Entrevista con el reverendo cura Remigio Antonio Cañarte y Figueroa

El lector deberá escudriñar la vida del fundacional personaje, así sabrá separar lo cierto, de aquello que pertenece a lo metafórico, a lo poético, a lo que pudo decirse, a lo colocado en boca del moribundo sacerdote por el autor de este reportaje.

José Daniel Trujillo Arcila*

Lo encontré acostado, lucía demacrado, su huesamenta delataba un lamentable estado de extrema consideración; pareciera que llevara semanas sin consumir alimento, aun así el Señor Notario Elías Recio, quien fuera uno de sus acólitos en la celebración de la misa del 30 de Agosto de 1.863, certifica que este 24 de abril de 1873, el anciano sacerdote deja consignada en la escritura número setenta y uno su voluntad testamentaria y que tal acto lo autoriza “por hallarse gravemente enfermo pero sano de entendimiento, de lo cual doi fe i intero crédito”. En este momento, el notario Recio salva el nombre de Francisco, indicando que no vale, avalando entre líneas “Remigio Antonio”. El documento indica haberse suscrito ante testigos en la Villa de Pereira.

Firmó lentamente. Su temblorosa mano caminó sobre el papel con mucha dificultad, se le hizo difícil terminar la palabra Remigio; en cuanto a su segundo nombre este es ilegible y el Cañarte empieza en línea recta, luego cae, no guardando la misma orientación o simetría. En nada se parece esta, su última firma, a aquella que estampó en el oficio fechado en 1.857 dirigido al Obispo de Popayán, solicitándole permiso para salir de la ciudad de Cartago. Quedó consignado para perpetua memoria los padecimientos, su cansancio, la debilidad en grado extremo que lo agobia; aun así, ratifica en tan solemne instante su última voluntad espiritual en la que incluye el reparto de sus pertenencias.

Aceptó responderme con absoluta franqueza; dice estar dispuesto a dejar testimonio de su actuar y vivir desde el momento mismo de haber ingresado al Real Colegio Seminario San Francisco de Asís de Popayán por los años de 1.809; formación especial dada la buena condición económica de su familia, a la que reconoce su carácter monárquico y defensora a ultranza de sus divinas majestades que por aquellos tiempos, antes y después, gobernaban el reino de España, recordando en especial a Fernando VII, monarca contra quien luchó en 1819 acompañando los ejércitos libertadores.

 

Su memoria

Impresiona al interrogador la privilegiada memoria del levita pese a su caótico estado y quien empieza diciendo: “Me llamo Remigio Antonio Custodio José Joaquín Cañarte Figueroa, advierto que mi partida de bautismo presenta enmendaduras o salvedades, porque el Remigio Antonio me fue dado cuando el acta ya había sido levantada pero, tal hecho fue suscrito por el mismo sacerdote que me bautizó.

Igualmente aclaro que la manifestación de no haberse pagado suma alguna por tan religioso y necesario acto cristiano, fue salvada, cambiándose  ‘sin vela y ofrenda’ por ‘vela y ofrenda de seis (6) reales’.

“Provengo de familia como ya lo dije de orígenes españoles, mis padres fueron los finados Manuel Cañarte Ruiz Salamandro y María Nicolaza Figueroa y Rojas, ellos me dieron la vida por la gracia de nuestro señor Jesucristo y ello me releva de hablar o mencionar a cualquier otro pariente”

Le interrumpí señalándole la omisión deliberada de su parentela, más no así de las señoritas Cantera, las que le acompañan y le han servido por años, retrotrayendo cualquier vínculo existente a la madre de estas la Señora Eduarda Cantera, a quien conoce desde décadas atrás y de su muy abierto y especial interés en el joven Ricardo Cantera, hijo natural de María de Jesús; igualmente le recuerdo que las citadas Cantera aparecen como herederas en los testamentos de 1853, 1856 y en el que acaba de firmar. Pide se le recueste un poco, toma aliento como si fuese a confesar un sombrío y oscuro pecado indicando:

“Le digo que del tema se ha hablado mucho, maledicentes lenguas que he perdonado evitando tengan como última morada los infiernos, han dado en propagar especies calumniosas atándome afectivamente a Eduarda Cantera, por el solo hecho de haberme prodigado techo y apoyo material por largo tiempo; También hace dicho que Ana Joaquina a quien he dejado la casa de mi propiedad ubicada cerca de la iglesia, María de Jesús y María de la Paz Cantera de Larco son mis hijas y que Ricardito Cantera mi nieto. Otros pérfidos en salones de sacristía donde se reúnen canónigos, sacristanes y mayordomos de fábrica, se han dado a la tarea de transmitir a mis feligreses que soy el padre de mi amado Ricardo hijo de María Jesús. Le digo en esta hora, próximo a partir, que no desmentiré ni afirmaré tan tendenciosas noticias, pues bastante daño han hecho a mi espíritu con esos decires, me basta estar en paz con mi conciencia y el Señor que todo lo ve y todo lo puede y si los cargos imputados fueren ciertos, mi debilidad de hombre solo la perdonara el Señor Jesús para quien he trabajado sin descanso desde mi alistamiento en el seminario”.

Invitado a evocar su vida sacerdotal, inició diciéndome en presencia de los testigos testamentarios: “No es cierto que haya sido ordenado viejo, mucho menos que tal proclamación para ejercer el honroso sacerdocio la hubiese realizado Simón Bolívar, quien fuera jefe supremo de los ejércitos patriotas a los cuales serví. Es cierto que los curas y obispos de aquel entonces optamos por elegir entre defender la causa de España o la de la emancipación y yo me decidí como ya lo he dicho por esta última. Ejercí entre los años de 1.863 a 1,870 como cura coadjutor de la Villa de Pereira, población que también hemos llamado Cartagoviejo y Villa de Robledo y como cura párroco entre 1.871 y 1.878. Fui preceptor de primeras letras en dos ocasiones y por los años de 1816 capturado y enrolado en el ejército realista, siendo conducido a servir a sus majestades en los llanos de Casanare; tal aproximación a la armas me condujo pronto a las huestes patriotas al mando del mulato Ramón Nonato Pérez, muerto a causa de las heridas que le causó un caballo; así que hice parte de los ejércitos libertadores en la Guerra Magna de 1.819 con la cual se sella la independencia de Colombia. Regresé al Seminario y en 1.823 me ordené como sacerdote ejerciendo como cura interino en la Parroquia de Santa Ana; luego cura propio de Cartago y Sacristán Mayor de la Iglesia Matriz de San Jorge. Entre 1.826 y 1.834 desempeñé el curato de Zaragoza y Santa Ana; actué como cura coadjutor de la Iglesia de San Jorge de Cartago y finalmente entre los años de 1843 a 1.855 Capellán de la Iglesia de Guadalupe; añado que este ejercicio pastoral también estuvo acompañado de mi actividad de administrador de algunas capellanías que hicieron posible obtener congrua subsistencia durante mi apostolado”.

“Quiero referirme a mi acercamiento a las tierras contiguas a Pindaná de los Cerrillos”. Advierte el interrogador que el enfermo calla por un momento, recibiendo de manos de Ana Joaquina Cantera algunas cucharadas de caldo de paloma, las que parecen fortalecerlo momentáneamente. Con un gesto anuncia querer continuar explorando sus recuerdos.

“A las tierras de los Señores Pereira, las que limitan con las de la familia del también cartagueño y díscolo cura Ramón Gómez Lasprilla llegué en 1.857; en aquella ocasión tuve una estadía de tres meses, acompañando las familias asentadas en el lugar y un año después, motivé a aquellos dispersos campesinos para que solicitasen al gobernador de la Provincia del Quindío perteneciente al Estado Soberano del Cauca, elevar a la categoría de caserío o distrito el lugar, dado la existencia de ciento quince almas, lo que también suponía la designación de alcalde y juez”.

Luego agregará: “Le voy a decir con franqueza de moribundo, la misa del 30 de agosto no fue la primera en lo que sería el naciente poblado; otros curas celebraron la liturgia en estos parajes al igual que en el caserío de Obaldía o Condina; algunos de ellos en altar portátil previa autorización del gobierno eclesiástico; de haber sido dicha misa, la del 30 de agosto, el acto fundacional de la Villa de Pereira, yo mismo hubiese destacado tan memorable momento; no puede olvidarse que desde 1854 Cartagoviejo era administrado por el cura de Condina”.

Y continuará con el recuento de su vida sacerdotal. “Evoco que a partir de 1.865 permanecí en la Aldea de Pereira, domiciliándome desde mayo hasta abril de 1.866; por aquella época conozco de la acusación en mi contra en la que se señala que he traspasado mi jurisdicción, cobrando por escuchar en el sacramento de la confesión seis pesos por los grandes y cuatro por los párvulos; hechos según los calumniosos, ocurridos cuando el Señor cura de Santa Rosa de Cabal José María Gómez, solicitó mi concurso para que celebrara misa, confesara y administrara en su territorio eclesiástico, tales infamias quedaron desvirtuadas según me escribió el mismo sacerdote Gómez”.

Su reverencia ganó alguna malquerencia de los comerciantes por amonestarlos a no realizar el mercado los días domingo. “Tema difícil cuando se ha de conciliar los mandamientos, en particular santificar las fiestas con actividades mercantiles que además conducen o acercan al pecado. Recuerdo muy bien los bandos formados en favor y en contra de tal postura; por ello nunca cerré la iglesia ni dejé de administrar los sacramentos, como sí ocurrió por los lados de Santa Rosa”.

“Quiero agregar que aunque fatigado y sintiendo mi muerte próxima, dejo constancia para la posteridad de mi agradecimiento a su eminencia Carlos Bermúdez, Obispo de Popayán, quien sabiéndome enfermo y ciego, procuró que siguiera siendo cura propio de la aldea de Pereira. Supe que el alto prelado fue informado que en la celebración de la santa misa he dejado caer la hostia debiendo el acolito levantarla con la patena; el obispo fue condescendiente conmigo a pesar de la solicitud de relevo impetrada por el vicario de Santa Rosa. También tengo inmensa gratitud por el cura José María García, quien ha sido mi compañero espiritual de estos últimos momentos”.

“Tampoco olvido a mi condiscípulo en el seminario José María Obando, quien fuera Presidente de la Nueva Granada, general que envió desde Cartago carta fechada el 25 de febrero de 1.861 al Obispo Pedro Antonio Torres, también compañero de aula, para que los vecinos de Cartagoviejo no fueran sometidos al sacrificio de caminar varias leguas hacia Santa Rosa o Cartago Nuevo en procura de asistir al santo oficio de la misa o recibir los socorros espirituales. Aun rio cuando leo la copia que me fuera enviada de aquella misiva, en ella el expresidente me describe ante su eminencia como un ‘sacerdote viejo, achacoso pero lleno de virtud’”.

“Quiero descargar mi conciencia insistiendo que la campana de cuatro arrobas de peso que excepcioné como mía por los años de 1.833 o 1.834 al igual que otros bienes inventariados al momento de entregar el curato de Zaragoza, la compré al finado Matute por ciento ocho patacones y a pesar de no dárseme la razón en pleito, insisto que tales bienes son de mi propiedad”.

Siendo las tres de la mañana de este 29 de Octubre de 1.878, asistido por el Sacerdote José María García, termina la existencia de Remigio Antonio Custodio José Joaquín Cañarte y Figueroa, quien en sus últimos momentos alcanzó a decir para que lo oyéramos todos los presentes: “La aldea que nació el 30 de agosto de 1863 será prospera y grande como Popayán; muchos asistimos a aquella misa por lo tanto somos sus fundadores y fue el espíritu de Cristo presente en aquella liturgia, lo que ha hecho posible que este poblado crezca para alabanza de Dios”.

Compungido el notario Elías Recio, su amigo y compañero, toma el testamento y con temblorosa voz lee la cláusula segunda: “Que manda su cuerpo a la tierra de que fue formado y manda que sea amortajado con las vestiduras sacerdotales y entierro solemne y misa de cuerpo presente, si así lo permitiese el tiempo…”.

No puede terminar la lectura, el llanto de las Cantera y vecinas piadosas se apodera del fedatario. Otro de los presentes recuerda acápite de su primer testamento suscrito en 1.853: “… y por cuanto el morir es natural a toda criatura viviente, y la hora incierta para cuando llegue la mía, y estar preparado, procedo en descargo de mi conciencia a ordenar este mi testamento en la forma siguiente: 1ª. Primeramente encomiendo mi alma a Dios nuestro señor que la crio y redimió con el infinito precio de su sangre sacrosanta, y el cuerpo mandó a la tierra de que fue formado, y es mi voluntad que cuando fallezca mi cuerpo hecho cadáver sea amortajado con la investidura sagrada que mantengo en mi poder y sepultado con el decoro y humildad que requiere el ministerio sacerdotal…”.

*NOTA: El figurado reportaje está fundamentado en la seria, cuidadosa y documentada investigación realizada por el presbítero Raúl Ortiz Toro, la que figura en su libro “Pereira y la Iglesia en el Siglo XIX”. Otros textos sirvieron para provocar las respuestas del cura Cañarte, entre ellos el Tomo I de la naciente notaría de la Villa de Pereira. Los personajes, fechas, lugares y hechos son verídicos.

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