José Adelnide Giraldo Herrera
“Cuando un amigo se va
una estrella se ha perdido
la que ilumina el lugar
donde hay un niño dormido.”
Alberto Cortez.
Jairo González Galindo se ha marchado ya. No lo veremos más caminando las calles de mi querido Dosquebradas. Su presencia de intelectual hambriento, de escultor de la palabra, con su fajo de papeles bajo el brazo, su mirada inquisidora y su parca sonrisa ya no irá más. Allá en su residencia del barrio Santa Isabel, seguramente las lágrimas de doña Mery y de sus hijos no se podrán secar durante un buen tiempo y los mejores momentos de su vida familiar, van a ser extrañados por siempre. Su mesa y su taller, el viejo computador, cansado de sentir la presión dactilar, descansará por un buen tiempo, y los demonios de su creación que rondaban alrededor de su cabeza, habrán huido espantados y dolidos: El escritor y poeta se ha marchado de este mundo y la ronda de ingenios, con su entramada faceta de personajes quizás aún latentes en su mente, seguramente también se habrá marchado.
¿Para dónde? Oriundo de Filandia Quindío (agosto de 1941) y bachiller por “validación”, en el año de 1967 y en el colegio Robledo de Calarcá, tramontó cargos públicos en algunos municipios del Quindío, en Guainía y en la Secretaría de Planeación de Dosquebradas, año 1973, donde estableció su residencia desde el año de 1975 hasta la fecha. Su vida de trotamundo le llevó hasta la misma Rusia, donde llegó a enamorarse de la literatura, hasta llevarlo a ser un escritor prolijo, un artesano de las letras; y digo “artesano”, porque, a pesar de las dificultades económicas que nunca lo abandonaron, se inventó la forma de editar sus propios libros y publicarlos desde su propia casa. Fueron 24 obras, entre novela, poesía, cuentos y ensayos; novelas, como “El trapiche del diablo”, “Cosechero de esperanzas”, “Madera de roble”, “Aullido de lobos”, “En viernes santo no fornicarás”, “La danza de los pobres”, en fin.
Un acumulado de ingenio, que esperamos poder rescatar, en una colección para la biblioteca pública del municipio de Dosquebradas Risaralda.
Jairo González Galindo fue un soñador, un hombre de fuerte tendencia libertaria, rebelde, batallador y honrado, en la que por encima de todo brilló como hombre probo y absolutamente independiente. Fundador del taller literario Escultor de la palabra, publicó varios números de una revista dirigida por él, a quien también denominó “El escultor de la palabra”, revista que hasta el momento, debe reposar en algún rincón de su casa, con sus últimos contenidos, esperando a que la Alcaldía de Dosquebradas, a través de la Secretaría de Cultura, le pudiese financiar, pero que no fue posible, debido posiblemente a las dificultades últimas conocidas por todos, desde su estructura administrativa, o a qué otra razón.
Es su creatividad literaria la que deslumbra por momentos en su obra, con su estilo sobrio y lírico y en la que en ocasiones también aparece el arcaísmo, como parte de su estilo, plasmando en ocasiones figuras de personificación, en las que atribuye a seres extraordinarios, características propias, fantasmagóricas y también humanas, como cuando dice: ”Algo extraño le hablaba desde su interior”, aludiendo a Efraín, al pasar frente a una casa misteriosa, donde unos años atrás había muerto Aidé (novela “En Viernes santo no fornicarás, pág. 7), al igual que metonimias, fenómenos de cambio semántico, por el cual se designa un concepto con el nombre de otro:
”Sus ojos de un cromo impreciso irradiaban una mirada penetrante, fuerte, fría, que humano alguno difícilmente resistiría” (obra citada. pág. 4), así mismo abundan en sus escritos figuras literarias como la sinestesia, la metáfora y muchas otras que enriquecen el paisaje literario y ahondan en la visión del escritor, hasta lograr la empatía con su lector fascinado.
Es de lamentar que la obra de Jairo González no haya sido acogida y apoyada como se lo mereció, tal como sucede en la actualidad con la mayoría de escritores que por ser humildes no dejan de ser asombrosos, mientras que su genio se ve obligado a morir como pasto del comején, o en tiendas baratas de suburbio, empleados para envolver jabón, o para ser vendidos por kilos en el reciclaje. Jairo González Galindo ya no está físicamente con nosotros, pero su memoria seguramente nos acompañará a perpetuidad, mientras recordemos que un hombre humilde amasó con sus propias manos la hechura de unos libros que son el testimonio de un grito, rabioso grito, dado por un gran hombre de letras, lamentablemente olvidado por nuestras instituciones, que son las encargadas de apoyar el talento humano y estimular con ello a las nuevas generaciones, las mismas que actualmente son pasto abonado de la basura electrónica, y de ese temible pulpo tecnológico que cada día condena más al ostracismo a las masas humanas.
Mientras tanto, buen viento y buena mar, amigo Jairo.
El Sumo Poeta lo tenga en su gloria. Le dedico a J. Marubari mi soneto “Epitafio”, que estoy seguro refleja el anhelo más íntimo de su alma:
Epitafio
Mi alma, como ave prisionera,
en vano picoteó tu cárcel, verso,
ansiando remontar el universo
y fusionarse en la belleza entera,
que de amor vibra en la nación primera,
el Absoluto, incomprensible y terso,
donde, glorioso, Dios, refulge inmerso
en poesía eterna y verdadera.
Ahora el Ángel de la Muerte vino,
mi alma libre de las formas vuela;
y espero descorrer, por fin, el velo.
Dame, oh Muerte, el arcano tan divino,
la belleza esencial que mi alma anhela,
¡llevándome en tus alas para el cielo!


