Las letras que siguen son amargas y tortuosas, productos contradictorios de una crisis hedionda, sin fondo. El pa?s explot? y se llev? mi vida por delante. As? como as?, arrasaron todo con desidia y ambici?n, y condenaron a un par de generaciones a una vida miserable. Aprend? que los pol?ticos son una ralea de vagos y ladrones, que solo buscan enriquecerse a costa del pueblo que los elige, ?obligados por ley, claro que s?!, porque simplemente no tienen una mejor opci?n. Fue una de las pocas ense?anzas que me dej? la crisis del 2001, el año en que volv? a nacer a trav?s del culo desflorado y purulento de la Argentina. Jamás volv? a creer en gobernantes, militares, jueces o pol?ticos. Por fin abr? los ojos, nunca más contar?an conmigo para empoderarse y pisotear mi vida. ?A la mierda con todo!
Trabajaba en un banco, el peor lugar para desperdiciar ocho o nueve horas diarias de tu vida en ese año de inflexi?n. Si el ministro de econom?a de tu pa?s anuncia que no habr? sobresaltos y no hay nada que temer, te recomiendo que guardes pocas cosas en una valija y te marches lo antes posible, cuanto más lejos mejor. Yo no lo sab?a y me qued? a transitar el caos, a esperar que me destrozaran en menos de seis o siete meses. Pobre de m?, a?n ten?a ilusiones.
Levant? los ojos de la computadora: en aquella sala sin ventanas viv?amos suspendidos en una especie de limbo dulz?n creado para comatosos, sin saber que se hab?a producido un hito en la historia de la humanidad y que en pocos meses las veredas que nos rodeaban se convertir?an en un aut?ntico campo de batalla. El ambiente miserable me transformaba en la rata más ladina del piso. El gordo Est?vez viv?a paralizado por el miedo, incapacitado para tomar cualquier tipo de decisi?n, haciendo lo justo y necesario para cumplir y volver a casa en un horario en que su mujer no estuviera cabalgando sobre otro tipo. Storla y Bettere, cl?sicos lameculos y alcahuetes, se mov?an en la empresa como pira?as del Amazonas, capaces de sacrificar a un ni?o por un aumento del 10% de un sueldo miserable o una promoci?n a limpiador s?nior de baños. Nudman, veintid?s a?itos, un cuerpo delicioso y la inocencia y felicidad de quien todav?a no ha sufrido grandes decepciones. Barrett, el ?nico que se elevaba sobre el resto, incluy?ndome; inteligente, ambicioso, y lo principal: sab?a lo que quer?a y encauzaba todas sus energ?as para conseguirlo. En pocas semanas partiría a los Estados Unidos a estudiar una maestr?a en administraci?n de empresas. ?Qu? ganas! No era que me interesase continuar mis estudios, una de las pocas cosas de las que estaba seguro, lo envidiaba porque sab?a qu? le apetec?a y eso marcaba la diferencia, pisaba el mundo con pie firme y las puertas se desvanec?an a su paso. Ni siquiera mi jefe, un mal cogido bipolar adicto al litio, lo sab?a. Y yo anhelaba demasiadas cosas a la vez, que es casi lo mismo a no querer ninguna. Barret me admiraba por la cantidad de libros que le?a, sin caer en la cuenta de que algunas lecturas trastornaron de por vida. Trat? de concentrarme en el informe que ten?a delante pero me fue imposible. Entretuve mis ojos con el andar et?reo e involuntariamente sensual de Nudman entre su puesto de trabajo y la fotocopiadora, sin lograr abstraerme de la disyuntiva que lastraba mi existencia. Decidimos no soltar amarras y enfrentar?amos las consecuencias de nuestra cobard?a. Ol? mis dedos y aspir? profundamente el fruto amargo de una noche memorable.
Creo que fue Barret, qui?n más, el primero en enterarse:
?Parece que un avi?n se estrell? contra una de las torres gemelas.
??Qu? cosa? No puede ser ?dijo Bettere.
Eran casi las once de la mañana. No ten?amos acceso a internet, menos que menos televisores. Viv?amos en una cueva para ser más eficientes. Afuera el sol pod?a derretir la ciudad o un diluvio anegar sus calles, que nosotros trabajar?amos como idiotas adormecidos por veintitr?s grados de confort; el mundo pod?a desvanecerse o explotar en mil pedazos, nada detendráa el viaje absurdo de nuestra sala a trav?s del universo. Todo en su sitio, ni una mota de polvo sobre la alfombra, escritorios libres de papeles que reflejaban la luz. Los informes confidenciales deb?an destruirse en la trituradora, como si trabaj?ramos con una f?rmula qu?mica para un arma de destrucci?n masiva. Nudman llam? a su casa y le confirmaron la noticia: un 767 de American Airlines se hab?a incrustado de lleno en la torre norte del World Trade Center. Nuestro jefe lleg? de una presentaci?n y Bettere lo puso al tanto.
?Me enter?, le avisaron a Craighton en la reuni?n. Por favor traten de seguir trabajando, no se olviden que estamos implementando el nuevo sistema de seguros.
Craighton, gerente a cargo de nuestra ?rea, oriundo de Inglaterra, un expatriado borracho con un hambre sexual descomunal que se comportaba como si la Argentina fuera un prost?bulo de segunda categor?a con todas las consumiciones pagadas. No se encontraba muy lejos de la realidad. Un jueves asist? al after office que el banco ofrec?a en el ?ltimo piso de su edificio en Avenida de Mayo. After office? el t?rmino cargado de hipocres?a me causaba asco, pero ah? me encontraba, metido de lleno en el circo, un payaso más al lado de una ventana que daba al R?o de La Plata con un whisky importado en la mano, hablando con un ingl?s que nos trataba con la amabilidad que se dispensa a una casta inferior. Lo ?ramos. Con el segundo vaso me acerqu? a Craighton y le dije que adoraba los travestis de la Factory, Rachel, Caroline, Stephanie y todas las sorpressatas que Lou Reed se hab?a comido. Craighton se puso serio de golpe y choc? mi vaso con el suyo.
?A toast to Wharhol and his Factory.
Reconozco que me descoloc?. Craighton result? un fan?tico de la Velvet, Television y Talking Heads. Me invit? a dos tragos más y nos fuimos en su auto con chofer a un putero de lujo frente al cementerio de la Recoleta. Le encantaba el lugar por el contraste. Pag? bebidas a las chicas, reparti? papelitos de coca?na y terminamos enfiestados hasta el amanecer con tres delicias exuberantes y bien puestas en su casona de San Isidro. Monos graciosos de un zool?gico a su entera disposici?n.
?Qu? importan los seguros de vida en el apocalipsis ?comentó.
Barrett se rio de mi ocurrencia y mi jefe me fulmin? con la mirada, dijo que más me val?a tener listo el feasibility case para la presentaci?n de las cuatro. ?Por supuesto! Nuestro odio mutuo: lo ?nico aut?ntico que exist?a dentro de esas cuatro paredes impolutas. Todo me importaba una reverenda mierda, se acercaba el fin, no hab?a nada que me conmoviera o llamara mi atenci?n, ni siquiera un avi?n estrell?ndose contra un rascacielos. Viv?a una ilusi?n que junto con Ramona romper?amos en pocas horas. Me despert? el tel?fono. Ella.
??Te enteraste?
?S?, mir? que hay que tener punter?a.
?Parece que fue un atentado.
??Un atentado?
?Dos aviones no pueden cometer el mismo error.
??Dos aviones?
??En qu? planeta viv?s?
?En el mejor que te puedas imaginar, uno sin noticias.
?Les dieron a las dos torres con quince minutos de diferencia. Dos siete seis siete, uno de American, otro de United. Lo estoy viendo en vivo, es un espanto.
??Nos vemos hoy?
??No puede ser!
??Qu? pas??
Voces y gritos.
??Hola? ?Ram?
?Parece que le dieron al Pent?gono? otro avi?n.
El nombre de la estrella es Ajenjo.
Barrett divulgaba la noticia en la oficina. Adelantamos la hora de almuerzo y nos fuimos a un restor?n de la avenida Corrientes que ten?a varios televisores. Llegamos cinco minutos despu?s de que se derrumbara la torre sur. La gente extasiada por la atrocidad, el mejor espect?culo que la televisi?n transmiti? en toda su historia, seguido por la lluvia de napalm en Vietnam. Surg?a un nuevo e?n, el peor de todos, parido por la siega de un exterminador adicto al entretenimiento de masas. Media hora despu?s la antena de la torre norte se hundi? en otra nube de polvo. La corriente de la vida cambiaba de direcci?n. Volv?a a nacer, muy a mi pesar. La c?mara lenta de la destrucci?n nos manten?a euf?ricos como una droga potente que apagaba los circuitos de las emociones. Entre la gente prevalec?a un sentimiento que navegaba entre el asombro y la felicidad; al fin la justicia divina equilibraba la balanza. Una chica exclam? emocionada que hab?a estado en las torres ese mismo año y rompi? a llorar. Yo también observ? la capital del dinero desde esas alturas que sucumb?an una y otra vez como torres de naipes, pero no sent?a nada. Ten?a el coraz?n seco, duro como una roca y este era el ?nico logro del cual enorgullecerme en los ?ltimos años. No volver?a a sentir piedad por nadie, cada uno deb?a erigirse en soldado de su propia guerra y acabar con todo, tomar de la vida lo que le correspond?a, de lo contrario lo har?a su hermano o su amigo y bailar?a embriagado sobre su cad?ver. Antes del 911 esa verdad surg?a borrosa, pero con la ca?da de la torre norte se hizo clara e ilumin? mi vida con la intensidad s?bita de una explosi?n nuclear. Aplastar?a la cabeza de los durmientes, pondr?a zancadillas a los son?mbulos, quitar?a el suero a los enfermos y esconder?a los tranquilizantes. Arruinar?a la vida de los que me rodeaban, principalmente la m?a.
No pude volver a concentrarme en otra cosa que no fuera mi encuentro con Ramona. Tomar?amos la decisi?n equivocada pero no pod?amos hacer nada por evitarlo, est?bamos destinados para el momento amargo que se avecinaba. A las seis de la tarde apagu? la computadora y me fui, pose?do por la fuerza de un Judas jamás arrepentido.
Camin? por Florida maravillado por las caras de las personas. Las palabras torres gemelas, avi?n, pent?gono, atentado terrorista, rebotaban de un lado a otro e iluminaban la ciudad como una sucesi?n de estrellas fugaces. La gente parec?a más animada. Pocas veces me atravesaron tantas miradas lascivas: adolescentes, madres primerizas con sus beb?s a cuestas y cincuentonas agotadas de la vida, que lo han experimentado todo. La consigna del flujo que atravesaba el mundo, proven?a del momento de la creaci?n y ordenaba entregarse a una bacanal salvaje para procrear a los sobrevivientes de la era que tocaba a su fin. La historia se cansaba de ense?arnos que la destrucci?n se convert?a en el afrodis?aco más eficaz.
Prefer?a ir a nuestro bar acostumbrado, pero Ram quiso cambiar, no s? por qu?, quiz?s para no ensuciar nuestros desenfrenos que tapizaban los sillones del bar de la calle 25 de Mayo. Adujo que en este pub te dejaban una garrafa de cerveza artesanal sobre la mesa y le divert?a llenar las jarras. El lugar me pareci? falto de esp?ritu. Ped? una jarra y me entretuve dibujando en el individual de papel el mandala de Kalachakra. Cada vez que me aproximaba a una instancia cr?tica, me perd?a en los recovecos del tiempo para recordarme que era un ser insignificante, que a pesar de que saliera por cualquiera de sus puertas, siempre llegaráa a un nuevo ?tero. Me faltaban millones de vidas para escapar. Esta realidad me adormec?a con una paz similar a un buen ansiol?tico.



