Instantes de Medellín

Omar Castillo*

Por esos azares que terminan haciendo parte del tejido de la vida de cada uno, en 1977 se iniciaron mis encuentros con un grupo de personas que teníamos en común el gusto e interés por la poesía, la literatura, el teatro, las artes plásticas y cuanto involucra la creación y la cultura. Uno de los lugares donde nos reuníamos se llamaba Cardescos, café restaurante que funcionaba en el segundo piso del edificio Los Búcaros, sobre La Playa entre La Oriental y El Palo. También frecuentábamos el café restaurante Patio Bonito en Junín, a todo el frente del Edificio Coltejer y la cafetería El Festín que quedaba junto al Club Comfenalco La Playa. Fueron años de descubrimientos y aprendizajes para la vida, la amistad, la creatividad y los inicios del amor, vividos en ese centro de Medellín que no ha dejado de mudar su apariencia y en el que prevalecen las rutinas de quienes se amparan en la usura, empero, donde también son nítidas las presencias de quienes persiguen descifrar sus sueños y su despertar entre la realidad y la otredad de la ciudad.
Después, iniciándose la década de 1980 empezamos a frecuentar ese magnífico cafetín que fue La Arteria, lugar cuyo mayor atractivo era el de quedar sobre la Avenida La playa, allí nos encontramos con otras personas con quienes vivimos y compartimos algunos de los años más característicos y fructíferos en la creatividad vivida en Medellín por la poesía, la literatura, el teatro, la música, las artes plásticas y ni qué decir, en la resistencia que significó vivir bajo los abruptos de la violencia exacerbada en la ciudad por el narcotráfico durante las décadas de 1980 y 1990, cuyo poder económico penetró todas las capas sociales de la ciudad y del país. Muchos son los rostros de aquellos con quienes compartimos desde esos años, rostros de quienes con sus características vitales y creativas han hecho huellas en la piel de la ciudad. La Arteria fue lugar de encuentros marcados por la bohemia, el amor, la creatividad y el don por vivir sin perder el derecho al asombro de cada noche, de cada día vivido. Como dije, La Arteria quedaba sobre La Playa subiendo a mano derecha entre El palo y Girardot, justo al frente de la Galería de Arte La Oficina, donde se inauguraron las primeras muestras individuales y colectivas de algunos de los artistas cuyas búsquedas y logros siguen siendo representativos de las artes plásticas del país.

Otros bares y cantinas abordados para nuestros encuentros fueron El Tropezón que quedaba en Córdoba justo al frente del viejo edificio de Bellas Artes, La Boa ubicada en Maracaibo entre El Palo y Girardot, El Jurídico y la Huerta que quedaban en Córdoba entre La Playa y la calle 50. Después en un rincón de la carrera Girardot sobre la Plazuela del Periodista, abrieron El Guanábano, lugar de tantos instantes y encuentros todavía reveladores para el acontecer creativo y cultural de la ciudad.

En ese centro de Medellín frecuentábamos las librerías Continental, La Nueva, La Científica, La América, Mundo Libro, La Aguirre y La Anticuaria de Niquitao. Íbamos a cine a los teatros Libia, El Cid, Opera, El Metro Avenida, Junín, Cine-Centro y a la sala del Colombo Americano. También acudíamos al Astor de Junín y a Versalles, y ya muy en la noche estaban los bares de salsa como El Suave, El Oro de Múnich y otros que hicieron parte de los espacios donde nos arriesgamos a vivir, a confrontar con nuestras presencias la violencia con la cual los capos del narcotráfico y sus secretos socios de cuello blanco, sometían la ciudad a vivir en el miedo impuesto por sus designios y sicarios. Nuestra única defensa para esos días eran las ascuas que nos hacían apetecer la vida contra todo límite que pretendiera coartárnosla. La vida asumida como el malabarista que solo dispone de su garganta para pasar por el filo de un inmenso cuchillo que atraviesa la ciudad.

Cada que era necesario cruzábamos el río por el puente Colombia hasta el teatro El Subterráneo que quedaba en los bajos del Edificio Suramericana, para ver el estreno o la repetición de alguna de las películas que marcaron nuestro gusto por el cine, o para asistir en la Biblioteca Pública Piloto a las presentaciones de libros, exposiciones y otros actos que allí se realizaban, o para entrar a las muestras organizadas por el Museo de Arte Moderno cuando quedaba en el barrio Carlos E. Restrepo, al lado de La Comedia donde casi siempre terminábamos la noche al borde de un café, una cerveza, un aguardiente o un trago de ron.

En Medellín, gran parte de la poesía y la narrativa escrita y publicada en esos años en revistas literarias, en libros y en los suplementos culturales de los periódicos, como muchas de las exposiciones, propuestas escénicas, así como el logro de varias sedes teatrales, el Festival de Poesía, centros de creación y cultura como El Taller de Artes y El Ateneo Porfirio Barba Jacob, las propuestas musicales, el cine realizado y las investigaciones periodísticas, fueron trabajos que nutrieron y aun nutren la cultura de la ciudad, expresándola en sus aciertos y en sus contradicciones, contribuyendo al esclarecimiento de su idiosincrasia ciudadana y a una visión de la vida y del mundo. Estos fueron años posibles en medio de lo imposible impuesto por la violencia y las carencias sociales, empero, por esas paradojas de la civilidad, en su acontecer no intervenían las camisas de fuerza que hoy quiere imponer la “corrección política” idealizada por el neoliberalismo para lo cotidiano y lo creativo, queriendo hacernos creer que cambiando el nombre a las causas que producen la indignidad humana, estas quedan resueltas y en lo creativo, buscando convencernos de las bondades de someterse al “correcto” decir de su visión del mundo corporativo.

Para gusto o disgusto de quienes la habitamos, el centro de la ciudad ha logrado cambios necesarios en los últimos años. Es evidente que ha crecido en cemento, hierro, adobe, asfalto y que muchos de los lugares arriba nombrados han desaparecido o han sido convertidos en otra cosa. Resultado de la pasividad de muchos habitantes ante las decisiones de quienes desde la administración pública parecen actuar sin memoria, al punto de fundar sus imaginarios administrativos en creer que con ellos se inicia la ciudad, negándose a una política consensuada que dé continuidad a una planificación sostenida sobre el mantenimiento y la creación de obras para la ciudad. Maravilla o aberración, vaya uno a saber.

Mientras escribo estas líneas son muchos los rostros y los nombres de quienes cruzan mi pensamiento inmerso sobre estos lugares entrañables y que me resisto a nombrar por la amplia presencia que significan y por no incurrir en algún olvido, prefiriendo imaginarlos en sus mesas disfrutando de una conversación, aun en lo exasperante que por pasajes esta pueda volverse, asunto inevitable cuando se vive apasionadamente, creyendo en lo que se hace y con amigos lo suficientemente nítidos e inteligentes como para vivirlo en la proximidad y en las diferencias. Este no es un texto para convocar simples nostalgias, porque muchos de quienes nombraría siguen activos en su ser creativo, su fuerza vital sigue vigente e inundando con su presencia los lugares que hoy en día habitan, y esto es suficiente para imantar aquí sus presencias como memoria viva de la ciudad.

Medellín sigue teniendo lugares que atraen y reúnen a seres cuyas maneras y deseos diferentes extrañan y despiertan atracción. Son seres cuyas existencias se hacen indicios inevitables para el reconocimiento de la ciudad en el correlato temporal y atemporal de sus imaginarios. Son personajes por los cuales se hace visible la narrativa atravesada por la ciudad cuando asume los laberintos donde se tejen y destejen sus historias, la piel de sus anhelos y abruptos.

Hoy, un día de un mes del año 2019 parado bajo el arco que sobre la esquina de La Oriental con La Playa forma la pata del Edificio Vicente Uribe Rendón antes de plantarse como la extremidad de un mítico animal que acecha el suceder de la ciudad, parado, esperando el cambio del semáforo peatonal, vuelvo a sentir el ruido y la contaminación que se aúnan en este punto de la ciudad y el pesado tráfico que lo cruza, empero, con todo lo que esto significa, sé que en muchas ocasiones cruzar esta vía ha significado para mí acceder a los misterios que la ciudad me ha entregado y entrega. También a sus cansancios y silencios.

Hay quienes dicen que en las luces de ciertos instantes de la tarde, a eso de las seis, cuando estas dan sobre una esquina de la ciudad, o se hunden en un árbol o en la fachada de un edificio, un atento habitante puede encontrar el suficiente esclarecimiento para descifrar el devenir del universo, puede ser, otros creen haberlo encontrado en el agua que corre en un río. En algunos de sus instantes, la ciudad nos deja esclarecer la entraña de su realidad, de su otredad, entonces recorrerla como si fuera la primera vez, sin importar parecer un extraño, nos permite aprehender los súbitos reveladores que la hacen y la dejan ver en sus inagotables ritmos, gestos y facciones. En Medellín los poetas y los artistas hemos encontrado que esos súbitos que la alientan se mantienen en ella por las montañas que la rodean, formando el nido desde donde esta emprende sus vuelos de Fénix resurgida.

En una carta que el 29 de junio de 1960 le escribió Fernando González al poeta Alberto Escobar Ángel le dice que: “Todo es símbolo para el trashumante”. Así la ciudad aferrándose y soltándose en los indicios que la entrañan y revelan.
Contacto:om.castillo58@gmail.com

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