Relatos detrás de las batas blancas

Germán Jaramillo

Dos o tres obsesiones del personaje inventado por su autor parecen cifrar las páginas de este libro: el estrecho sendero por el que nos movemos a tientas entre la vida y la muerte, la ética, y la mirada de asombro de todos nosotros, ante los hechos de violencia y crueldad incesantes que constituyen el alma y nervio de la historia de nuestra nación.

Hay otras cosas que lo apasionan: la poesía, la cual acomete con desigual fortuna, esculcando en un corazón romántico que vacila entre el tema amoroso y el del ejercicio profesional de la medicina, y el deporte, que practica, dice él, con espíritu de gran campeón desde niño.

He decidido escribir este prólogo, difícil para mi, no solamente por holgazanería o exceso de ocupaciones, sino porque yo no soy escritor; practico un oficio autodestructivo y escrito en el viento, como dice Peter Brook. Pero las varias lecturas de esta crónica de acontecimientos y la honrosa amistad que tengo con el Doctor Ardila no me dieron alternativa.

También porque me ha tomado tiempo tratar en vano de persuadirlo de que renuncie a la tarea de narrador omnisciente y de que escriba en primera persona. Así la crónica de acontecimientos de la azarosa y a veces un tanto pintoresca descripción de la vida del Doctor Emilio Del Cedro, médico y cirujano, de la que se ocupa el libro, se convertiría en una memoria personal y quizá en un manifiesto de defensa de los valores éticos de la profesión médica, amén de constituír oportunísima denuncia de las graves dificultades a las que se enfrenta esa actividad profesional en Colombia, devastada por el cáncer de la corrupción.

El Doctor Ardila opta por la narración en tercera persona y nos presenta un personaje al que parece conocer muy de cerca. Desde la primera lectura del libro no puedo dejar de meditar en los temas por los que discurre esta crónica.

Los golpes secos que le queman el cuello al Doctor Emilio en el primer movimiento del libro nos empujan a “La Batalla: En el ala oriente del hospital, las paredes miedo dibujaban, reflejaban figuras fantasmales, la vida lentamente se marchaba. La ilusión de algunos hombres que luchaban transpiraba esperanza, todavía parecía que la muerte se alejaba. Esa grotesca imagen fría, pálida, sombría, regresó con mas vigor, la vida se acortaba… Esta vida ya se fue, pero hombres y mujeres de blanco seguirán intentando detener a la muerte cruel e inanimada.”
Aunque varios preceptos sobre el uso del verso nos aconsejan evitar ciertas terminaciones, el autor logra fundir en esas palabras casi todo el espíritu del libro.

Su pasión por la poesía prevalece sobre los instrumentos técnicos con los que la acomete, pero su completo dominio del tema de la lucha contra “La que Pudre”, en palabras de Quevedo, y el hecho de que los Cuidados Intensivos a sus pacientes constituyen su cotidiano amor, le confieren a estos episodios literarios la transparencia y verosimilitud necesarias para que el lector pueda avanzar hasta el afortunado final del libro, donde el código ético que el maestro entrega a su discípulo, su propio hijo, se combina con un tragicómico acontecimiento hospitalario de hamburguesas y salsa de tomate.

Otro hecho me interesa destacar: un poco más de dos lustros me separan de la generación a la que pertenece el Doctor Del Cedro, pero aunque no es explícito el tema en la narración, su padre y su familia debieron emigrar a buscar libertad de pensamiento y trabajo en una región distinta a la que los vio nacer.

A ninguno de nosotros le es ajeno ese tema. Nuestros ancestros comunes son la violencia y la intolerancia. Qué breve distancia hay desde los tiempos de las guerras civiles del siglo XIX y de la Guerra Grande en la que, finalmente, prevalecieron los poderes más oscuros y retardatarios de nuestra historia, hasta los de Sangre Negra o Nuca’etoro!

¿Será, por ventura que, como dice Fernando Vallejo, Colombia no tiene perdón de Dios ni redención? ¿Será, por ventura, que somos Almas en Pena Chapolas Negras?

 

¿Quién es Germán Jaramillo?

Nació en Manizales, Colombia en 1952. En 1973, se mudó a la capital del país en donde co-fundó el Teatro Libre de Bogotá, una de las compañías más importantes del país, y su Escuela de Formación de Actores (1988), donde trabajó como actor residente, productor y director por cerca de 30 años. Es uno de los actores de teatro más desatacados de Colombia, que actualmente se encuentra radicado en los Estados Unidos, en la ciudad de Nueva York, donde en 2001, en compañía de Ramiro Sandoval, fundó el ID Studio Theater.

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