Jorge Emilio Sierra Montoya*
(Fragmento de “El Gran Otto: Años de formación”, libro publicado para celebrar, este siete de agosto, el centenario del natalicio de Otto Morales Benítez)
Corría el año de 1938. El joven Otto Morales Benítez, próximo a recibir en Popayán el título de bachiller para emprender su carrera universitaria, al tiempo que hacía política (esta vez, como seguidor del candidato presidencial Darío Echandía), permanecía fiel a su vocación humanista, de ningún modo ajena u opuesta a la actividad proselitista.
Así las cosas, el maestro Guillermo Valencia, aunque conservador, era su gran modelo de vida, igual que para todos los payaneses y quienes visitaban la ciudad, o sea, para propios y extraños, cuando no para el país entero, donde su figura resplandecía, opacando a cuantos se le cruzaban en el camino.
No era de extrañar que el osado riosuceño, al lado de varios compañeros de colegio con firmes aspiraciones intelectuales, se hicieran cerca de él para oír sus enseñanzas ahí, en una de las bancas del Parque Caldas, cerca de donde acostumbraba reunirse, en plan de tertulia, con algunos amigos.
¿Quiénes eran tan envidiables contertulios? Entre otros, Francisco José Chaux, cuya alta figura resaltaba tanto como su distinción personal y el vasto conocimiento en temas jurídicos, clave de su lenguaje puntual, certero, cabal, para identificar los principales asuntos políticos.
Perfil de Chaux
Y es que Chaux no era orador “de arrebatos” o agitador, sino un excelente expositor de ideas, como si en la tribuna pública estuviera al frente de sus admirados alumnos de derecho civil en la Universidad del Cauca, donde se le admiraba como a una institución.
No era para menos. Tenía a su haber un ministerio en el gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926-1930), que no perdió cuando éste fue relevado por el de Enrique Olaya Herrera (1930-1934), quien lo nombró ministro de Industria.
Como si fuera poco, en medio de la terrible agitación campesina que condujo a la Ley de Tierras en el mandato de López, presentó al Congreso el primer Código de Trabajo del país (calificado mucho después, en 1986, como pionero de la reforma agraria en América Latina, según reconocimiento del Congreso Agrario Internacional realizado en la Universidad Externado de Colombia).
Combatió, pues, las injusticias de que eran víctimas los campesinos obligados a desbravar tierras y sembrar algún cultivo permanente, como el café, para los propietarios, quienes además cobraban peaje al que cruzara por sus predios, aunque fuera a través de puentes colgantes.
Coincidió, por tanto, con figuras como Jorge Eliécer Gaitán y Carlos Lleras Restrepo en la presentación de iniciativas parlamentarias con un elevado sentido social a favor de los campesinos más pobres, todo ello enmarcado en el concepto de la función social de la propiedad, consagrada finalmente en la Constitución de 1936.
Chaux, a propósito, terminó siendo líder gaitanista en la última etapa del caudillo y aún con posterioridad a su asesinato, cuando incluso se creía que enarbolaría sus banderas y asumiría su candidatura presidencial.
Era -repetimos- uno de los contertulios de Valencia, al lado de Luis Carlos Iragorri y Francisco Donia, otra personalidad de primer orden por su cultura y experiencia política, con vasto dominio de los mayores problemas nacionales, por lo cual gozaba de pleno reconocimiento a su autoridad académica en la misma Universidad del Cauca.
Campañas presidenciales
Pues bien, fue ahí, en el Parque Caldas, desde “la banca de atrás” a la de Valencia y sus distinguidos amigos, donde Otto le oyó al insigne poeta hablar sobre sus dos campañas presidenciales, la de 1917 y la que desembocó en la caída del conservatismo en 1930, mientras delineaba, con mano de artista, los perfiles de las más importantes personalidades políticas de la época, como el general Benjamín Herrera, Laureano Gómez y Eduardo Santos.
Así, con su figura imponente y sus finos modales, el aura que enceguecía a quienes le rodeaban y un vestido ligeramente descuidado, recordaba cómo en 1917 fueron Herrera y Laureano, el primero como jefe del liberalismo y el segundo como líder en ascenso del conservatismo, quienes defendieron su candidatura presidencial, la cual fue proclamada por Santos, el muy respetable director del periódico “El Tiempo”.
Pero, además del apoyo partidista tenía amplio respaldo popular en los distintos departamentos. ¿Por qué? Ante todo, por su prestigio que trascendía las fronteras patrias, pues era uno de los mayores poetas del continente; por su trayectoria parlamentaria, con debates que hicieron historia como el ya mencionado de la pena de muerte frente a Ñito Restrepo o los que libró con Rafael Uribe Uribe; por su extraordinaria oratoria, para lo cual poseía todas las condiciones del gran orador (capacidad histriónica, mucha cultura, figura impresionante, diversas tonalidades de voz…), y por su carisma, tan distinto al de su rival, Marco Fidel Suárez, quien finalmente habría de vencerlo en las urnas.
El apoyo liberal a Valencia no era gratuito. No; él se había comprometido, como aspirante presidencial, con sacar adelante en su gobierno diversos programas del liberalismo: establecer un régimen electoral justo, sin manipulación de las elecciones, a través de un poder electoral independiente, no como apéndice al servicio de la Presidencia de la República, y reformar la Constitución para implantar la autonomía de la rama judicial y la despolitización del ejército y la policía, prueba cabal de sus hondas convicciones como demócrata.
Herrera y Laureano
A cada momento volvía sobre Benjamín Herrera, de quien exaltaba su carácter, su espíritu razonador y el éxito indiscutible de sus acciones bélicas en la Guerra de los mil días, cuando pudo dominar el Pacífico, desde Tumaco hasta Panamá, gracias a una estrategia que recibiría cálidos elogios del general Grant, prestigioso militar norteamericano.
Creó, además, las cámaras de comercio y puso en marcha la navegación por el Vaupés; desde el Ministerio de Agricultura promovió escuelas para los campesinos, y mejoró las relaciones con el exterior para exportar productos colombianos.
“No era un militar común y corriente”, concluía Valencia al enorgullecerse de que él dirigiera su primera campaña presidencial.
En cuanto a Laureano, que apenas empezaba su agitada vida pública, previó el liderazgo que llegaría a tener en virtud de su personalidad, su actividad periodística, su oratoria, su densa formación intelectual y los cambios profundos que proponía en su partido, distantes de la continuidad que representaba Suárez como último exponente de la Regeneración iniciada por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro a fines del siglo XIX.
Eduardo Santos
A Santos, por su parte, le admiraba su estilo sereno, suave, con mucho ritmo, y la riqueza de observaciones, dentro de la mayor pureza idiomática, de sus discursos, cuya retórica nunca se desbocaba hasta convertirlo en simple agitador.
En sus escritos, en sus editoriales que eran consultados a lo largo y ancho del país, manejaba una prosa adecuada al tema, con reflexiones claras y sencillas para llegar al mayor número de personas, sin pedantería de erudito a pesar de sus múltiples lecturas que sólo mencionaba, con citas de los grandes autores, en intervenciones académicas.
“Y era ante todo un excelente conversador, de los mejores que haya conocido”, anotaba Valencia, quien atribuía su segunda derrota electoral a la indebida intervención del clero en la política y a la confusión generada por monseñor Ismael Perdomo, actitud crítica que no puede calificarse de anticlerical, ni mucho menos opuesta a la iglesia o al cristianismo
“Porque Valencia era un cristiano profundo, un verdadero orientador espiritual”, al decir de Morales Benítez, quien le rendiría el justo homenaje en su primer libro de ensayos, “Estudios críticos”, donde comentó un texto sobre él de Manuel Serrano Blanco, notable orador que, como tantos otros (Silvio Villegas, Augusto Ramírez Moreno, Eliseo Arango y Fabio Vásquez Botero), en aquella época desfiló por Popayán, siempre a la sombra del maestro.
Guía del maestro
Desde entonces, desde las bancas del Parque Caldas y aún en el Paraninfo de la Universidad del Cauca donde Valencia solía aparecer con figuras tan connotadas como el lingüista ecuatoriano Jacinto Jijón y Caamaño, el sabio Baldomero Sanín Cano (que por un tiempo vivió en su casa y ocupó la rectoría de la Universidad), el historiador Laureano García Ortiz y el presbítero Enrique Pérez Arbeláez, fundador del Jardín Botánico de Bogotá, el autor de “Ritos” guiaba los pasos, sin saberlo, del joven intelectual riosuceño con aspiraciones políticas.
Era la guía del maestro en sentido estricto. Como cuando abordaba, durante aquellas inolvidables tertulias locales en el Parque Caldas, los grandes temas nacionales y mundiales, no sin hacer gala de su erudición al citar tratadistas políticos, novelistas, poetas y críticos literarios.
Sus comentarios eran agudos, expresados con el uso más castizo del idioma; modulaba la voz (“era una voz hermosa”, precisaba Otto), y en ocasiones mostraba su extraordinaria capacidad irónica, incluso de burla, pero una burla “sonreída”, no amarga, ni hiriente.
Era un maestro, asimismo, en el arte de la conversación. Nada extraño en un payanés, como es sabido. Al fin y al cabo las gentes de Popayán tenían esa virtud, que brotaba como algo natural, del medio ambiente, por la formación política, social, religiosa y artística, de tantos valores de la nacionalidad que tuvieron como epicentro a esta ciudad.
La mayor influencia al respecto viene desde la Universidad del Cauca, fundada en 1827 -¡hace casi dos siglos!- por el general Francisco de Paula Santander, cuya intensa vida cultural se extiende aún entre familias humildes, modestas, con escaso nivel educativo.
“Popayán, la culta”, fue el título con que Otto la identificó desde entonces.
Influencia literaria
La cultura irradiaba especialmente, durante los años treinta a que aludimos, desde las encumbradas alturas del maestro Valencia, cuya visión universal le permitía pasearse a sus anchas por los más complejos asuntos de política internacional, como los partidos políticos europeos y, en especial, los extraordinarios aportes de Estados Unidos a la democracia moderna y a la literatura, presintiendo quizás la enorme influencia de los escritores norteamericanos en la época contemporánea.
Esto sorprendía bastante a los jóvenes liberales de izquierda que oían sus palabras en una banca cercana a la suya. ¿Estados Unidos -se preguntaban- no eran sólo la encarnación del capitalismo, condenados a desaparecer en la anhelada revolución comunista según el elemental análisis marxista que repetían en forma fragmentaria, nada sistemática?
Valencia, en síntesis, despertaba sus conciencias, como lo hace un maestro en el pleno sentido de la expresión. Y con mayor razón sucedía esto en su caso, en jóvenes inquietos por el apasionante mundo de las letras, con espíritu humanista.
Se iban formando a la sombra de El maestro, cuya majestad se reflejaba en todo, desde el aspecto físico hasta sus manifestaciones intelectuales.
(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua



