La muerte del pensamiento crítico

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Franco Berardi es un escritor y filósofo italiano, catedrático de la universidad de Bolonia, un pensador comprometido en examinar los modos cómo la revolución informática condiciona o determina los cambios culturales en las distintas formaciones económico – sociales de corte capitalista. Ha acuñado términos tales como “semiocapitalismo” para referirse al mercado de signos, símbolos y sentidos en este régimen productivo al igual que el predomino de fuerzas disolventes, voraces y mortíferas (“necrocapitalismo”) al interior de él. Berardi es pesimista ante la forma como transcurre nuestro presente histórico: depresivo, impotente, neoliberal, globalizante, conflictivo y fascistizado.

 

“Nos sentimos atrapados en una maraña de automatismos tecnolingüísticos: finanzas, competencia global, escalada militarista”, afirma “Bifo”. Él confía en la conexión solidaria de los trabajadores del conocimiento a escala global, como sucedió hace más de un siglo con el proletariado industrial. Esto podría dar lugar a un nuevo sujeto de la historia, hipótesis que plantea en su obra “Futurabilidad. La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad” (2017). Este pensador de corte gramsciano, gestor de proyectos colectivos que incubó en el “Mayo francés del 68, le apuesta a una plataforma tecnológica cooperativa que agrupe a ingenieros, artistas, ‘hackers’, científicos, activistas e intelectuales.

 

Unos cuantos pioneros de paradigmas, se impusieron como los héroes victoriosos de la “Modernidad tardía”. Ellos se encargaron de saquear y destruir al mundo, devastar el eco – socio – sistema y empobrecer a la clase trabajadora empujando “a la mayor parte de las nuevas generaciones hacia el infierno de la precariedad, la soledad y la depresión epidémica”. Lejos de una simple invectiva, Berardi abriga la esperanza de aferrarse en esta época oscurantista, a crear solidaridad entre los los trabajadores cognitivos del mundo y construir una plataforma de reciprocidad y colaboración <tecnopoética> (poietica: creativa) que nos permita liberar el conocimiento de los dogmas religiosos y económicos”.

 

A esa nueva clase revolucionaria le da el nombre de “cognitariado”. Berardi advierte en su “Fenomenología del fin” (2014), más allá del imperio de los “fakes news (noticias falsas)”, sobre la muerte del pensamiento crítico a manos de un neoliberalismo obtuso y depredador que, a lo largo de 30 años ha desencadenado una irracionalidad desenfrenada que ha vulnerado y violentado de lo que él llama la “mente social o inteligencia colectiva”. El pensamiento crítico, según el pensador boloñés, hace referencia a esa habilidad actitudinal de analizar, argumentar y aplicar una lógica dialéctica, diferenciadora, disruptiva y contextualizadora sobre los conocimientos, vivencias y procesos vitales.

 

En una época como ésta, cuando la ciencia, la tecnología y el sentido pragmático de la vida lo dominan todo, se plantea que el pensamiento crítico permitiría construir una mente abierta a la diversidad del mundo. Pero, surge una advertencia: si las escuelas se rigen sólo por esa visión utilitarista y se convierten en fábricas academicistas y factorías creadoras de empleos y competitividad, no de competencias intra e interpersonales personas y, a su vez, no formadoras de seres pensantes, en un futuro no muy lejano la manipulación y enajenación mental, la pérdida de capital cultural y la sustitución del ciudadano por el de un simple consumidor, serán consecuencias inexorables con costos letales.

 

El actual contexto cultural digital supone un foco de alienación que fomenta más la cultura facilista del aquí y ahora, que la del riesgoso e incierto razonamiento crítico y reflexivo. El pensamiento crítico ha permitido a personas, grupos, instituciones, empresas o comunidades, en ciertos momentos de la historia, salir de la barbarie, la opresión o la estulticia. Tuvo que adoptarse como practica consuetudinaria para vencer distintas formas manifiestas o veladas de resistencia al cambio. Hoy día, en muchos escenarios de la vida política y social, se ha regresado al oscurantismo maniqueo y a la enajenación mediática donde el mundo tecnocrático expulsó esa forma “peligrosa” de pensar.

 

El nuevo pensamiento crítico debe surgir desde la diversidad cultural y de las historias locales. Éste surge y se consolida cuando comenzamos a vernos con nuestros propios ojos y superar así, los estrechos márgenes impuestos por una visión totalizadora, objetivante y excluyente de la modernidad, para indagar en otros saberes, prácticas y sujetos; en otras alternatividades propias del orden imperante. Surge y se consolida cuando él demuestra que tiene la capacidad ética, política e intelectual de responder al reto de contribuir con saberes y prácticas alterativas a una sociedad equitativa, incluyente y democrática, y a un modelo de vida sostenible para los miembros de una comunidad determinada.

 

El pensamiento crítico debe (des –re) aprender a visualizar las posibilidades de superar contradicciones, separaciones, tensiones intersubjetivas, pseudoconcepciones, relaciones de poder y de intercambio desigual, alianzas que esconden la exclusión bajo el disfraz del reconocimiento y la aceptación incluyentes. Los enemigos del pensamiento crítico y la conciencia social son el conformismo, la pasividad, la indolencia, el estoicismo y el silencio cómplice frente a una realidad injusta, opresiva y deshumanizante, agenciados por académicos, intelectuales y gestores culturales, anclados en el pasado, sordos a la realidad que viven sus comunidades y prestos al llamado de la venalidad y la autocracia.

 

La única manera de transformar la catástrofe presente consiste en construir nuevos imaginarios de lo posible. Lo posible es muy distinto a lo probable. Lo probable podría ser el fascismo, que va ganando su sitial político. Pero lo posible sigue existiendo en el interior de nuestras realidades catastróficas. En su “Dialéctica de la ilustración” (1947), Theodor Adorno y Max Horkheimer afirman que la razón ilustrada tiene que ser consciente de la oscuridad que tiene en sí misma. Si no toma conciencia de ello, esa oscuridad será explotada por los enemigos de la razón. La razón se ha transformado en un algoritmo, en la inevitable lógica de un dominio frío y matemático sobre la vida de los seres humanos.

la razón política ha sido incapaz de cuestionar, problematizar y enfrentar este peligro y trascenderlo. En estas condiciones de postración y enajenación mental, de obsesiones paranoicas y maniaco depresivas, no se puede reivindicar la razón: hay que apelar al discurso del absurdo y la locura para reestablecer la posibilidad de reinventar una nueva dimensión de la racionalidad. ¿Y dónde encontraríamos esa potencialidad capaz de transformar esta locura y darle una nueva opción a la posibilidad racional? Se hallaría en el cerebro de centenares de millones de trabajadores cognitivos. El nuevo lema, según Franco Berardi sería pués: “¡Cognitarios de todo el mundo… Uníos!”.

La única salida, según Franco Berardi, estaría en un uso equitativo, racional y funcional desde el punto de vista social, de la tecnología puesta al servicio de una revolución educativa (no lo contrario). Esto permitiría darle el impulso recóndito del vuelo a una desimbricación del conocimiento y la tecnología y una repotencialización de las fuerzas psíquicas, políticas y sociales que dinamizarían los cambios al interior de una comunidad determinada. El capital financiero y voraz a la par con la tecnología digital ha engendrado un automatismo dictatorial y objetivador de corte tecnocultural, lejos de cualquier interés comunitario y democrático y de cualquier afán de equidad y justicia social.

 

El futuro político no se plantea en términos de derecha o izquierda. El futuro no se decidirá en términos de democracia o voluntad políticas, sino en materia de inteligencia y pedagogía sociales. Los futuribles se medirán en la dimensión de lo educativo que dinamizará procesos críticos, creativos e innovacionales, lo que conjugará, a su vez, diversos componentes, entre ellos el psíquico, lingüístico y tecnológico. Franco Berardi comparte con Gilles Deleuze y Félix Guattari el rol protagónico que tendrán los estudios filosóficos a través de sus distintas maneras de “capturar mentalmente el mundo, transformar el caos en algo comprensible y fundar la conciencia ética”.

 

Este ingeniero espiritual sigue construyendo “puentes sobre el abismo del no ser, del sinsentido”, uniendo los mundos abisales de la utopía y la incertidumbre con los parajes inhóspitos del caos y el no ser. Franco Berardi concluye: “Las utopías de la modernidad se fundaron sobre la exaltación testosterónica de la juventud (…). Nuestra fuerza ya no puede basarse en el ímpetu juvenil, la agresividad masculina, la batalla, la victoria o la apropiación violenta, sino en el gozo de la cooperación y el compartir. Reestructurar el campo del deseo, cambiar el orden de nuestras expectativas, redefinir la riqueza, es tal vez la más importante de todas las transformaciones sociales”.

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