Los indígenas del sur en las guerras de independencia

Jairo Arango Gaviria

“No es de extrañar, entonces, que en los tiempos revueltos de la independencia, puestos ante la disyuntiva de escoger entre sus opresores criollos que acaudillaban la revolución en su favor, los indígenas hubiesen optado por el partido realista”. BanRepública, Jairo Gutiérrez R.

 

Desde tiempos ancestrales, las comunidades indígenas, siempre han optado por seguir dirigentes que mejor representen sus intereses. Siendo el sur del país, un territorio de mayorías indígenas, durante la independencia, prefirieron apoyar el ejército realista, y cuando optaron por el lado de los patriotas, lo hicieron bajo amenazas de muerte para ellos y sus familias.

 

Durante el período 1809-1824, fueron los 21 pueblos cercanos a Pasto, los que mayor resistencia opusieron al ejército patriota. Los indígenas del sur tienen a su haber victorias significativas sobre los criollos; en Ibarra derrotaron a Bolívar; y en Barbacoas al coronel Tomás Cipriano de Mosquera. Al frente de los indígenas se encontraba el indio Agustín Agualongo, quien había sido exaltado al rango de general de los ejércitos del rey Fernando VII. Esto ocurrió en 1823, cuando todo el reino de Granada, estaba en manos de los patriotas.

 

Agualongo

José Agustín Agualongo Cisneros (San Juan Pasto -1780; Popayán -1824) Bautizado en la fe católica, sus estudios se limitan a saber leer y escribir y el arte de la pintura en Oleo. En eta época, Pasto era una comunidad entre 20.000 y  30.0000 habitantes, de los cuales los 58% indígenas, y el 42% blancos, negros y mestizos. Pasto está ubicada, en una ruta obligada entre Santa Fe, Popayán y Quito. Denominada la Puerta del Sur, de los bandos (Realistas y Patriotas), tenían claro que quien dominara Pasto, controlaría las vías de Nueva Granada y Perú. Sobre su ubicación estratégica, escribe el historiador Carlos Navarro Lamarca:

 

“Surcadas por los ríos Guaytara y Juanambú, entre los que se levanta el inmenso y barrancoso, como truncado el volcán de Pasto, habían sucumbido durante varios años los ejércitos invasores. Contra estas formidables barreras y contra la fuerza moral de los pastusos, que combatían a los patriotas como a herejes y defendían contra ellos su fe y sus hogares, se habían estrellado los arrestos de los caudillos revolucionarios”.

 

Varias y sangrientas fueron las tomas de Pasto, por parte de los dos ejércitos enfrentados, durante 1809-1824, no obstante la ciudad aunque terminaba saqueada y diezmada su población, siempre renacía de las cenizas,  dispuesta a defender sus creencias religiosas, su lealtad hacia el Rey Fernando VII, y su territorio, que aunque poblado por diferentes etnias, mestizos y blancos, era el espacio que protegían de invasores que a toda costa querían despojarlos y someterlos a formas de vida, la cuales se resistían a compartir. Era su espacio, y por él lucharon hasta morir.

 

Agualongo empezó su carrera militar en el ejército del rey. Siempre fue leal a su majestad, a diferencia de muchos de los generales patriotas, que como José María Obando, cambiaba de bando de acuerdo con los circunstancias de favorabilidad personal. Agualongo se mantuvo firme a sus creencias, lo que le permitió escalar diferentes rangos, hasta obtener el de Brigadier General, único en América, asignado por el rey a un indígena de la Nueva Granada.

 

Cuando el presidente de Cundinamarca Antonio Nariño, emprendió en 1813 la campaña del sur, Agualongo participó en su derrota de Nariño, que había sido diezmado por las guerrillas indígenas; es herido y abandonado por su ejército que lo cree muerto; fue apresado y trasladado a Pasto.

 

En la cúspide de su carrera, ejerce como ayudante del Virrey Sámano, siendo un hombre de inquebrantable lealtad, Agualongo es capturado tras la derrota realista en Pichincha a cargo del general patriota Antonio José Sucre.

 

El tiempo que pasó preso no fue mucho. Logró fugarse en compañía del coronel realista Benito R. Boves, y entre los levantaron la insurrección de pasto en 1822.

 

La reacción de Bolívar fue inmediata y decisiva, tal como quedó consignada en una carta que le enviara al general Santander: “Los pastusos deben ser aniquilados y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando a aquel país una colonia militar. De otro modo, Colombia se acordará de los pastusos cuando el menor alboroto, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque  demasiado merecidos”.

En 1823, el general Agualongo retoma la ciudad de Pasto, arma un ejército y entra victorioso a Ibarra, donde en poco tiempo es derrotado por Bolívar. Regresa a Pasto, para hacer frente al reorganizado ejército patriota que ya veían en Agualongo un fuerte adversario.

Santander le ofrece a Agualongo, firmar la paz, pero este la rechaza replegándose con su ejército de guerrillas en las montañas, desde donde trataba de regresar a Pasto, en un último intento en 1824. Derrotado por el coronel Mosquera, durante un enfrentamiento, Agualongo fue herido en una pierna, y Mosquera recibió un balazo en la mandíbula, siendo desde entonces llamado mascachochas. Apresado por Obando, cuando huía hacia Tumaco, le fue ofrecido que se le respetaría la vida a cambio de que jurara obediencia al nuevo gobierno de la Nueva Granada, la cual rechazó con un rotundo no, siendo fusilado el 13 de julio de 1824.

 

Sucre masacra a los pastusos

De las muchas de las masacres ocasionadas al pueblo de Pasto, es memorable la acontecida el 28 de diciembre de 1822, por el ejército de Bolívar a cargo del mariscal Antonio José de Sucre, a una población indefensa, indignada y sometida. A la entrada a Pasto del ejército patriota, y concretamente del batallón rifles, comenta José Manuel Groot: “Las tropas irritadas con la obstinada guerra que les hacían los pastusos, saquearon la ciudad y el general Sucre hubo de permitírselo. Allí no hallaron casi gente, todos los hombres habían huido, no estaban sino las monjas, niños y algunas mujeres refugiadas en el convento”.

 

Escribió el general José María Obando: “No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; los templos llenos de refugiados fueron también asaltados y saqueados”.

 

Siendo el sur, mayormente poblado por indígenas, durante las guerras de independencia, optaron voluntariamente en su gran mayoría por adherir al ejército realista, quienes no estaban interesados en acabar los resguardos, que era una de las premisas más importantes que querían difundir. Al tener tranquilidad de poder mantener los resguardos, los indígenas sintieron la necesidad de acrecentar la fe y de paso ayudar a los realistas en su carrera por mantener la soberanía de Fernando VII, hasta tal punto de seguirlo defendiendo, a pesar de no saber que el rey había dejado de serlo en España. Inclusiva hoy los pastusos no sienten, ni tienen ningún interés de exaltar la figura de Bolívar.

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