parto los muchachitos salieran de la panza de la mama muerticos sin saberse por qué. Decían las viejas que era el diablo que se llevaba las almitas por lo puras que eran. Pero a yo creigo que era por el hijoemadre desaseo de esos tiempos. De diez hijos que paría una buena madre, a veces se criaban nada más que ocho, era mucha la mortandá. 

Pero el viejo Otilio desde que salió a la luz no paró de berriar a todo pulmón y las primeras palabritas que aprendió las cogió al vuelo en la finca en medio de los jornaleros que eran todos demonios condenaos al fuego eterno de lo groseros y maldicientes. 

Pobrecito niño, poco fue a la escuela porque el taita se le murió pronto debido a que lo picó un alacrán blanco que tiene un veneno muy poderoso. Taba el viejo cogiendo café en el cafetal de la falda del otro lao de la finca cuando se le enredó el mal bicho en la pernera del pantalón de dril y ahí mesmo se le quedó adormecido el animal debido a el calor injernal de ese verano. 

Cuando taita Berto fue al excusado por la tarde después de la merienda, el hijo puerca animal que estaba adormecido entre la tela del calzón se despertó malhumorado y le clavó el aguijón, allí en la presa que les dio mi diosito a los hombres pa orinar y pa’lograr muchachitos a este mundo. Ehhh Ave María purísima sin pecao concebida…Cómo sería de indigno ese dolor en parte tan delicada que el pobre hombre bramaba como ternero en el matadero. Virgen santìsima… ahí pagó sus pecados el taita del Otilio qi’apenas se podía limpiar los mocos con la mano y que no entendía la vacaloca que se armó en el rancho del taita Berto. No pudieron salvarlo ni la buena mujer que tenía por esposa, ni el cura Remigio que llegó casi volando una vez que el mandadero de Manuelito bajó corriendo al pueblo pa avisar la desgracia del taita Berto. Ni siquiera el dotor qi’era un muchacho recién llegao de la capital y que hacía la práctica en el hospital de la plaza, pudo salvarle el cuero. Cuando el cura Remigio llegó a la jinca, la presa se le había puesto como si fuera de burro y el pobre taita ya taba boquiando en la agonía de la mortandá. Y se murió el viejo en medio de los más espantosos quejidos y herejías mas aterradoras insultando el nombre bendito de mi Diosito lindo, padre de todos nosotros. 

Ehhh Ave María purísima sin pecao concebida… ayyy las cosas que decía el viejo…el cura Remigio le echó la bendición lo mejor que pudo, pues el taita corcoveaba como mula en medio de su agonía. Y se quedó torcido sobre el colchón, todo tieso y con la presa parada como la de un burro. Los que estaba allí esa noche se persignaban y se salían rapidito como si cosas más urgentes tuvieran que hacer. Eso sí, a todos les entraban ganas de reírse al ver al muerto con carpa levantada como circo viejo, pues el aparato ese se quedó tan tieso como el dijunto mesmo. El dotor jovencito le dijo a la mamá que si ella quería se lo cortaba para que no se viera tan endemoniao. Pero a la vieja le daba pesar con su viejo muerto. Y eso que el dotorcito le decía que el muerto no sentía nada. Igual tocó quitárselo porque la tapa del cofre no cerraba. ¿parece un chiste d’esos que cuentan los vejetes verdes? Sí… pero ansí pasó y virgen del agarradero échame mano a mi primero que cosa tan pesada fue sacarlo de la casa cuando se acabó el velatorio. Entre ocho hombres bien cuajos no pudieron y tocó llamar a más vecinos pa cargar al muerto. Mientras que el Otilio todo mocoso apenas veía esos ires y venires de la furusca del entierro del taita Berto. An tos bajaron por la vereda hasta el pueblo mesmo donde el cura Remigio dio la misa de dijuntos con agua bendita d’esa que dizque traen de roma bendecida por el Papa. 

Le echaron sahumerios y rezos y cantos de los más de gonitos en unas palabrejas que una no entendía ni jota, pero que se oían de lo más importantes y lúcidos con los que seguramente el almita del taita Berto se fue derechito al cielo a tomar mazamorra con San Pedro y las once mil vírgenes. Allá seguro está el viejo rasgando el tiple y cantando bambucos, que pa eso si estaba solo. Pa echar cantos y versos acompañao con el tiple que mantenía bien templao para cantar por las noches en el patio con la pionada después del trabajo del día. 

Alma bendita el viejo taita. Que tiempos esos tan gonitos, donde uno dejaba la puerta de la casa abierta de par en par y a ningún vecino se le ocurría meterse pa dentro a reblujar la cocina o las piezas. No teníamos “ratas” ni había matones como hoy.  Las gentes comían arepa con chicharrón y aguapanela en la tranquilidá de la casa con sus jamilias. Se criaban las vaquitas, las ovejas y los chivos y uno sembraba las coles, las lechugas y el tomate chonto y d’eso memso comían todos los barrigones y barrigonas y a nadies le daban churrias porque eso sí, la gente era bien alentada y hasta tierra comían los chiquitos. 

Allá está Otilio tan mal diciente. Siempre con la vulgaridá en la jeta. No sabe tratar a los dotores del pueblo que en veces vienen a visitar al cura Remigio que ya tá viejón, remendón y olvidadizo. El otro día vino un cura jovencito con cara de angelito que decía la misa en palabras que nosotros los del campo si podíamos entender. Antos el curita nos dijo en el púlpito que era que el Papa había dado permiso a los curas de todo el mundo para decir la misa en lengua vulgar. Virgen santísima, es decir que nosotros los montañeros hablamos de manera vulgar, dijieron unos señores muy encorbataos que taban en las primeras bancas de la iglesia. Y el curita con una bonita sonrisa dijo que el idioma vulgar no era el de decir palabrotas. Que cada lugar del mundo dice en sus propios garlidos las cosas; ansí mesmo como a yo le toy contando a su mercé. Desta guisa garlaba Otilio sentao en el taburete que daba la espalda a la plaza la mañana que lo oí cuando fui a comprar el “diario” pal sancocho.

—Vea don Miguel… que cosa tan injundia. Ese yerno mío me quería popociar en la mula con esos reales. Pensó que me iba a ver las verijas el muy guevetas… y que por ser el marido de mi’ja me podía envolatar la platica… pobre mal nacido. 

A yo me tienen que rayar las de abajo pa que me vean la cara de pedorro y ni ansí son capaces conmigo. Partida de jijoeperras muertos de hambre y cascareros…que ni el zarco es capaz de arruinarme pa que venga otro entelerido a meterme los dedos en la boca

—Ahhh… cuidado con lo que dice compadre. Arrecuérdese que uno no debe hablar de tejas pa’rriba.  Lo que pasa es que porque a uno lo ven ya rucio y con cojeras y lumbagos creen que lo pueden manosiar y embobar pa quitarle los reales—respondió el compadre y siguieron bebiendo guaro a esas horas de la mañana. Y allá los cogió la noche porque cuando se agarraban a beber parecían mulas asoliadas. Daba grima verlos tan compinchaos en esas de ser compadres en los malos pasos. La gente de por acá no nos gusta la gente escandalosa y marrullera como don Otilio y su compadre. Y por esos les pasó lo que agora le voy a relatar. Ansina que arrecuéstese bien y téngase de la silla porque con la bendición de la virgen María les cuento que mi Diosito no se queda con nadita. 

La noche por estos campos es muy escura, como ya le garlé agora rato. Como boca de bruja desdentada. Y virgen del agarradero, ni con linterna d’esas de nueve pilas podía uno andar por esos matorrales.  A muchos más guevirayaos, la mesma madre monte se la había llevao pa orquetiarlos en un palo y comérselos de poquitos. O tal vez la pata sola que envolata los baquianos más espuelones pa hogarlos en los ríos. Ansina pues que iba el viejo Otilio con esa geta mal hablada y con la que se atreve a tomar leche, refunfuñando y garlando herejías contra los santos y hasta de la Virgen María, lamentándose de estar más perdido que perro en semana santa. Eran tantas las injurias al divino niño Jesús, que llegó el momento que se le envolató el compadre Chucho que era el que llevaba la linterna. Se vio rodeado de puritica escuridá. Antos vio a lo lejos en medio de los matorrales una lucecita como d’esas que prendemos la pobrecìa. Una velita de cebo pa alumbrar la casita. Se fue caminado en medio de la maraña de vegetación todo aruñao la cara por las espinas filudas y como nazareno empezó a llamar a los vecinos pa ver si le daban posada mientras se le pasaba la maluquera. Y como naides le contestaba las bravucadas, se metió a la casita que bien probre se veía. Y se encontró con una mesa muy vieja donde taba la vela de cebo y los platos de peltre con unos fresoles que dejaban por la casa una guelentina deliciosa. Sin pedir permiso se sentó el malhablao a jartar llenando el buche. 

Porque dicen poaì que las maluqueras de los borrachos se quitan con comida. Pues a Otilio le faltó poco pa no meterles diente a los platos, seguro porque estaban duros. Antós lo cogió el sueño y se determinó a echarse un “perro” pa bajar la merienda, pues había visajiado mientras jartaba que había un colchón tirao en el suelo. Así que en lo que se persigna un bobo el viejo se dejó caer tan largo como era en la improvisada cama que el dueño de la casucha había puesto seguramente palgùn pelegrino, pues acordate que te estoy contando un cuento de esos tiempos viejos cuando cortaban el agua a machetazos y las gentes eran buenas como la arepa acabadita de salir de la parrilla. Ayyyy mijitos… ahí si fue pues. Porque el viejo sentía un peso sobre el pecho, como si uno se le sentara un cristiano encima. Seguramente la maluquera del guayabo ya se le estaba pasando porque se despertó cuando el día taba clarito y en medio de escuridá de la casita adivinaba un bulto negro que taba orquetiado sobre él. Ayyy Jesusito lindo, divino rostro… empezó a dar manotazos para quitarse la cosa esa que ya güelía a maraña de la selva podrida y la luz del sol se entró por una endija y dejó ver la cosa más espantosa que se reía de los sufrimientos del pobre viejo. 

Era una cosa flaca con patas como ramas y manos como garras con uñas largas, rotas y sucias que le raspaban la cara sacándole sangre… y eso no era lo pior. La cara era como de una marrana sucia con colmillos largos y filosos que le decía desta guisa:

—Seguí… seguí diciendo cosas del zarco… seguí diciendo cosas de Diosito lindo… que a yo me encanta ensuciar su santo nombre… seguí diciendo porquerías…—y la cosa mala esa le cogía la lengua con esas uñas puercas y le pellizcaba los cachetes…

Dicen que Otilio prendió los mechos en pura carrera jijoemadre monte abajo dando bramidos tan espantosos que los finqueros salían a ver si era un ternero o una vaca coja que se había rodado por esos despeñaderos… pero veían a Otilio correr de guida de algo que los demás no podían ver. Pa eso que cuando se está bien llevao ahí si se acuerda de mi diosito lindo. Y el viejo todo vuelto una cochinada llegó corriendo a las puertas de la iglesia en medio del corrillo que la gente había hecho al verlo tan afanao y tan aporriado. El curita joven le abrió la puerta y el viejo Otilio rogaba a los gritos que se la quitaran… que juraba por su padre que nunca más dirá por la jeta más palabras injuriosas de tejas para arriba. 

A yo no lo volví a ver por el pueblo. Ya no se sienta en las cantinas a echar babasa contra los curas. O los gobernantes. Ya se ta más bien callao… y muy reservao don Otilio… ya se lo ve en misa muy madrugao… y de mal hablao no se hizo más porque a los días de la correntina por el pueblo… al hombre se le pudrió la lengua. Pa que sepa mijos que las palabras a veces nos superan. Así que a poner mucho jundamento con los que se dice. Ese es el cuento del malhablado…y ahí perdona lo mal contao…

Comunicador Social

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