Síndrome de gemelo ausente

Al atardecer, acepté acompañarlos a buscar de nuevo, pero todo fue inútil. Era como si a mi hermana gemela se la hubiera tragado la tierra. Su rastro se perdía en el mismo sitio en que la perdí de vista por la mañana.

Jorge Enrique Machado Hernández

No sé que irá a pasar ahora. Ella no está cerca y yo no quiero salir. No sé cuando volveré a salir.

Éramos dos; siempre éramos dos. Salíamos juntas, compartíamos todo lo que se podía compartir.

Hace cuatro meses que llegamos a esta casa, donde nos han dado todo lo que podían darnos. Siempre la comida está disponible, la casa es calurosa, sin exceso, la cama es confortable y podemos ir a nuestro amaño.

El cariño abunda y los visitantes se derraman en elogios, pero siempre me hieren y no se dan cuenta de ello. Todos los elogios relativos a la apariencia física son para ella: es esbelta, es hermosa, es ágil, tiene ojos bellísimos, qué porte, qué distinción.

Éramos dos gemelas no idénticas y aunque algunos hablaban de lo lindas que nos veíamos juntas, mi hermana suscitaba todos los comentarios favorables.

 Pero ella era la linda, la hermosa, la que tendrías una familia tan hermosa como ella lo era y yo… yo era… yo, la feúcha, cariñosa, inteligente dijo alguien, pero sola no era nada y ahora no soy nada.

Donde llegábamos, los comentarios sobre su belleza acallaban cualquier conversación.

Cuando se daban cuenta de que me había quedado estática, casi sin respiración, volteaban  un poco la cara hacia mí y añadían como una propina a los elogios: Y ella parece muy inteligente. Esto me llevaba a la desolación. Lo de inteligente lo dicen sin mucho convencimiento, lo dicen para que yo no me sienta, pero de tanto oír los otros comentarios, ya estoy segura de que este último es falso.

Por supuesto, yo me llenaba de sana envidia.

Lo peor era esto: Si se rompía un plato, ó aparecía un daño en la tapicería de los muebles, siempre las miradas de reproche se dirigían hacia mí. Si mostrábamos en la cara que teníamos hambre ó que queríamos algo de beber porque la sed acosa a veces en esta época del año, las atenciones se dirigían hacia ella y alguien se molestaba en distraerme hasta que ella había saciado su hambre ó su sed y ahora sí podía yo saciarme con lo que quedaba. Tal vez pensaban que yo no le dejaría nada a ella. 

Pero si yo la he admiro siempre y siempre supe que era bella y elegante y yo hubiera querido ser exactamente como ella, pero no es así y qué puedo hacer!. La envidia que siento no es mala. Yo comprendo que somos gemelas, pero nos distinguimos en todo, ó casi en todo. Quién sabe qué problemas tendríamos si fuésemos idénticas. Así como éramos estábamos bien, pero algo pasó.

Cuando nos escapábamos, era ella quien  hacía las señas convenidas, para iniciar nuestra escapada. No salíamos de una vez con aires de aventura, sino que remoloneábamos un rato por la terraza y el jardín, haciendo ver que queríamos únicamente tomar aire fresco. Al menor descuido, corríamos, aunque apenas estábamos lejos de la vista de la casa, empezábamos a caminar, observando todo a nuestro alrededor.

Desde siempre nos gustó apreciar la naturaleza. Los almendros en flor son fascinantes y cuando ya empieza a brotar el fruto, degustarlo es un placer. Los olores del campo, en los alrededores de la casa eran inconfundibles: romero, tomillo, hierba fresca, todo nos embriagaba.

Nos fascinaba recorrer los alrededores de la casa, llenarnos de los olores del campo, disfrutar de cierta libertad, pero sabiendo que nuestro hogar estaba allí no más, al alcance de nuestra decisión de volver. Allí esperaba el calor de hogar y la comida siempre presta para saciar nuestro apetito juvenil. Todas las personas de la casa se preocupaban por nosotras dos y aunque siempre establecían  diferencias a mi no me importaba nada, pues estaba con mi hermana y así, la vida era más fácil. Ella era mi complemento total y con ella a mi lado la vida era de ensueño.

Saciábamos nuestra sed de aventuras y nuestro deseo de buena comida y todo estaba al alcance de nuestras pequeñas figuras.

Cuántas pequeñas, grandes aventuras corrimos juntas. Conocimos toda el área, inspeccionando cada rincón de los alrededores. Si yo me retrasaba ó me sentía cansada, ella, como era de esperarse, aguardaba hasta que yo acompasaba mi paso al de ella, pues en esto también había una diferencia: ella era más ágil que yo y reconocía mejor el lugar por donde íbamos. Si me sentía perdida, por haber empezado a explorar un nuevo sitio, ella me tranquilizaba, especialmente con su calma y su seguridad para salir de cualquier mal paso.

También hicimos algunos daños: una vez él dejó un sombrero nuevo a nuestro alcance y como movidas por un resorte, ambas nos fuimos hacia él, lo cogimos y empezamos a jugar, a tirarlo y a tirar de él, para poder demostrar quién era más fuerte y se quedaba con el nuevo juguete. El resultado fue que lo destruimos completamente, pero oímos cuando él nos disculpaba diciendo que aun teníamos que crecer.

Y fuimos creciendo. El futuro sonreía promisorio para ambas y a pesar de las diferencias, yo también soñaba con tener una familia hermosa. Quizá alguna parte de mis genes aparecería en una descendencia hermosa como iría a ser la de mi hermana gemela.

Como siempre salimos a aventurar por la zona y llegamos hasta un sitio en que había una construcción curiosa. Era un estanque grande, lleno de ciertos olores que atraían, pero no eran agradables al olfato.

Ella se aventuró más que yo. De pronto no la vi más, la llamé desesperadamente y esperé lo que creí conveniente. No apareció.

Regresé, presa del pánico y me negué a salir a buscar a mi hermana gemela. Él insistió y ante mi negativa reiterada se fue solo a buscarla. Dos horas después regresó con una mirada triste, y callado se sentó a meditar. Yo me hice a su lado, pero no podía ni insinuar que yo me encontraba igual.

Al atardecer, acepté acompañarlos a buscar de nuevo, pero todo fue inútil. Era como si a mi hermana gemela se la hubiera tragado la tierra. Su rastro se perdía en el mismo sitio en que la perdí de vista por la mañana.

Un pregón anunció su desaparición, pero nadie supo dar cuenta de su paradero.

Ahora no quiero salir a ninguna parte. Me da terror subirme al carro. Si vienen visitantes, me escondo. No quiero que nadie me mire, ni que se compadezcan de mí. Solamente quiero que aparezca mi hermana. No puedo mostrar la tristeza, ni el temor, ni el desasosiego. No puedo expresarme sino quedándome quieta y sin hacer ruido.

¡Qué más puedo hacer?. Solo soy una perrita pointer cruzada con sangre de gozque.

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