De la universidad a la melodía
Nunca imaginé que unas tardes de tertulia con melómanos y coleccionistas
cambiarían por completo mi visión de la música. Mi nombre es Sara Quiroga, soy
estudiante de Comunicación Audiovisual, y aunque mi vida siempre ha estado
marcada por ritmos contemporáneos, mi perspectiva cambió radicalmente en un
rincón de Pereira, donde las historias y las melodías se entrelazaban para formar
un universo único.
Mi fascinación comenzó casi por casualidad. Decidí asistir a una de estas
reuniones para grabar una crónica sobre memorias musicales, pero, sin darme
cuenta, terminé sumergida en un mundo de melodías nostálgicas que jamás
imaginé disfrutar. Entre los nombres icónicos que surgían en las conversaciones,
hubo uno que se repitió con fervor y admiración: Francisco Canaro.
Durante un homenaje dedicado a este maestro uruguayo, comprendí por qué su
legado sigue siendo tan influyente. Canaro no solo transformó la música de su
época, sino que la llenó de alma. Sus composiciones como Tormenta, La Milonga
Brava y La Milonga de Buenos Aires no son solo piezas hermosas; son auténticas
obras llenas de vida y significado. Cada una parecía hablarme directamente, como
si Canaro hubiera encontrado la manera de traducir los sentimientos humanos en
música.
Desde la primera nota, quedé atrapada. Cada compás estaba cargado de
intención, cada melodía parecía una ventana a un tiempo que no viví, pero que de
repente sentía muy cercano. Las letras y las armonías de sus canciones
trabajaban juntas para evocar con precisión las emociones y el espíritu de una
época. Fue como transportarme a un café porteño de principios del siglo XX,
rodeada de historias de amor, desamor y resiliencia.
Lo que más me impactó fue cómo Canaro lograba que sus composiciones fueran
mucho más que melodías. Eran relatos musicales que narraban la vida misma. Su
capacidad para transmitir emociones profundas a través de la música me
sorprendió y me conmovió.
Hoy puedo decir que mi relación con la música ha cambiado por completo. El
tango se ha convertido en algo más que un género para mí; es una forma de
conectar con las emociones y las historias de otras generaciones. Estoy decidida a
seguir explorando la obra de Francisco Canaro y la de otros grandes del tango. Si
algo he aprendido de esta experiencia, es que la música no tiene edad ni barreras.
Escucharla con el corazón abierto siempre será una experiencia gratificante.



