Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Europa, cansada de su tradición bélica, tributó su admiración al concederle en 1946 el premio Nobel de Literatura a un hombre que nunca se dejó arrastrar por el guerrerismo patológico que envolvió a sus coterráneos a lo largo de dos contiendas mundiales que costaron 100 millones de muertos. Hermann Hesse nunca hizo alarde de su activismo pacifista. Se refugió en sus libros y su autodidactismo. Su horror a la guerra lo sublimó en sus viajes a Oriente, artículos, novelas, cuentos, poemas y pinturas. Sus desatendidos “llamamientos por encima del conflicto”, lo llevaron a renunciar a su nacionalidad alemana en 1923 cuando, entre los rescoldos aún humeantes de la primera hecatombe, se avizoraba la ineluctable llegada de un nuevo y peor genocidio.
Desde su primera novela (“Peter Camenzind”, 1903), una de las favoritas de Sigmund Freud, hasta la última (“Berthold, 1945) que quedó inconclusa, pasando por su emblemático “Lobo Estepario” (1928), se puede apreciar la coherencia “paradójica” que siempre mantuvo durante más de cuarenta años con un pensamiento antidogmático, iconoclasta, introspectivo, divergente, antisocial, apátrida y abjurante del espíritu belicoso de su patria teutónica. Paralelo a ello, redactaba sus panfletos antibélicos y contra – nacionalistas. En toda su obra se reflejaba un paisaje frondoso y tristemente bello intercalado por una sinuosa y abrupta orogenia llena de altibajos emocionales, misoginia (tres matrimonios insoportables), anticlericalismo, frustración y muerte.
“El solitario de la selva negra” tuvo que arrastrar por lustros su estigma de “traidor” al mostrarse enemigo de los nacionalismos patrioteros de su tiempo y de su patria que siempre le fue ajena. De padre ruso – alemán y de madre indo – franco – suiza, fue fiel a su condición multicultural. Este ciudadano del mundo (hablaba inglés, alemán, francés, italiano y bengalí), escribió más de 3.000 reseñas para más de 50 periódicos y revistas europeas. América sólo vino a conocerle hace 50 años. Desde entonces, sus obras comenzaron a ser traducidas al inglés y al español gracias a la gestión editora de los escritores estadounidenses Timothy Leary y Henry Miller. En 1975, 10 millones de sus libros ya traducidos, habían sido vendidos en Norteamérica.
Premio Nobel
“Mis obras – dijo al recibir el Premio Nobel –, han sido escritas y pueden ser comprendidas como una defensa del individuo que es único y que, con su herencia, sus posibilidades, sus dones e inclinaciones, representa algo tan tierno y frágil que tiene la necesidad de ser defendido”. La radio y la televisión con su afán bulímico de micrófono, cámara y cartelera, consolidaron esa tendencia emergente que hizo de la notoriedad, la egolatría y el culto a la personalidad, los mayores negocios del siglo XX (“Me exhibo, luego existo”). Hesse no se equivocó cuando predijo que la estupidez y la mediocridad iba a ser el soma cautivante, la llave del poder, la cotizada virtud de seres histriónicos que desplazaría el talento y la genialidad de grandes hombres y mujeres que pasarían al anonimato.
Ese premio tan merecido, se debe en gran parte al “Juego de los abalorios” (1943), su penúltima novela. No entraremos a detallar los entrenudos de su relato. Nos detendremos en algunas premoniciones rubricadas en su obra. Testigo presencial de las dos hecatombes mundiales que dejaron su estela de horror y de sangre sobre los campos euroasiáticos, Hermann Hesse avizoraba negros nubarrones que se cernirían sobre el mundo occidental.
Testigo del holocausto nuclear, “El gran viejo”, adepto al budismo y a los designios exagramáticos del I ching, desde su exilio en Suiza, temía más la entronización de la vulgaridad y la ignorancia rampantes padres ignominiosos del fanatismo y la estulticia de aquel entonces, que al desarrollo enloquecido de la ciencia y la tecnología.
Era folletinesca
Este espectáculo carnavalesco lo rotuló con el nombre de “Era folletinesca”. Relatos tales como “El lobo estepario”, “Demían”, “Sidharta” y “Viaje a Oriente”, fueron casi desconocidas hasta su muerte ocurrida en 1962. Pero algo curioso pasó: su pensamiento humanista lo convirtió en un ícono por budistas, hippies y marxistas anarquistas y vergonzantes. Sus libros entraron a engalanar el mundo psicodélico, rebelde y superficial de la contracultura hippie, el arte Kitsch también llamado “La estética de lo cursi”, los grandes desfiles de pasarela (v. gr. el imperio de Coco Chanel) y el esplendor vanidoso y fantasmagórico del espectáculo Hollywoodense donde dinero, poder, fama y éxito, eran el gran elemento sublimador de la Guerra Fría y el desolado mundo de la segunda postguerra.
Su misantropía quedó en evidencia cuando cuestionaba la fugaz fragilidad de la condición humana: “(…) un ensayo y una transición (…) un puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu”.
Hesse decía que la orientación de su búsqueda no era hacia las estrellas o los libros, sino tras los murmullos pedagógicos de su sensibilidad. Confesaba que su historia no era agradable, ni suave, ni armoniosa: tenía un sabor a insensatez, confusión, locura y sueño “como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse a sí mismos”. La salvífica terapia junguiana lo mantuvo “equilibrado” a pesar de vivir en el afilado borde de su cordura, entre intentos de suicidio, visitas permanentes a los odiosos sanatorios mentales y arrebatos espirituales colindantes con sus delirium tremens.
Sus fobias
Sus fobias sociales fueron incomprendidas por la “sobria”, racionalista y excluyente intelectualidad de su tiempo. “Demián” (1919) y Siddharta (1922), se convirtieron en lectura obligada para los jóvenes que regresaban hastiados de la guerra. De allí, su célebre declaración: “¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines y placeres comparto ni me llaman la atención? (…) Si estas diversiones en masa y estos hombres contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento”.
Hesse, imbuido por las doctrinas filosóficas orientales, nos invita a hacer una revisión sobre nuestra relación intrapersonal, alterativa y social. Sus profundas reflexiones conmovieron los frágiles y oníricos cimientos de nuestra adolescencia perdida en esos laberintos míticos y farsarios del machismo donde habitaba ese monstruo quimerífero que devoraba nuestras ilusiones con sus imperativos tricéfalos: el deber, el miedo y la obediencia. Hesse con las reflexiones lobeznas y esteparias de Harry Haller, nos deja ante un dilema abierto y profundo sabiamente condensado en las concluyentes palabras de Luis Ángel Ríos Perea (“El lobo estepario, un intelectual perdido en una sociedad ajena a su mundo”).
“¿Vivirá una vida superficial e inauténtica dentro de una cultura *ordinaria y de hojalata*, llena de prejuicios y convencionalismos, deshumanizada, pero *cómoda* dentro del rebaño, o luchar, cual Quijote, por vivir una vida profunda y auténtica en un mundo de incomprensión, desarraigo, soledad y aislamiento? ¿Vivir siempre dentro del rebaño, dentro de la *cárcel de lo cotidiano? ¿Pero cómo salir? La poderosa fuerza de gravedad de la masa dificulta que despegue la nave libertaria del intelectual”. Meditaciones y soliloquios como éste, lo convirtieron en uno de los autores más leídos del siglo XX, después de su muerte en su amada Suiza, víctima de un ataque de leucemia. Sus monólogos aún nos acompañan en este incierto y fatigoso trasegar por el sendero de las horas y la vida.
Desconfíen
Desconfíen de los artistas, de sus poses, de su aire de triunfo. El arte es un gran mercado, y precisamente lo que atrae hoy del artista es eso: el éxito. No tiene la más mínima importancia tener algo qué decir, no tiene importancia lo que se crea, lo que se exprese, ni siquiera tener talento, importa vender volumen, páginas, canciones, trazos… Los escritores, por ejemplo, no llevan ya una vida azarosa, no se consumen en la hoguera de la frustración y la inteligencia; llevan por el contrario una vida cómoda, de vedettes, siempre pendientes de lo que dicen los otros. ¿Qué van a descubrir entonces? ¡Nada! Tienen que copiarse también unos a otros. A un artista le suelen importar dos cosas: el presente o la posteridad, y ambas terminan por traicionarle”.
Sus vivencias aún nos acompañan en este incierto trasegar por el sendero de las horas y la vida: “Todo libro que leemos hace oscilar nuestra brújula interior; todo espíritu ajeno nos muestra desde qué puntos tan diversos cabe contemplar el mundo… Ningún sentimiento es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que, de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos. Cada injusticia que cometemos contra ellos es una estrella que apagamos… La vida de cada hombre es un trayecto hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero… Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros… Cuando le tememos es porque le hemos concedido un cierto poder sobre nosotros mismos…”. El solitario de la selva negra nunca descansará en paz.



