Jaime Posada: A la sombra del poder

Jorge Emilio Sierra Montoya*

En 2007, la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN) publicó mi libro “Jaime Posada: El poder de las ideas”, cuyo primer capítulo aborda los inicios de su formación intelectual y política, claves para entender su posterior ascenso en la vida pública del país, donde se destacó como ministro de Educación, rector universitario, congresista, diplomático, escritor, periodista y, en sus últimos años, director de la Academia Colombiana de la Lengua, cargo que ejercía al fallecer el pasado dos de julio en Bogotá.

En homenaje a su memoria, se publican a continuación los principales apartes de ese capítulo. 

 

Los desfiles de Olaya

Desde una vieja casona en el centro de Bogotá, donde su familia residía tras emigrar de El Socorro en Santander (cuna del Movimiento Comunero, precursor de la independencia), Jaime Posada, con solo siete años de edad, miraba los desfiles militares en los patios de la Casa de Nariño, sede de la Presidencia de la República.

Eran entonces los comienzos de la anterior década del treinta, cuando recién empezaba la República Liberal que sucedió a la prolongada Hegemonía Conservadora, aquella que se extendiera desde principios del siglo veinte.

El niño se extasiaba con las marchas solemnes, estruendosas y acompasadas, del Batallón Guardia Presidencial, sobre todo cuando se trataba de las ceremonias especiales que iban hasta el Capitolio y la Plaza de Bolívar, en las que el presidente Enrique Olaya Herrera era la figura central, protagónica, con la majestad propia del poder.

En realidad, ante los inquietos ojos infantiles el máximo gobernante aparecía como un personaje imponente, solemne en grado sumo, imagen que desde entonces permanecería en su memoria, asociada también con la del poder, particularmente el poder político, que a él mismo lo habría de seducir con el paso del tiempo.

 

El mundo espiritual

Esa no fue, sin embargo, la única imagen que se le grabó en su infancia. No. Hay otra de enorme impacto, asociada esta vez a su abuela paterna, Virginia Zárate de Posada, quien lo llevaba de la mano a recorrer las bellas iglesias coloniales del barrio La Candelaria, desde la soberbia Catedral y su pequeña vecina de El Sagrario hasta San Agustín y La Concepción, pasando por Santa Inés, hoy desaparecida.

Esto era tanto o más solemne que los desfiles presidenciales, ahora con un poder mayor, relacionado con la trascendencia divina, y que se expresaba en altares de oro, relucientes, frente a los cuales todos los feligreses, sin excepción, caían de rodillas.

Acaso ahí, por influencia de su abuela, Jaime Posada sintió una fuerte atracción por el mundo religioso, espiritual, que habría de acompañarlo por el resto de su vida, al igual que la actividad política, concebida siempre en su mejor sentido, al servicio del bien común, siguiendo el camino trazado por la Doctrina Social de la Iglesia Católica desde sus orígenes, a fines del siglo XIX.

Al menos en su caso, el poder político y el religioso iban de la mano, unidos por sólidos principios éticos y morales.

 

Periodista en ciernes

La familia se había trasladado a Bogotá en 1928, cuando a su padre, Francisco Posada Zárate, lo nombraron, “para un cargo importante”, en la Corte Suprema de Justicia, como reconocimiento al prestigioso intelectual, periodista y abogado, experto en derecho laboral, que era este lejano descendiente de don Vicente Azuero, uno de los más cercanos colaboradores del general Francisco de Paula Santander.

La figura paterna fue decisiva, por tanto, en sus primeros años de formación, no solo a través de una amplia biblioteca que le permitió acercarse, desde temprana edad, al mundo de los libros, de la historia y la literatura, sino por la actividad periodística de quien fuera colaborador, más allá de su condición de jurista, en “Lecturas Dominicales”, del diario “El Tiempo”, suplemento dirigido por Jaime Barrera Parra, otro connotado escritor santandereano.

No es de extrañar, entonces, que Jaime Posada mostrara luego, cuando cursaba estudios de bachillerato en el Externado Camilo Torres de Bogotá, un interés particular por las letras y el periodismo, como miembro del centro literario o como director del periódico escolar, el cual había nacido como una simple hoja de papel escrita a máquina, puesta sobre la cartelera que sus profesores y condiscípulos repasaban sorprendidos, admirados, en las horas de recreo.

Entre sus maestros, a propósito, se contaban el rector, José María Restrepo Millán, célebre latinista, y José Manuel Rivas Sacconi, quien años después asumió la dirección del Instituto Caro y Cuervo. La docencia, en fin, estaba en manos de los más prestigiosos intelectuales del momento, a quienes veía en su adolescencia como modelos de vida.

 

Líder estudiantil

Pero, el imberbe muchacho no tardó en reemplazar la página impresa por un periódico, y la cartelera, colgada en la pared, por más y más centros educativos de la capital, donde se repartían, hacia 1943, las modestas ediciones de “Ideario”, del que su director era él, Jaime Posada, quien logró formar una completa red de corresponsales y colaboradores en colegios y universidades, ganando popularidad y prestigio.

Redactaba textos, corregía pruebas, estaba al frente de la armada en aquellas imprentas primitivas a las que aún no había llegado el milagro de los linotipos con lingotes y galeras, y hacía las veces de promotor, distribuidor y vendedor del periódico, del que era -según proclamaba con orgullo- su máximo directivo.

Así había nacido el periodista, mientras el líder estudiantil, lanzado a la arena política, empezaba a abrirse paso. Su acercamiento a los círculos de poder era cada vez mayor, fruto de sus actividades literarias, periodísticas y partidistas (en nombre, sí, del partido liberal, siendo fiel a la filiación paterna), lejos de imaginar el brillante futuro que le esperaba.

Y como en América Latina se extendía, desde los años veinte, un movimiento estudiantil promovido por personalidades como Germán Arciniegas, cuya obra “El estudiante de la mesa redonda” era su libro de cabecera, la labor proselitista, incluso en las plazas pública, se desató en un abrir y cerrar de ojos, con el correspondiente entusiasmo juvenil, confiado en realizar sus sueños de profunda transformación social.

 

El golpe a López

Jaime Posada fue escogido, en virtud de sus merecimientos, como representante de los colegios de bachillerato en la Federación Nacional de Estudiantes, organismo integrado en su mayoría por universitarios, ansiosos por sacar adelante la revolución educativa que se venía impulsado desde décadas atrás a lo largo y ancho del continente a partir del movimiento estudiantil originado en Córdoba (Argentina).

Buscaba, entonces, asumir un auténtico liderazgo político, en nombre de las juventudes liberales. No faltaba sino la oportunidad histórica de dar rienda suelta a sus aspiraciones. Y esa oportunidad se le presentó, por fortuna.

En efecto, el diez de julio de 1944, durante el segundo mandato presidencial de Alfonso López Pumarejo, éste fue víctima de un intento de golpe de Estado, a manos de un militar de menor rango (el coronel Gil, por más señas), en Pasto, donde el primer mandatario fue detenido por un pequeño grupo de rebeldes.

La consternación en el país fue total. Pero, en igual forma hubo plena solidaridad con el gobernante, con las instituciones democráticas, volcándose las gentes a las calles para respaldar al régimen.

Salieron los obreros, cuyos sindicatos eran partidarios de la Revolución en Marcha de López, y a su lado, en férrea alianza, marchaban los estudiantes convocados por su Federación, en la que Jaime Posada ocupaba puesto de honor.

Jefes en acción

El ex presidente Eduardo Santos, por su parte, regresó de inmediato al país, proveniente de Europa, para dejar constancia de su apoyo al gobierno que lo había sucedido, al tiempo que Darío Echandía, presidente encargado, ejercía a cabalidad sus funciones, y Alberto Lleras Camargo, con su voz cautivadora, a través de la Radiodifusora Nacional convencía a los colombianos de marchar en defensa de la libertad, el orden constitucional y la voluntad popular expresada en las urnas.

A Santos precisamente se le brindó, en el fragor de los acontecimientos, una emotiva recepción al frente del Palacio de San Francisco, por la Avenida Jiménez, acto en el que Jaime Posada llevó la vocería de los estudiantes, de las juventudes liberales, sin haber cumplido la mayoría de edad.

Ahí conoció a Santos, claro está. Ahí empezó, mejor dicho, una intensa relación personal, como la de un padre con su hijo, que lo llevó a participar en la organización de la Secretaría de Juventudes Liberales y asumir un cargo directivo en la Dirección Liberal Nacional, como subsecretario, de nuevo en representación de los jóvenes de su partido.

Al centro del poder

En las circunstancias descritas, su camino parecía trazado de antemano: estar en el centro del poder, del poder político y la vida pública, con el poder intelectual, de las ideas, para librar sus batallas que por cierto no serían pocas.

Adelantar, a continuación, estudios de Derecho, era un paso obligado.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua

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