Luis Fernando Hincapié Ospina
Pereira, Colombia, 1979
Hizo parte del taller literario La Fragua de Pereira, con el cual publicó el poemario Casa de Símbolos (2000). Desde 2005 reside en Nueva York. Allí fue integrante del taller literario Portal, que publicó poemas suyos en la revista El Barco Ebrio (2005 – 2006). En 2011 publicó una serie de poemas en el dominical de Las Artes del Diario del Otún de Pereira. Es miembro del Colectivo Poetas en Nueva York, con el que participó en numerosas lecturas, maratones culturales y festivales de poesía, entre ellos el 8º Festival Internacional de Poesía “Poetas En Nueva York” (2013). El 14 de noviembre de 2020 recitó algunos poemas en el Festival Intenacional de Poesía Virtual organizado por Poendemia Literaria/Palabras desde el ático-Facatativá. Entre enero y febrero de 2021 fue invitado al programa radial virtual Inframundo de la palabra que se transmite cada jueves a las 10:00 p.m. desde Pereira junto a varios poetas y especiales musicales dentro del mundo del metal.
El navío errante
Ha zarpado en su imponente holgura
el buque de los espíritus triunfantes,
llevando la fuerza de los hombres
bajo el mando de capitanes soñadores
entre las gruesas capas de madera.
En su trayecto calmo,
rompiendo el antiguo mar
al soplo divino en sus velas del gran Eolo
navega como nueva estocada al océano.
Vigilante la proa del encanto
cuenta una vivencia más
en sus largas viejas historias.
Arrecian las agrestes olas
tras días de travesía
y como el remolino al viento
agitan el barco acelerando los corazones
de los tripulantes que salen
de sus habitaciones imitando
a los potros encerrados.
Van, vienen, van y vuelven
balbuceando oraciones a Poseidón
para que aplaque las aguas bestiales
en la oscuridad de la noche.
No hay tregua, el destino ha hecho lo propio,
las almas deshechas
a lo largo y ancho de la embarcación,
en la popa, babor y estribor;
regresa una segunda oleada
esta vez para devorar todo a su paso
en la profundidad de sus entrañas.
Cuenta la leyenda que en la opacidad de los días
una nave fantasma atraviesa el horizonte.
En su interior, gritos, quejidos,
la ferocidad del instante, del espanto,
el espejo del terror.
Súcubo e íncubo
Rasgas las vestiduras
súcubo de mis temores
reinas en la profundidad
infernal, parnaso ideal
del encuentro lujurioso.
Soy tu íncubo,
mismo que atravesó
el inframundo eterno
surcando las aguas bestiales
del río Aqueronte
junto al viejo Carón,
dueño, amo y señor
de sus lúgubres costas,
divisé desde su orilla
a lo lejos entre las intrincadas
llamas sabias, a Dante y a Virgilio,
estampas del más subversivo
lienzo que pintara inclemente,
tu decorado cráneo demoníaco
en óleo fino mi súcubo de otoño.
Has de saber querida mía la elocuencia
de los filósofos y los poetas malditos,
de mi paso por este mundo
tomaré las letras saturninas
de Charles Baudelaire,
en el accidentado lirismo que me cobija.
Tiende, ¡oh! súcubo,
tu tez imaginada por el dios Pan
sobre este cuerpo diabólico
en las brasas ardientes del Tártaro perpetuo.
La máscara
Fuimos dos mundos extintos
conspirando contra el vendaval
de las ideas ya marchitas por la soledad,
expandimos la cólera a un segundo incoloro
inhalada por el musgo en tu cuarto.
Y fue allí donde las galaxias en el techo
se expandían en un silencio espectral
filosofando la cal de las paredes que olían
a la tierra mojada de octubre.
Tú, máscara…
Nadando entre las grietas del sueño
al beber el vino añejo de nuestro espíritu.
¿Me sientes?
o tan solo soy un cadáver del alba
ya expuesto por los insectos del lugar…
Somos dos monedas que ruedan
al tacto de las rocas montañosas.
Llevamos nuestro circo a cuestas,
una obra para el olvido
que tiembla, se estremece
en los ríos cuesta abajo de la conciencia.



