Luz Dary Gil Montealegre, de la poesía a la novela

Lo que encontrarán en estas páginas es la voz de una niña que se convierte en muchas voces de mujeres rurales, cuyas historias suelen quedar en silencio.

John William Hurtado

¿Qué la llevó a dar el paso de la poesía a la narrativa con esta primera novela?

La poesía siempre ha sido mi manera de habitar el mundo, de nombrar lo que me desborda. Pero cuando llegó a mí la historia que dio origen a La palabra miedo ya no me hace temblar, entendí que la poesía, por sí sola, no bastaba. Había un testimonio profundo, una memoria que necesitaba desplegarse en un tiempo narrativo, con personajes y situaciones que dieran cuenta de un recorrido vital. Pasar a la narrativa no fue abandonar la poesía, sino llevarla conmigo: cada página de esta novela está atravesada por la mirada poética, por la búsqueda de una belleza posible aun en medio del dolor. La narrativa me dio el espacio para respirar más largo, para que esa voz pudiera crecer, recordar y reconstruirse.

La protagonista, Aracely, nace en el Eje Cafetero, ¿qué tanto de su memoria personal y de su territorio hay en ella?

La novela nace en el lugar donde también nace el río Otún, un territorio de belleza exuberante, custodiado por la fauna y la neblina del Eje Cafetero. Ese paisaje real, que tuve la oportunidad de conocer mientras trabajaba en un documental, me marcó profundamente y por eso decidí situar allí los primeros años de Aracely. Pero el territorio no es solo paisaje: la historia recorre la geografía risaraldense y se abre camino por otras regiones de Colombia, al mismo tiempo que transita el crecimiento de una niña hacia su cuerpo de mujer. En la novela, el territorio y el cuerpo se entrelazan, porque en las guerras no solo se disputan las tierras, también se usan los cuerpos como territorios, como armas y como botines. Esa doble lectura —la geografía externa y la geografía íntima— atraviesa toda la novela.

¿Cómo logró transformar un dolor tan profundo en una escritura que, además de narrar la violencia, también revela belleza, ternura y esperanza?

La escritura es una forma de liberación: al poner en palabras el dolor, se abre un respiro, un espacio para seguir creando y soñando. En la literatura todo es posible; y cuando a esa narración le añadimos la mirada poética, aparecen la ternura, el amor y, en consecuencia, la esperanza. No se trata de negar la violencia, sino de transformar su peso en un tejido con múltiples matices. En esta novela quise crear un cuadro donde conviven la crudeza y la delicadeza, el miedo y la ternura, el horror y la belleza. Escribir fue una manera de mostrar que aun en medio de la guerra la vida insiste y se abre paso.

La protagonista como símbolo: La novela se centra en la vida de una niña, pero al mismo tiempo refleja la experiencia de muchas mujeres del campo. ¿Cómo construyó a esta protagonista y qué tanto de testimonio real hay en ella?

La protagonista es una mujer cuya historia empieza en la niñez y acompaña distintas etapas de su vida. Todo lo que ella encarna es una realidad en Colombia: la vulnerabilidad de niños y adolescentes en territorios de conflicto, la prostitución infantil, la ausencia del sistema de salud en el campo, la deserción escolar. Ojalá se tratara solo de ficción, pero no lo es.

Como periodista tuve la oportunidad de conocer a una mujer que había sido reclutada en su infancia por las Farc. Compartí poco tiempo con ella, pero fue muy generosa al relatarme su vida. Recuerdo que en uno de sus brazos tenía una cicatriz muy visible. Con delicadeza le pregunté qué le había ocurrido y me contó que algunos frentes guerrilleros marcaban a sus reclutas como al ganado. Ella intentó borrar esa marca autolesionándose, pero en lugar de desaparecer, la herida se agrandó, como también su dolor. Esa mujer fue la chispa que me permitió crear a Aracely, pero en la novela su voz se amplifica con muchas otras: con personajes documentados, con testimonios, con mis lecturas sobre la violencia en Colombia. Por eso digo que Aracely es una y son muchas; es un símbolo de las mujeres del campo que han sido despojadas, violentadas y, aun así, siguen buscando dignidad.

Fronteras entre lo real y lo imaginado: ¿Cómo fue el proceso de decidir qué aspectos narrar desde la realidad y cuáles desde la invención literaria?

La escritura y el arte me permitieron moverme en esa frontera donde lo real y lo imaginado se entrelazan. Yo partí de una decisión clara: contar la vida de una mujer del campo, vulnerable, pero también digna y fuerte. Desde allí fui construyendo un mundo narrativo donde el testimonio real se abre a la ficción para dar profundidad a la experiencia. La invención literaria me permitió ampliar la voz de la protagonista y, al mismo tiempo, dar vida a los personajes secundarios, que encarnan otras realidades del conflicto. Quise que cada uno de ellos mostrara aspectos que suelen ser invisibles para quienes viven en las grandes capitales, porque más allá de la política o de las cifras, la guerra en Colombia tiene nombres, rostros, cuerpos y memorias que merecen ser contadas.

Mujeres y territorios: ¿Qué vínculos quiso resaltar entre la vida de las mujeres campesinas y el territorio que habitan?

En esta novela el territorio no es solo un escenario: es un personaje más. En el Eje Cafetero, y en tantas regiones de Colombia, el paisaje está profundamente arraigado en nuestro inconsciente; convivimos con él de manera íntima, casi visceral. Quise resaltar esa belleza natural —la riqueza del agua, la diversidad de la fauna, la fuerza de la tierra— en diálogo con la vida de las mujeres que la habitan. Porque en el campo la mujer no es un personaje secundario: es protagonista en lo agrario, en lo social, en lo comunitario. En ellas se concentra la memoria, el arraigo y también la resistencia frente a un territorio atravesado por la violencia.

Retos de la escritura: ¿Qué fue lo más desafiante de pasar de la poesía —donde cada palabra es intensa— a una novela que exige estructura, trama y personajes?

Fue un reto necesario y lo asumí con gusto. La poesía me enseñó a darle intensidad a cada palabra, pero la narrativa me abrió otras posibilidades de expresión: me permitió construir una trama, dar vida a personajes y sostener una estructura más amplia. Lo desafiante fue no perder la esencia poética en ese proceso, dejar que la novela respirara con fluidez narrativa sin renunciar a la fuerza de la imagen y la cadencia de la palabra. En el fondo, lo que busqué fue que la narrativa llevara la poesía en su interior, como un pulso que acompaña cada página.

¿Qué espera que se lleven los lectores después de acompañar a esta niña y, a través de ella, reconocer las historias invisibilizadas de tantas mujeres rurales?

A los lectores de esta novela les expreso mi gratitud por honrarme con su lectura. Lo que encontrarán en estas páginas es la voz de una niña que se convierte en muchas voces de mujeres rurales, cuyas historias suelen quedar en silencio. Espero que al acompañarla puedan reconocer esas realidades invisibilizadas, y al mismo tiempo sentir la fuerza de la dignidad y la esperanza que resiste incluso en medio de la guerra. Como escribió Eduardo Chirinos en Cicatrices: “Lo que queremos decir y no podemos. Lo cubrimos con un manto azul y transparente”. Tal vez la literatura sea ese manto: frágil y transparente, pero capaz de dejar ver lo esencial.

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