Tatuaje

Alista la aguja siete, que da un trazo más delgado que la nueve, usada en la firma.
Lo mío es breve, sólo línea.Todo, menos la máquina, se desecha. Es un oficio de
sangre. De arte y precisión.

Triunfo Arciniegas
Mi hermano y yo tenemos diferentes maneras enfrentar el rencor. Mientras él no
se deja envenenar y permite que las cosas fluyan, yo acumulo la rabia. Vivo del
rencor. Lo mantengo intacto a través de los años. Un siquiatra dirá que es el
combustible de mi depresión.
Hablamos de nuestro padre y de Ramiro mientras prepara el lugar para un nuevo
tatuaje. Hace unos días hizo mi firma en mi antebrazo y hoy vamos con un gato.
Lo pensé siete años. Le temía al dolor. Me decidí luego de llegar a Italia y como
una manera de recordar para siempre este viaje. Mientras Jaime marcaba una
letra tras otra y sentía que una hojilla desgarraba mi piel, juré que nunca más me
arriesgaría a otro tatuaje. Al día siguiente Jaime mencionó que un gato encima de
la firma se vería maravilloso y empecé a pensarlo. Con razón dicen que los
tatuajes son adictivos.
Lo decidí esta mañana es la estación Tiburtina. Como mañana viajo a Venecia,
hice el recorrido para evitar un tropiezo mañana y no perder los tiquetes. A las
cinco y cuarto de la madrugada estaba en la Piazza Duca di Genova, el autobús
llegó dos minutos después y fui a la terminal Lido Centro. Ahí esperé el Maremetro
que viene de Cristoforo Colombo y concluye treinta minutos después en Piramide,
también conocida como estación San Paolo. Busqué la línea B con dirección
Rebibbia y ocho estaciones después me bajé en Tiburtina. El lío es salir de una
estación tan enorme. Estuve perdido unos minutos, pero al fin llegué, y más por
sentido común que por conocimiento encontré el paradero de los autobuses con
destino a Venecia. Estaba por salir uno para Pompeya y otro para Nápoles, y vi
llegar uno de Milán. Tantos destinos pendientes. Entonces regresé a Ostia: la
línea B con dirección Laurentina, y en Piramide, el Metromare. No había aclarado
cuando llegué a la Piazza de Duca, donde comienza la Vía degli Aldobrandini,
precisamente con el edificio donde me alojo. Fui a un chinese cercano y compré
dos libretas y unas hojas para dibujar. Mi hermano Jaime seguía durmiendo. Tuve
que esperar un rato para contarle que había tomado la severa decisión de otro
tatuaje. Desayuné y comencé a dibujar gatos. Cuando se los mostré, Jaime buscó
otros en el celular, y dos horas después de mediodía ya teníamos el gato
definitivo. Hicimos almuerzo y manos a la obra.
Es una tarde tibia y plácida, un regalo del final del invierno en Ostia. Estamos a
unos doscientos metros del helado Mar Tirreno. En el verano llega toda Roma a
divertirse. Un hervidero de gente. Hay restaurantes y almacenes caros, hay una
librería exquisita. Ahora, a través de la ventana, sólo vemos pasar viejos, solos o
acompañados, muy bien trajeados, muy elegantes. Casi no se ven niños. Supongo

que los demás están trabajando. No hay vendedores callejeros. No hay
megáfonos ni malditas grabaciones pregonando aguacates. Nadie atormenta a los
vecinos con su música. Qué deliciosa se siente la vida sin los espantosos
vallenatos y el vulgar reguetón.
Le pregunto a Jaime si asistió al funeral de nuestro padre y dice que no. Nelly le
avisó temprano en qué funeraria estaba el cuerpo y fue a verlo antes de que
llegaran los demás. No quería encontrarse con Ramiro, la oveja negra, ni con
Marta, la rezandera, una de las que fueron el motivo de una frase inmortal de mi
padre: “Qué haremos, de putas a santas”. Jaime precisa que “de putas a monjas”.
La idea es la misma, en todo caso. Somos una exquisita descendencia. Un
sobrino arrepentido dijo que venía de una familia de artistas, borrachos y
drogadictos. Qué desgraciado.
Mientras encinta el cojín que servirá de apoyabrazos, le cuento a Jaime que no fui
al funeral ni a la velación. Acomodado en un sofá porque no hay camilla, me veo
como un animal enjaulado en mi propia casa. Ninguno de mis hermanos me avisó.
No lo creyeron necesario. No recuerdo quién me dio la noticia. No hubo vacilación
pero tampoco alivio. Ni dolor. Solo entendí que era el evidente final de una etapa,
ya concluida dentro de mí. Había decidido negarme a despedirlo muchos años
atrás, pero esperaba que la noticia fatal me sorprendiera durante uno de mis viajes
para justificar la conciencia con la distancia. No fue así. Mantuve la decisión y no
me sentí mal. No me arrepiento. Dejé de querer a mi padre, déspota y borracho,
cuando era niño. Hay pecados de mi padre que nunca he contado. Ya desde la
adolescencia lo evité y rara vez hablamos. Los remordimientos desaparecieron
cuando leí la larga carta que Kafka le escribió a su padre. Nunca se atrevió a
entregársela. Mi padre y yo nunca tuvimos esa conversación. Nunca hubo un
abrazo. En la calle fingía no conocerme. Con Jaime tuvo mucho más trato. Él y
Rubén trabajaron juntos en la herrería, y mi padre terminó robándolos. La herrería,
después de tantos años, sigue en manos de nuestro hermano Rubén. Alguna vez
mi padre me buscó con insistencia para pintarme un negocio. Quería que le
sirviera de fiador de un préstamo bancario. Le precisé que no se trataba de un
negocio sino de un favor, y me negué. Un borracho nunca es buena paga.
“Con rencores, uno se quema”, dice Jaime. “Yo fui rebién con el man”, agrega,
refiriéndose a Ramiro, la oveja negra. Me entero que lo visitaba en la cárcel.
Pensé que mi padre era la única visita. Le dieron la oportunidad de reformarse en
una de sus salidas y durante un breve tiempo Los tres hermanos trabajaron en la
herrería. Jaime, Darío y Ramiro. Papá solamente pasaba a recoger dinero para
continuar su eterna borrachera. Las cosas con Ramiro no fueron fáciles. Se
comportaba con la altanería de los rufianes, desafiando la experiencia del oficio de
sus hermanos, hasta que una noche se robó la herramienta de la herrería. Un robo
grande. Lo echaron, por supuesto. Intentó convencer a Álvaro, otro hermano, para
que condujera un camión en un asalto. Un tipo peligroso. Pasaba más tiempo en
la cárcel que fuera. Él mismo decía que tenía el demonio por dentro. Intentó
reconciliarse conmigo pero lo rechacé. Un hombre así, acostumbrado al dinero
fácil, no vuelve al redil de la esclavitud. No tuvo una profesión ni fue a la
universidad. Al final, acosado por la enfermedad, parece que mostró algún
arrepentimiento, al menos con Jaime. Fue al hospital por un mal menor y le
descubrieron un cáncer. Murió tres meses después. Estaba construyendo una

casa en un lote que le dio la hermana rezandera. Dejó dos perros, que se
quedaron con Nancy, otra hermana. No pregunto por el lote. No me importa.
Jaime prueba en mi brazo la primera de las cinco plantillas recién impresas. El
gato queda demasiado pegado a la firma. Borra y prueba la segunda, que queda
en su punto preciso. Alista la aguja siete, que da un trazo más delgado que la
nueve, usada en la firma. Hay tres tipos de agujas: unas para línea, otras para el
relleno y las demás para sombra. Lo mío es breve, sólo línea. Todo lo hace con
los guantes puestos. Encinta la máquina por cuestiones de bioseguridad. Todo,
menos la máquina, se desecha. Es un oficio de sangre. De arte y precisión.
Otra revelación es la complicidad de nuestro padre con Ramiro. “Llegaba con
gallinas y con ajos y no le decía nada”, dice Jaime. En cambio, a Álvaro casi lo
mata porque robó dulces en la tienda de un vecino. Lo colgó de una viga y lo
encendió a palo. Para tales tareas mantenía a la mano un chucho de tres tiras de
cuero con un mango de madera. Con un lazo amarró a Álvaro de la cintura, arrojó
el lazo por encima de la viga y haló hasta que el cuerpo de nuestro hermano
quedó en el aire. Y dio rienda suelta a su sadismo. “Casi lo mata”, precisa Jaime,
testigo de los hechos. Y agrega que nuestra horrorizada madre llegó a proteger a
Alvaro, levantando su cuerpo con ambos brazos, y mi padre la incluyó en la paliza.
Sin la ayuda de mamá, tal vez Alvaro hubiera muerto. Aprisionado por el lazo o
aplastado por los golpes. Jaime lo recuerda medio muerto. Es el hermano más
desafortunado. Cegatón desde niño y tan terco como el abuelo Domingo. Vivió de
cuidar jardines. No sé qué hará ahora, cada vez más ciego.
Todo está listo. Jaime sube el volumen al tema de Pink Floyd, “Money”, entinta la
aguja en la copa y empieza a tatuar el gato. Ya lo puedo distraer con más
preguntas. Me sumerjo en el delirio de la música para distraer el dolor.
Ostia, 21 de febrero de 2025
(Jaime en Trastevere, Roma, 2025. Foto de Triunfo Arciniegas)

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