Rostros en los rincones de Pereira

Hallar personajes es difícil y lograr que hablen aún más, pero cuando el redactor se topa con aquel personaje que tiene guardada una buena historia por contar, ese descubrimiento es sublime y agradecido. Los estudiantes se lanzaron a las calles de la ciudad y aquí tres perfiles que salieron de la clase de prensa que ofrece el docente Franklyn Molano Gaona en la Licenciatura en Tecnología con énfasis en Comunicación e Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira. Sigan.

El fin es el comienzo de algo interesante

Estefanía Castañeda Gutiérrez

Estefania.castaneda@utp.edu.co

Escucharlo es hipnotizante; logra envolverte con sus diferentes tonos de voz. Su narración y pasión entregadas a cada uno de sus cuentos hacen que todas las sillas de ese recinto estén ocupadas cada sábado a las 9 p.m. Fue así como conocí a Arcesio Londoño, un gran cuentero del cual he escuchado que tiene un pasado muy agobiante. Me acerqué y lo saludé con un apretón de manos. Tiene una mirada retadora pero cansada, de contextura gruesa, es alto y tiene algunas canas cenizas en su cabello. Con una voz prominente me expresó su alegría al conocerme, ya que le habían hablado de mi visita. Se levantó en la mitad del pasillo, hizo una reverencia y dijo: ‘Hasta la vista, mis amigos’. Salimos de allí y era inevitable notar que cojeaba al caminar.

Al día siguiente, nos encontramos de nuevo en el parque principal de Cartago a las 10 a.m. Arcesio llegó cantando y saludando a las personas a nuestro alrededor. Mientras caminábamos, comenzamos nuestra charla. Le pedí que me contara sobre su paso por el ejército. Él se detuvo, me miró y dijo: ‘Es momento de sentarnos’. Agachó la cabeza y empezó con su historia.

En su juventud, soñaba con ser médico, pero la falta de recursos y los malos tratos en su casa hicieron que decidiera entrar al batallón Vencedores de Cartago. Al principio, no soportaba estar allí; para él, la vida se detuvo. Con el tiempo, entendió que ese era su lugar. Año tras año, fue subiendo de rango, y así, a los veinte años, era oficial. Respiró profundo y continuó.

A los 36 años, se encontraba liderando las tropas en medio de Yopal, Casanare y Cauca (zona roja). Todos los días veían pasar la muerte ante sus ojos. Noches heladas llenas de angustia e incertidumbre. Se detuvo para mostrarme algunas cicatrices enormes que tenía en sus piernas. Le pregunté qué había producido tales cicatrices. Vi como una lágrima rodó por su mejilla, sacó un pañuelo y empezó a narrar cómo un cilindro bomba casi acaba con su vida. Aún recuerda cómo despertó en el hospital después de 30 días en coma, lleno de remiendos en su cabeza. Su recuperación duró 3 años, un tiempo en el cual tuvo tres intentos de suicidio debido a que se sentía inútil.

Seguimos caminando y de la nada, en un tono burlón, me dijo: ‘No te preocupes si me desmayo, es uno de los tantos regalos que me dejó el accidente’. Luego me pidió que lo acompañara al lugar que le brindó una nueva oportunidad. Llegamos y era un salón con libros y cuadros poco ordenados, pero eso le daba el toque. Me mostró un álbum de fotos, en este estaban plasmados sus tres años de transformación personal que fue logrando en este espacio, que le permitió descubrir las aptitudes por el arte. De pronto, colocó una melodía muy suave y con una copa de vino en su mano comenzó a mojar un pincel de este, y sobre un papel lo deslizó para hacer una rosa. Luego se sentó a mi lado, me tocó el hombro y me susurró: ´El fin es el comienzo de algo maravilloso’. Posterior a esto en la noche me encontraba   en aquel recinto escuchando a Don Arcesio y de nuevo cayendo en su hipnosis.

Ética Coleccionista

Luisa Fernanda Tejada Jaramillo

luisa.tejada@utp.edu.co

Entrevisté a la coleccionista de insectos, Valentina Sosa, vive en su pequeño hogar ubicado en la ciudad de Pereira. La casa de Valentina estaba rodeada de árboles y tenía una vista hermosa, tenía 2 gatos los cuales le hacen tener más protección a la hora de almacenar los insectos de su colección. Una mujer de 25 años, estudiante de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP) descubre su amor por el mundo de los insectos. Su fascinación por estas criaturas diminutas creció con el tiempo y finalmente se convirtió en su pasión. En busca de descubrir los secretos y maravillas que habitan en la naturaleza, se embarcó en una travesía llena de aventuras y conocimiento. En las mañanas brillantes y frescas Valentina se adentraba en una plácida caminata tropical con su padre. Emotiva con las mariposas, gusanos y arañas que llegaban a ella. Se dirigían hacia un lugar que prometía una gran diversidad de insectos. Sus pasos eran sigilosos, tratando de no perturbar el frágil equilibrio de aquel ecosistema. Su padre viendo la fascinación de Valentina ya veía en ella la gran Etimologa coleccionista que iba a ser. Un escarabajo brillante, con un caparazón verde iridiscente, es el mayor orgullo, para ella es el mejor en su colección, sus ojos brillan al mostrarlo como un gran trofeo, enseña a manera de contar experiencias una mariposa de colores vibrantes encapsulada y así cada nuevo hallazgo es una pequeña victoria para Valentina, un tesoro para su colección y una oportunidad para aprender más sobre estos seres increíbles. Durante la entrevista, Valentina compartió una curiosidad interesante sobre los escarabajos. Me dijo que “algunos escarabajos machos atraen a las hembras mediante la liberación de feromonas. Pero hay una especie de escarabajo que ha desarrollado una forma de engañar a las hembras emitiendo una feromona que es similar a la de otra especie de escarabajo. De esta manera, las hembras son atraídas por el olor, pero cuando llegan descubren que el macho no es de la misma especie”.

Lo más grande que había en Valentina era su ética coleccionista, “solo consigue entrar en mi vitrina los insectos que ya encuentre muertos, no me tengo permitido matarlos para sumar a mi colección, primeramente respeto y protejo la naturaleza” dice con mucha certeza.

Era una mujer apasionada y muy dedicada a su colección de insectos. Ella había estado recolectando y clasificando insectos durante varios años, la colección la compartía con su novio. Además, Valentina era muy amable y disfrutaba compartiendo sus conocimientos sobre los insectos con los demás. También buscaba educar y crear conciencia sobre la importancia de los insectos en el ecosistema. Compartió una anécdota divertida sobre una vez que encontró un escarabajo muy raro en una de sus caminatas y pensó que había muerto. Estaba tan emocionada por su descubrimiento que lo tomó con sus manos para llevarlo a casa y agregarlo a su colección. Pero cuando llegó a casa, descubrió que el escarabajo había dejado un rastro de saliva en su mano. Resultó que el escarabajo secreta una sustancia pegajosa como defensa, y Valentina había sido víctima de su truco defensivo.

Con su amor por los insectos como brújula, sigue explorando y revelando los tesoros ocultos en el reino de los insectos, inspirando a otros a mirar más de cerca y apreciar la extraordinaria belleza que yace en lo pequeño.

La vida es un circo

18Kevin Steven Duque Flórez

k.duque@utp.edu.co

Juan David Perdomo Motato, de 27 años de edad, es un alma errante y apasionada, de estrato medio, que vive en un lugar llamado Primera Etapa de Villa Ligia, situado en Cuba. Es una persona de estatura pequeña, de tez morena, con un cuerpo muy entrenado y acondicionado gracias al ejercicio. Exhibe en su piel un lienzo lleno de tatuajes. Algunos de ellos tienen significados familiares, mientras que otros están influenciados por la cultura oriental debido a sus viajes. Durante nuestra charla, mi atención se dirigió hacia un tatuaje visible en su cuello: una frase en inglés que resaltaba “Life is a circus” (La vida es un circo). Le pregunté sobre su significado y esto es lo que él respondió: “La vida es un circo porque siempre hay subidas y caídas. En ocasiones podemos estar en lo más alto de la carpa y ser el número principal, mientras que en otros momentos podemos ser un número de relleno. Pero de igual manera, siempre somos importantes en la función llamada vida”. Después de levantarse de su asiento, Juan David se dirigió a la cocina y trajo una taza de café de gran tamaño, lo cual me sorprendió. Sin decir una palabra, me entregó un álbum para que viera un resumen de su historia. Pude ver que desde muy temprana edad descubrió su amor por el arte y la expresión corporal, lo que lo llevó a explorar los límites de la gravedad a través de la danza aérea. Mientras revisaba las fotografías, él me hablaba de cada uno de sus viajes por Canadá, China, Perú y Ecuador, todos ellos relacionados con su trabajo en la empresa Paradigma.

Sin embargo, me percaté de que había unas páginas rasgadas en medio del álbum. Encontré un pedazo de una foto que contrastaba notablemente con su apariencia actual. Por mera curiosidad, le pregunté qué había sucedido en ese punto para que el álbum estuviera en esas condiciones. Con una expresión seria, Juan David me contó lo que había pasado hace más de nueve años en un circo en Perú. No disfrutó la experiencia de vivir en una carpa y compartirlo todo con sus compañeros. Las reglas impuestas por el circo lo obligaban a dormir en el suelo con un colchón que olía terriblemente mal. “Era lo más repugnante, parce”. Durante su estancia en Perú, enfrentó hambre, humillaciones y un pésimo salario debido a la cultura laboral de sobreexplotación. Cuando regresó a Colombia, atravesó por un período difícil para recuperar su forma física. Su tono se volvía triste al mencionarlo: “Pesaba 40 kg de 68 cuando salí para allá”. Concluyó diciendo: “Hablemos de algo distinto, me aburre hablar de cosas negativas sobre mí”.

Cuando le pregunté sobre su emprendimiento y su labor social, su disposición cambió. Se transformó en otra persona mientras me hablaba de sus proyectos y se notaba claramente su felicidad. Al igual que en un circo, la vida puede ser caótica, colorida y llena de actos impresionantes. A veces nos enfrentamos a situaciones desconcertantes, pero también podemos disfrutar de momentos mágicos y emocionantes.

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