Jorge Emilio Sierra Montoya (*)
Su egolatría era de fama. Y él, Gonzalo Uribe Mejía -Luis Yagarí, mejor dicho-, ni siquiera lo negaba. Al contrario, se ufanaba de ello, haciéndose propaganda a cada momento. Así, no había charla en la que dejara de considerarse un gran escritor e incluirse entre las personalidades más sobresalientes en toda la historia de nuestro Eje Cafetero. Es “un verdadero emperador”, según dijo Hernando Giraldo en entrevista que le hizo para El Espectador, donde proclamó, sin rodeos, que también era el mejor cronista del país, nada menos.
Pero, debemos admitir que los hechos parecen darle la razón: durante medio siglo fue cronista estrella del diario La Patria de Manizales (sólo comparable a Tomás Calderón -Mauricio- en su columna Minuto), y pertenecer a un selecto grupo de enorme peso intelectual, con nombres de primer orden en el país: Gilberto Alzate Avendaño, Aquilino Villegas, Fernando Londoño Londoño, Silvio Villegas y Antonio Álvarez Restrepo, destacados tanto en la política y la economía como en las letras, por lo cual suelen ser identificados, debido a su vasta cultura clásica, como grecocaldenses o, de manera despectiva, grecoquimbayas.
¡Cualquiera, en su caso, dejaría la modestia a un lado!
La tragedia del cronista
No obstante, cabe anotar que en sus charlas poco hablaba de sí mismo. Los datos sobre su propia vida eran mínimos, apenas suficientes para elaborar una breve nota periodística, de no ser por la ayuda de su esposa Helena, ayudante inseparable en asuntos de memoria, y por la entrega respectiva de un ejemplar de su libro “Jornadas”, publicado en la Imprenta Departamental de Caldas. En esta obra, una antología del cronista, hay ligeras alusiones autobiográficas, a modo de retrato: “Escribo siempre en yo mayor” o “Ellas (sus crónicas) están llenas de mí; las ocupo yo en masa”.
Por lo general, su citado egoísmo no aparece. De hecho, el protagonista de sus crónicas nunca es él, mientras su presencia, que se insinúa en la mayor parte de las páginas, es desplazada por los demás personajes o por las situaciones descritas.
¿Por qué? Porque a ese destino trágico están condenados los cronistas: su visión personal, aunque se impone en apariencia, sólo permite que el escritor fantasee, haga poesía, humor y se burle en cierta forma de la objetividad periodística, pero paga por ello el tributo de desaparecer él mismo para resaltar otras vidas.
El cronista, en fin, padece un terrible anonimato ante sus lectores, aunque escriba, como lo hace Yagarí, “en yo mayor”.
En el libro citado, Yagarí describe así el nacimiento de Sonsón, municipio antioqueño donde nacieron sus padres: Fue el grito clamoroso de los exploradores, quienes estaban buscando una serie de valles escondidos en la cordillera… “Suban a lo más alto del monte y digan si son o no”, les habían ordenado… De allá dieron el aviso con inmensa alegría: “¡Son! ¡Son!”
Dicho esto, pasaba a contar su
historia, vista a vuelo de pájaro
Su madre, Pastora Mejía Gutiérrez, era una niña, con apenas quince años de edad, cuando se casó con Laureano Uribe Martínez (su padre, claro), un apuesto caballero con 25 abriles, quien la había conquistado tras muchos esfuerzos, venciendo en franca lid a otros pretendientes que cortejaban a la bella jovencita.
Luego llegaron los viajes y, sobre todo, la colonización antioqueña del Viejo Caldas, a la cual se sumaron hasta llegar a tierras del Quindío, donde se asentaron para levantar a su familia.
Hagamos, pues, una rápida descripción de sus personajes: don Laureano era fuerte, musculoso, tanto que hacía gala en público de levantar “pesos increíbles” con facilidad, siendo, además, experto en el manejo del hacha, condición que obviamente fue perdiendo con el peso de los años. Trabajaba hasta el cansancio, como buen paisa.
Doña Pastora, por su parte, era la típica matrona antioqueña, hermosa y sencilla, piadosa y hogareña, a quien Yagarí describe en una de sus crónicas, al recordarla en los últimos días de su vida e incluso en su agonía, como una gran conversadora, quien hablaba con cariño, en el hogar, de sus tiempos juveniles, del tiempo que pasaron en Pereira (ciudad en la que nació Gonzalo) y de las penurias que soportaron en Calarcá, adonde fueron a parar cuando a él lo nombraron allá maestro de escuela.
Yagarí aseguraba, con nostalgia, que de ella heredó el don de conversar y narrar los sucesos, con su voz de locutor profesional, como si estuviera actuando en un teatro, para que los mudos espectadores, quienes en ningún caso pueden interrumpirle, vivan cuanto le sale del alma, de su desbordante imaginación.
“Mis crónicas fueron escritas para oírlas y leerlas en voz alta”, sentenciaba.
De pereira a calarcá
“De los pereiranos -afirmaba con ironía-, soy el único que sabe leer y escribir”. Y con esto se cierra la polémica: Yagarí es oriundo de Pereira y no, como aseguran muchos amigos suyos, de Calarcá (Quindío).
Sí, nació en La Perla del Otún a comienzos del siglo pasado, en 1903, cuando los Marulanda, fundadores del pueblo -“Pueblito no fue nunca”, aclaró-, aún se paseaban por sus calles con toda tranquilidad.
Lo de Calarcá -insistía-, vino después, cuando fue trasladado en el magisterio a la que llamaba su segunda patria chica, su nueva tierra natal, que entonces “era una Atenas en pequeño”. Desde un principio se sintió allí como en su casa, como si por fin hubiera hallado sus raíces, la memoria de sus ancestros.
Se sentía confiado y seguro de sí, en verdad. Al fin y al cabo en Pereira aprendió -confesaba- que en la vida hay que luchar, sin temor, para salir adelante, al tiempo que en Ibagué, donde estudió varios años en el Colegio San Simón, fundó y dirigió un periódico escolar a la edad de diez años, temprana edad a la que obtuvo medalla de oro en un concurso para escoger al mejor lector.
A Calarcá llegó, pues, con su amor al trabajo, la elegancia al vestir y su buen porte, además de algunos escritos y sus dones naturales de buen conversador y orador. Al poco tiempo gozaba de prestigio, figurando en los círculos sociales como un talentoso joven intelectual.
Ahí se terminó enamorando de una bella calarqueña: María Helena Palacio Echeverri, con quien se casó en medio de una pobreza aterradora, tanto que no tenía con qué pagar la ceremonia nupcial en la iglesia.
“No tenía -recordaba- los veinte pesos que costaba el casorio. Si mucho, unas cuantas monedas que no alcanzaban para pagarle un saludo al cura…”
“Con ella, ¡lo caso gratis!”
Por fortuna, el padre Naranjo, quien estaba al frente de la parroquia en aquel tiempo, no se dio por enterado cuando él le reveló, compungido, sus limitaciones económicas para contraer nupcias.
“Casándose usted con esa muchacha -le dijo el cura, señalando a Helenita-, ¡lo caso gratis!”. Así las cosas, Gonzalo Uribe no pudo menos que guardar sus denarios, pero prometiendo ante Dios que algún día, ojalá no lejano, saldaría su deuda.
La oportunidad tan esperada al fin se presentó, aunque en condiciones muy distintas: Yagarí, con su fama a cuestas como periodista de La Patria, había comprado una pequeña finca, situada por los lados del barrio La Francia, donde celebraría sus bodas de plata matrimoniales.
Para tan solemne ocasión, estaban presentes -según sus palabras- “todos los capitanes godos de Manizales, vestidos de azul”: Alzate Avendaño, Londoño Londoño, Silvio Villegas…
La fiesta estaba en su furor; Fernando Londoño le dio su bautizo poético a la casita campestre -“El sombrero de plumas del paisaje”, la llamó-, y los invitados desfilaban, uno tras otro, para felicitar a los felices esposos, soltando “Vivas” al partido conservador, al mejor cronista del país, al diario La Patria y a la literatura caldense.
De pronto, Yagarí pidió silencio. Se acercó al padre Naranjo, que estaba en primera fila; le dio un fuerte abrazo, se metió la mano al bolsillo, ante la mirada sorprendida del público, y le entregó un billete de veinte pesos, diciendo en voz alta, para que todos le oyeran: “¡Aquí tiene, padre, la plata que le debo!”.
De nuevo, por segunda vez, el sacerdote se salió con la suya. “¡Guárdeselos, hombre, que ahora es cuando más los necesita!”, fue su respuesta, seguida por las estruendosas carcajadas de los asistentes.
Desde entonces -comentaba don Gonzalo-, esa sería una de sus máximas en la vida: tener siempre un billete de veinte pesos en el bolsillo, lejos de la pobreza franciscana, absoluta, de su juventud.
“Y aquí lo tengo”, agregaba, con prueba en mano, precisando: “Este es el billete que me hizo falta para pagar el matrimonio”.
En la vida de Gonzalo Uribe Mejía se mezclan Calarcá, en Quindío, y el pueblo indígena Chamí, en Risaralda, al que se trasladó para ejercer como intendente durante cuatro largos años.
Y sea éste el momento de decirlo: por Bernardo Arias Trujillo, poeta y novelista consagrado, quien lo apodó El indio, nombre con el que todos sus amigos le identificaban en Manizales porque él mismo se consideró siempre un auténtico indígena.
De Calarcá, ni se diga: así se llamaba un legendario cacique Quimbaya, cuya comunidad primitiva aún es exaltada por la óptima calidad artística de su orfebrería. “Fueron los mejores orfebres de América en la era prehispánica”, suelen afirmar expertos en el tema.
De los chamíes, a su vez, baste anotar que su popular seudónimo lo tomó de Yagarí (palabra que significa Flechero), uno de los jefes de la tribu.
Su indigenismo, en consecuencia, le venía por punta y punta. De ahí que en sus escritos se escuchen gritos de guerra y cantos que animan danzas extrañas o actos de brujería, con flechas y selva alrededor.
Continuará…



