Steve Austin se convirtió en un héroe de carne y acero que corría a más de 90 kilómetros por hora, pero al que nunca pudimos ver correr a esa velocidad

 

José Fernando Ruiz Piedrahita

El jueves era un gran día en mi vida porque a las ocho  de la noche presentaban en la televisión colombiana El  Hombre Nuclear (El hombre de los seis millones de dóla res). Siempre me preguntaba por qué el título de la serie  no correspondía al nombre con que se anunciaba en cas tellano, y luego entendí que se hacía por intereses comer ciales, con un título que atrajera más al público. 

Colombia vio las primeras imágenes tele transmitidas  en 1954, pero la masificación de este aparato doméstico  se dio realmente entre 1968 y 1969. La primera oleada nos  llegó con la visita del santo padre Paulo VI a Bogotá, con  ocasión del congreso eucarístico que se llevó a cabo en la  capital colombiana, y la segunda oleada, vino en julio del  año 1969 cuando se anunció que se transmitiría en directo  la llegada del hombre a la luna. A mi casa llegó el televisor  para el segundo momento. Mi padre compró un flaman te televisor Motorola de 21 pulgadas con mueble, sistema  de sonido adherido en los dos lados de la pantalla, como  si fueran unos bafles forrados en tela. La televisión era en  blanco y negro, aún faltaba mucho para ver el color en el  

sistema televisivo colombiano. 

Vimos al astronauta bajar del módulo espacial, pisar  la superficie lunar y decir las palabras que aún resuenan  en nuestros oídos: “Un pequeño paso para el hombre, un  gran paso para la humanidad”. Los vecinos habían llena 

do la sala y los corredores para ver el momento histórico,  pues el primer televisor que llegó al barrio la Castellana  en Dosquebradas fue el que mi padre adquirió a crédito  sin cuota inicial. Los asistentes aplaudieron justo cuando  salió el ministro de comunicaciones dando las gracias a  los colombianos por asistir a ese momento en el que las  comunicaciones del país avanzaban a pasos agigantados.  Mi padre encendía poco el televisor porque en realidad  no había mucho que ver, o al menos eso creía él. Así que  una tarde con toda la inocencia de un niño, pregunté a  mi madre: 

—¿Cuándo se llevan el televisor? 

—No sé… ya vimos al hombre llegar a la luna. No creo  que se pueda ver algo más… 

Pasó esa semana y en el viaje en bus para el colegio, mi  amiguito Castaño, me dijo unas palabras reveladoras para  “mi pobre humanidad agobiada e insolente”. 

—Están dando Yo Soy Espía… ¿Ya la está viendo? —Estoy oyendo Kalimán en Todelar. ¿A qué hora dan  esa radio novela? 

—Noooo… es un programa de televisión… ¿Usted que  tiene televisor en su casa no está viendo Yo Soy Espía…?  Yo la veo donde mi abuela en Pereira porque allá tienen  

un televisor. 

—Todavía no…—dije sintiendo que los colores se me  subían al rostro. 

Llegamos al colegio. No pude concentrarme en el estu dio de solo pensar que había más televisión para ver. Nada  más llegar a la casa dejé la maleta sobre el sillón de la sala  y fui directo al televisor, y sin pedir permiso de nadie, di  vuelta al botón de encendido, para ver el único canal que  transmitía. Mi madre se asustó mucho. 

—Niño… para qué va a prender el televisor si ya vimos  la llegada del hombre a la luna…  

—Hay más televisión. Mucho más que la llegada del  hombre a la luna. 

Si, había mucho más que eso. Mi vida cambió de mane ra extraordinaria desde ese momento. Una vez terminada  la transmisión de la llegada del hombre a la luna, resultó  que sí había más cosas para ver como el noticiero y pro gramas infantiles. Kalimán, el hombre increíble, siguió  presente en mi vida porque una vez se terminaba el epi sodio radial, pasaba a ver en el televisor: La flauta mági ca, seguido de Plaza Sésamo. Así que entre los días de la  semana que más esperaba, estaba el jueves, porque a las  ocho de la noche iniciaba la serie que por ese entonces era  la que más me gustaba: El hombre nuclear, basada en la  novela Cyborg de Martín Caidin y que trataba del mila gro tecnológico en el que el piloto de pruebas Steve Austin  era convertido en un organismo cibernético y poderoso.  Había perdido sus dos piernas, el brazo izquierdo, su ojo  derecho y parte de la superficie del cráneo, esto último lo  supe cuando leí la novela.  

El escritor abordaba el tema de las agencias secretas que  trabajan en misiones ocultas y cómo esta agencia invir tió seis millones de dólares para reconstruir a este piloto  que finalmente se convirtió en agente secreto y en arma  

Caidin escribió esta novela, inspirado en un accidente real  de un piloto de pruebas que murió en un accidente. En  la presentación de la serie se ve la imagen real del sinies tro que costó la vida del tripulante Bruce Petersen. Ste ve Austin se convirtió en un héroe de carne y acero que  corría a más de 90 kilómetros por hora, pero al que nunca  pudimos ver correr a esa velocidad porque siempre nos lo  mostraban en cámara lenta. Todos jugábamos al hombre  nuclear y tratábamos de correr a esa velocidad, aunque  lo hacíamos por supuesto en cámara lenta; creo que hay  un capítulo donde se le ve correr muy rápido, pero desde  lejos. Tiempo después descubrimos a la mujer biónica, un  sub producto de la serie que también tuvo mucho éxito  en Colombia. Estas dos series fueron protagonizadas por  Lee Majors y Lindsay Wagner, quienes se convirtieron en  referentes de esa época para quienes tuvimos el gusto de  vivirlas

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