Jaime Posada (1924-2019), un académico de tiempo completo

De Jaime Posada Díaz, uno de los intelectuales más prestigiosos del país en las últimas décadas, conmemoramos este dos de julio el segundo aniversario de su muerte en 2019, o sea, dos años antes de celebrarse, en mayo pasado, el sesquicentenario de la Academia Colombiana de la Lengua (1771-2021), institución que él presidió hasta el último día de su vida.

En homenaje a su memoria, el escritor risaraldense y miembro correspondiente de dicha Academia, Jorge Emilio Sierra Montoya, incluyó su biografía en el libro “Tres Grandes Académicos de la Lengua -Jaime Posada, Otto Morales Benítez y José Consuegra Higgins-”, publicado recientemente en Amazon para conmemorar la citada celebración del sesquicentenario.

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Posada (1924-2019)
Un académico de tiempo completo

 

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

En 1985, Jaime Posada Díaz recibió los títulos que lo acreditaban como académico de primera categoría, en las academias colombianas de Historia y de la Lengua, donde disertó, en sus respectivos actos de posesión, sobre el ex presidente Alberto Lleras Camargo y el ensayista Baldomero Sanín Cano.

 

Academia de la Lengua

 

Para ser miembro correspondiente en la Academia de la Lengua, fue postulado, entre otras personalidades, por monseñor Rafael Gómez Hoyos, en consideración de su trayectoria como crítico literario desde cuando dirigía el suplemento cultural Lecturas Dominicales del diario “El Tiempo”, así como por sus libros ya publicados, sin olvidar su reconocido prestigio como hombre de letras que ejercía el periodismo en el marco de los más caros valores intelectuales.

Tres años después, pasó a ser individuo numerario, honor que sólo alcanza un pequeño y selecto grupo de miembros igual al número de letras en el abecedario de la lengua castellana. A él le correspondió la letra G, cuya silla, dejada vacante por Rafael Torres Quintero al fallecer, fue ocupada, entre los fundadores de la Academia, por Santiago Pérez, una de las figuras que más le atraían como pensador, ideólogo del partido liberal, presidente de la república en tiempos del Radicalismo, ensayista, educador y formador de juventudes.

Precisamente sobre Santiago Pérez giró entonces su disertación que siguió a la de Gómez Hoyos, quien le dio la bienvenida. En consecuencia, recorrió su extraordinaria parábola vital, aquella que se cerró en forma trágica, dolorosa, en medio de la pobreza en París, luego de sufrir el destierro de que fue víctima por la persecución política que Miguel Antonio Caro desató en su contra.

Al poco tiempo de ser miembro de Número, asumió como subdirector de la corporación, cuando ésta era presidida por Antonio Álvarez Restrepo -quien reemplazó al padre Manuel Briceño Jáuregui tras su muerte sorpresiva-, a cuyo lado continuó su labor directiva, de inmediato colaborador, hasta 1993, cuando fue elegido Director.

Así alcanzaba la mayor realización a que puede aspirar un intelectual de su estirpe.

 

Plan de trabajo

 

Desde su posesión como Director de la Academia Colombiana de la Lengua, Jaime Posada presentó su plan de trabajo a través de diversos programas que tenían como principal objetivo la defensa del idioma por todo lo que representa para la cultura y la vida misma de los pueblos.

En cabal desarrollo de la función principal de tales instituciones en el mundo, fomentó la lectura, pilar por excelencia de la formación educativa y cultural, con la permanente promoción del libro a partir de “Don Quijote de La Mancha”, obra maestra de la literatura castellana.

Rendía culto, además, a la tradición, a la historia, que son nuestras raíces, pero sin quedarse en el pasado. No. Él apostaba también al futuro, a las tendencias avanzadas del pensamiento contemporáneo, como el proceso acelerado de la integración económica en plena globalización, donde nuestro idioma debería jugar un rol fundamental, lejos de ser arrasado por la influencia creciente y apabullante del inglés.

Por tal motivo, se crearon comisiones especializadas, vinculando a destacados representantes de la literatura, la poesía, el teatro, el periodismo y la economía, al tiempo que se fortaleció el núcleo de lingüistas, expertos en abordar los tecnicismos de moda.

E integración, como es lógico, con el resto de las academias, en especial sus similares de España y América, aunque en plano de igualdad, de trabajo complementario y en contra de la dependencia que antes existía frente a la Real Academia Española como reflejo quizás del colonialismo que durante varios siglos sucedió al descubrimiento del Nuevo Mundo.

Proyectos a granel

 

Integración, por lo demás, alrededor de proyectos como los llamados “panhispánicos”, fruto de la cooperación entre academias a través de sus delegados; la elaboración de una “Gramática de la Lengua Española”, con su respectivo manual, y nuevos diccionarios como el de Americanismos y el de Dudas, el Esencial y el Histórico de la Lengua Española.

Como si lo anterior fuera poco, otro proyecto sobre ortografía, dando la debida importancia a un tema que tiene hondo significado histórico, cultural, incluso por el origen etimológico de las palabras, a pesar de lo dicho en su contra por escritores  tan connotados como Gabriel García Márquez, nuestro Nobel de Literatura.

En tales proyectos –observaba, satisfecho-, la Academia Colombiana de la Lengua había tenido amplia participación.

Colegio Máximo de Academias

 

Pero, hubo un proyecto al que Jaime Posada dedicó su mayor interés desde un principio, haciendo realidad la vieja idea del profesor Luis López de Mesa: el Colegio Máximo de las Academias Colombianas, donde académicos de diversas disciplinas se reúnen en torno a propósitos comunes, solidarios.

En la última etapa de su vida, presidió dicha institución, donde cumplió múltiples tareas que él mismo señalaba, a modo de balance: redacción de documentos sobre políticas básicas, como principios, estatutos y carta de navegación; creación del Consejo Directivo, al que pertenecían, por derecho propio, los presidentes de las academias afiliadas, y reuniones mensuales en las sedes de cada academia, donde se presentaban informes de labores que a fin de año se compilaban, fuera de dictarse en cada sesión una conferencia especializada.

Por esto, se fomentaba la especialización, no para separar las distintas formas de conocimiento y la cultura sino para acercarlas y descubrir sus puntos de contacto más que sus diferencias, como si se intentara hacer realidad el sueño de Descartes sobre la ciencia universal, inspirado en el árbol de las ciencias concebido por los pensadores medievales. Y claro, todos a una quisieron, desde entonces, contribuir al desarrollo del país.

 

No contento con lo anterior, con una tarea que por momentos parecía quijotesca o utópica, se propusieron tareas como la Moderna Expedición de la Ciencia, la Cultura y el Pensamiento, que pretendía seguir las huellas de movimientos científicos e intelectuales como la Expedición Botánica y la Comisión Corográfica, nada menos.

Ideas al servicio del bien común, en definitiva. Que confirmaban, por enésima vez, su espíritu conciliador y
congregante, el mismo que le permitió sacar adelante la integración universitaria como fundador y director de la Asociación Colombiana de Universidades -ASCUN- en 1957.

“Es un estilo muy personal, que tiene mucho que ver con mi temperamento”, declaraba al calificar esta manera de ser como algo positivo y conveniente en un medio donde suele imponerse la intolerancia, causa de los conflictos internos que todavía padecemos.

 

Espejo retrovisor

 

Al final de sus días aceptaba, con dolor, que las ideas carecían del poder de antes, sobre todo en la política, cuyo deterioro llegó a cuestionar en el Senado de la República durante el homenaje que le rindieron, en el cual urgió el regreso a la auténtica actividad proselitista, de profunda raigambre ideológica, como la que se manifiesta en las páginas de su libro sobre la trayectoria del pensamiento liberal en Colombia desde el siglo XVIII hasta fines del siglo pasado.

En cuanto al fascinante mundo de las letras, no era tan crítico o escéptico. Al contrario, celebraba que se mantuviera un nivel sobresaliente en la creación literaria, con figuras representativas que al fin se dedicaron por completo al oficio de escribir, alejándose por ello de la vida pública para consagrarse a la novela, el ensayo, la poesía, etc., fruto -anotaba- de la especialización propia de los tiempos que corren.

Acaso -observaba- se perdió el encanto, algo idealista, de los escritores de antaño, quienes llegaban a las más altas posiciones del Estado por sus méritos y el reconocimiento que se les hacía por su enorme contribución al desarrollo de la cultura, la cual parecía haber sido relegada en los asuntos prioritarios, decisivos, de la vida nacional.

“Pero -añadía con ánimo conciliador-, la actividad intelectual continúa en auge, como en sus mejores
tiempos”.

 

Obras Completas

 

En la etapa final de su vida, se dedicó por completo al trabajo literario, a escribir más y más libros que fueron conformando la amplia producción bibliográfica que empezó en sus años mozos, juveniles, cuando apenas tenía dos décadas encima.

Su generación fue posterior a la de Los Nuevos, apareciendo, en los años cuarenta, sus primeras publicaciones en que combatía los regímenes totalitarios, de izquierda y derecha, que pretendieron arrasar con la cultura occidental en la Segunda Guerra Mundial, fenómeno que lo marcó tanto como la bomba atómica que le puso punto final con la victoria de los países aliados.

“La Democracia Liberal” fue su libro primigenio, al que siguió “La Revolución Democrática” -ambos publicados por la editorial Espiral, de Clemente Airó (1918-1975)), una serie de ensayos sobre historia política, línea que mantuvo en los años posteriores, como lo demuestra también su citado estudio sobre Lleras Camargo.

De igual manera, los temas educativos fueron objeto de su reflexión permanente, según lo confirman sus Memorias del Ministerio de Educación y “La Revolución de las Escuelas”, eco de la revolución educativa perseguida desde su adolescencia, o el libro titulado “Educación, Democracia y País”, donde expone sus hondas convicciones no solo sobre la formación escolar sino sobre sus firmes convicciones como demócrata con hondo sentido patriótico.

 

O su libro sobre Juan Pablo II, que sigue las orientaciones sociales trazadas por la iglesia católica desde la encíclica Rerum Novarum, o el que dedicó a escritores nacionales, con presentaciones tanto individuales como de movimientos literarios, desde Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo hasta su propia generación.

El Instituto Caro y Cuervo publicó el primer tomo de sus Obras Completas, estando pendiente la continuación que incluiría sus nuevos trabajos, como “La odisea del pueblo colombiano y su libertad”, a los que se entregaba con fervor, durante los fines de semana, cuando la Universidad de América, de la que fue fundador, presidente y rector, se lo permitía.

“Mientras tenga vida, hay que escribir”, decía.

 

Colofón

 

“Es que uno se mantiene vivo por el oficio. Si hubiera dejado de hacerlo, de trabajar sin descanso, estaría en silla de ruedas”, agregaba en su estudio privado en Bogotá, rodeado por libros suyos y de sus amigos, por fotos históricas con algunas de las personalidades nacionales y mundiales más sobresalientes del último siglo, por archivos que no dejaba de consultar y por múltiples diplomas que lo exaltaban en justo reconocimiento.

Y que aún exaltan al hombre de letras, escritor, periodista, académico, líder universitario, diplomático y político, algunas de sus múltiples facetas en una vida meritoria y prolongada que el 2 de julio de 2019, a pocos años de celebrar el centenario, llegaría a su fin.

Con razón, él se sentía realizado, sin frustraciones ni nada que lamentar en el fascinante mundo intelectual al que consagró su existencia.

(*) Escritor y periodista. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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