Hasta principios del siglo XXI la Fonda de Cerritos, ubicada en el cruce hacia La Virginia, atendió a los viajeros que recorrían la concurrida ruta hacia los Valles del Cauca y Risaralda. Don Ramón Correa había instalado ese negocio en una vieja y amplia casona, en cercanías del antiguo poblado indígena de Pindaná de los Cerrillos, a su muerte le sucedió su hijo Bernardo Correa Bernal, un hombre corpulento y afable que nació en la fonda y vivió en ella durante toda su vida.
Cerritos fue una fonda de leyenda con fuegos fatuos y aparecidos. Los guaqueros decían que la casona estaba sobre un antiguo cementerio Quimbaya y que alrededor se percibía el hálito de la desaparecida aldea de Pindaná de los Cerrillos.
Don Bernardo Correa fue testigo de la transformación del camino de trocha de tremedales y rodeada de monte cerrado pasó a carretera polvorienta; luego en vía pavimentada, para convertirse a fines del siglo veinte en amplia avenida de cuatro carriles. Don Bernardo recuerda que la trocha carreteable se empezó con convites y poca ayuda oficial. Los beneficiados regalaron los predios para el ensanche y con el liderazgo de José Sanint y Manuel Mejía Robledo, los hacendados reunieron peones y capataces para explanar el terreno y llevar recuas con material de afirmado.
El tráfico de la vía fue creciendo al ritmo del desarrollo de Pereira y de acuerdo con el flujo de las exportaciones por el Pacífico. Don Sinforoso Ocampo, notable personaje caldense, admirado por el movimiento de la carretera, la bautizó la Calle Real de Colombia.




