Un festival de Tango y una lluvia de brasieres

Gabriel Posada

El presente texto es la tercera entrega de “Tras Bambalinas” proyecto Ganador de la convocatoria Cultura en Casa 2020 de la Secretaría de Cultura de Pereira, el cual pretende rescatar la memoria de los teatros de la ciudad en el período 1980-1999.

Bajando las escalas de salida desde la oficina del teatro Comfamiliar en dirección a la calle, subía una persona enviada por Israel, el celador, quien asintió que conmigo podía hablar para el préstamo del teatro, al personaje desconocido le indique dónde era la oficina de doña Norma y proseguí mis pasos hacia la calle no sin antes despedirme de Israel y contarle que yo ya no trabajaba más allí, que el director de la Caja de Compensación don Eduardo Baena había pedido mi puesto para el hijo de un amigo. Mientras conversábamos de lo humano y lo divino, el personaje que averiguaba por el teatro volvió a abordarnos y nos preguntó con acento argentino si había un teatro más grande en la ciudad para alquilar. Se llamaba Rogelio Jaufret, me ofrecí a ayudarlo. Fuimos al teatro Nápoles y de allí nos enviaron al Consota a hablar con el administrador Eduardo Salcedo con quién se cotizaron las posibles fechas y precio de alquiler. Rogelio Jaufret era actor y declamador, hijo de una destacada actriz argentina, Delfina Jaufret, que hizo cine en la década de 1930 “la Muchacha del circo”, y vivió en España en los 60 haciendo teatro hasta su muerte.

Rogelio, al ver que yo ya no tenía empleo, me dijo que al día siguiente llegaba el empresario Francisco Marafioti organizador de un festival de tango, que por su intermedio él estaba aprovechando para conocer a Colombia ayudándole en la gira. Al día siguiente llegué a un pequeño hotel llamado “Las Vegas”, en la séptima entre calles 17 y 18, junto a Rogelio esperamos el arribo del empresario quien llegó en un automóvil cargado de unos rollos de afiches con el nombre del espectáculo: Festival Internacional del Tango 1985 más los nombres del elenco, los carteles tenían un espacio en blanco en la parte inferior para escribirles con marcador o pintura la fecha, el nombre del teatro y la hora del espectáculo a presentar. Marafioti, sin saludar, le preguntó a Rogelio si conocía en la ciudad a un tal Arnul Gil para llenar los espacios en blanco de los afiches, Rogelio le dijo que no pero que conocía a Gabriel Posada que podía hacer el trabajo. Ese día amanecí en ese hotel llenando los carteles con marcador de los primeros conciertos del festival. Al gran Arnul Gil quien tenía su taller a escasos 20 metros del hotel en el teatro Pereira le debo esta gira, él realizaba las pancartas de grandes letras arabescas anunciando todos los espectáculos de la ciudad especialmente afuera de Fuente Azul y la fuente de soda Bolívar.

Ya instalado en el hotel Las Vegas, al día siguiente llegó todo el elenco en una buseta de Expreso Arauca, uno a uno fueron entrando a la recepción del hotel –no lo podía creer- pasaron ante mis ojos Juan Carlos Godoy de quién conocía su voz en los discos de 75 revoluciones por segundo en casa de mi abuela Inés, Lalo Martel a quien mi padre y un pescador de apodo “ladrillo” cantaban sus canciones camino al río, Raúl Garcés y Armando Moreno, sus voces aún retumban en el recuerdo de cuanta cantina había en la ciudad que se contaban por decenas. Al verme junto a Rogelio, bromearon: – “¿conseguiste novio, Jaufret?” – Empecé a compartir habitación con Rogelio desde esa noche y en las dos primeras dormí con la misma ropa y la correa apretada – falsa alarma- era no solo un caballero sino un gran amigo que tuve en los seis meses que duró el festival y un tiempo después por correspondencia. Se me estaba cumpliendo el sueño de trabajar con grandes artistas populares, nuestra sede fue Pereira y de aquí salíamos a cuanto pueblo tuviera un escenario para verlos. La exacerbada pasión que provocaba entre los asistentes escuchar en vivo y en directo a los tangueros llegó al paroxismo en un teatro de Chinchiná (Caldas) finalizando el concierto el 70% de los asistentes eran mujeres que en una gran cantidad se arremolinaron junto al escenario y empezó una lluvia surrealista de brasieres y calzones pidiendo “otra, otra, otra” tratando de subir al escenario asaltando tal vez un abrazo, un autógrafo o un pedazo de camisa sudada de los artistas. Estuvimos atrapados por varias horas atrás del escenario, detrás de la pantalla de cine, escondiendo nuestro pudor y miedo a las valkirias chinchinenses.

El Corredor del teatro Nápoles
Transcurrido el 85 y entrado el 86 experimenté técnicas y manipulé materiales para expresarme pictóricamente, de esa época son las obras en puntillismo que me llevaban largas jornadas ocupando espacios vacíos sobre los soportes a pintar o dibujar. La arena, el azúcar mezclado con óleo, el acrílico sobre plástico, pintar sobre baldosas, tablas viejas, periódicos, afiches de cine… y fue El Negro Javier Gómez quien me llevó a exponer en una taberna donde se homenajeaba al pintor Henri de Toulouse-Lautrec a quien conocí en un lleno a reventar en el Teatro Comfamiliar en la película Moulin Rouge de John Houston, “Avril, Avril, Avril “se llamaba la taberna y la exaltación que hacía a la imagen de la pintura de Jane Avril me encantaba. En la calle 23 entre 7ª. Y 8ª colgué mis primeras obras. Por esa época existían en la ciudad dos asociaciones de artistas plásticos, ARAR (Asociación Risaraldense de Artes Visuales) liderada por Henry Sánchez y Guillermo Ortiz que hacía contrapeso a la Asociación Popular de Artistas donde se encontraba el escultor Antonio Vélez y entre exposiciones colectivas, resabios de artistas, críticas entre unos y otros, expuse colectivamente con ellos. En ese ambiente de asociaciones por las Artes me llegó el rumor de una reunión que se iba a efectuar en el teatro Consota para hablar sobre la posibilidad de abrir un espacio para exponer nuestras obras. Allí, en el segundo piso del Consota, en un vestíbulo largo y angosto nos reunimos varios artistas entre asociados e independientes con el recién llegado gerente de Cine Colombia Alfonso Segura Gómez.

La idea del gerente era acondicionar el hall del teatro Nápoles como sala de exposiciones, su propuesta era una iniciativa personal más no corporativa por ello se debía usar el espacio en horarios no comerciales. En los “ires y venires” de tratar de poner de acuerdo un enjambre de posturas artísticas diferentes el 2 de diciembre del año 1987 se inauguró la Sala de Exposiciones, el corredor del Teatro Nápoles bajo la dirección del teatrero y periodista cultural Aparicio Posada con la exposición de esculturas de Martín Mejía (MartinE) y pinturas de Gabriel Posada (Gavián), lo curioso y anecdótico es que la inauguración fue a las 11:00 p.m. acompañada de la proyección de la película “Atrapado sin Salida” de Milos Forman basada en la novela “Alguien voló sobre el nido del cuco” de Ken Kesey. Esa noche literalmente quedamos atrapados en el teatro hasta ver amanecer debido a un fuerte aguacero que se soltó a la 1:00 de la madrugada.

A partir de esa fecha hasta 1992 se realizaron vastas exposiciones cada mes con una película de estreno a media noche y vivimos el slogan en carne propia dedicado a la ciudad: “querendona, trasnochadora y morena”. Esta sala albergó más miradas que cualquiera otra en la ciudad por su programación de cine comercial diaria en horarios de 3, 6 y 9 p.m. Perfectamente podrían entrar en promedio 20.000 personas mensualmente a ver cine y una que otra, seguro, miraba nuestras creaciones. De esa época, recuerdo haber programado la película “Tangos, el exilio de Gardel” de Fernando Pino Solanas para acompañar una de las exposiciones a media noche, por ser nuestra ciudad tan tanguera, la sala se llenó especialmente con amantes “vieja guardia” de Gardel. A la media hora empezó el desfile de desertores que creyeron iban a ver una película a la usanza de los años 30 cuando el zorzal criollo vivía. La película es un musical exaltando la lucha de los exiliados argentinos perseguidos por la dictadura argentina entre 1976 y 1983.

La sala de exposiciones del Nápoles además la abríamos para nuestros invitados o a quién pudiera interesar entre 10.00 de la mañana y 1:00 de la tarde, para ello teníamos un comité Ad honorem que velaba por el funcionamiento de la Sala, ese comité lo integrábamos: Aparicio Posada, Carmen Elisa Vanegas, Martín Mejía y yo, más el artista expositor del mes. Aparicio en alguna ocasión trató de buscar recursos inventándose algunas presentaciones con grupos musicales o pequeñas puestas en escena cobrando la entrada, por allí pasaron agrupaciones como “la Papaya Partía”.
un cine club infantil

En agosto de 1988 el comité acogió la idea de realizar un cine club para niños, un proyecto maravilloso que duró un año largo y significó para nosotros una alegría inmensa por pasar cine gratuito los sábados a las 10.00 de la mañana con talleres de pintura, dibujo, arcilla, plastilina y fotografía al final de cada película. Los sábados invitábamos máximo 90 niños y cada dos meses los volvíamos a reunir llenando el teatro y no había niño que se fuera sin un detalle del cine club. Aquí, el comité visitaba el comercio pereirano cerca al teatro y en un gesto solidario con los niños no hubo ningún almacén, ni entidad bancaria, ni librería que no aportara a esta actividad, fue inolvidable este cine club como inolvidable cuando cumplimos el primer año y de nuevo expusimos todos los trabajos en el parque Olaya Herrera con una fiesta donde nos acompañó la banda de músicos de la Corporación Biblioteca Pública Municipal bajo la dirección del maestro José Santos Camacho. A Finales de 1989 al teatro Nápoles se le hicieron unas remodelaciones quedando dos teatros o cinemas que se bautizaron como los “Calle Real”, en homenaje a la calle 20 que en otrora llevaba ese nombre.

Cine club, el corredor de la calle real, 1990
El Cinema Calle Real 1 quedó en lo que era el balcón del teatro Nápoles, pequeño, acogedor con 150 sillas dotado con la mejor tecnología de la época. A Alfonso Segura, Cine Colombia le amplió su radio de acción y lo trasladaron a Cali desde donde gerenció los teatros del Eje Cafetero. Por intermedio de él, yo ya trabajaba en el sótano del teatro Consota pintando los grandes telones para publicitar las películas de la cartelera comercial. Entrar a ese sótano por primera vez me llenó de fantasía, en los 70s, cuando iba a cine allí con mi hermana siempre veía abajo de la pantalla una puerta a mano derecha y por ella entrar un trabajador del teatro, me intrigaba mucho que la película empezará con el trabajador dentro y no sabía cómo era la “película” de ese ser humano detrás de la pantalla: ¿amaba?, ¿moría?, ¿resucitaba? ¿era el malo de la película o le ayudaba al protagonista a vencer a los tiranos? Cuando entré descubrí que encima había un escenario y ausculté por dónde los magos desaparecían a sus mujeres. Una puerta al fondo del sótano conducía al escenario detrás de la pantalla y unas escalas coronaban los tiempos remotos, a lado y lado la escena incendiada por el polvo junto a unos pequeños camerinos y un muro con borrosos autógrafos de no sé qué fantasmas ya olvidados por el tiempo…

La sala de exposiciones pasó a llamarse El Corredor de la Calle Real y Alfonso me propuso hacer un cine club en el Calle Real 1 con muchas facilidades para manejarlo, un pequeño porcentaje de la venta de boletas para Cine Colombia y él desde Cali me prestaba sin ningún costo cualquier película de las que había en bodega y con el dinero recogido ayudar a la sala y a mi trabajo en la programación de exposiciones (ya Aparicio Posada se había retirado del proceso). Así nació el Cine Club El Corredor los sábados a las 11.00 de la mañana y empecé a programar cuanta película había visto en Comfamiliar, lo inauguré con “El Nombre de la Rosa” de Jean-Jacques Annaud, basada en la novela homónima escrita por Umberto Eco, seguidamente presenté un ciclo de Luis Buñuel: “Viridiana”, “Ese obscuro objeto del deseo” y “El Discreto encanto de la Burguesía”. Fueron pocas personas a las primeras funciones, pero de a poco se fue consolidando su asistencia y ese pequeño cinema se convirtió en culto para muchos de los que amábamos y amamos el cine.

Alguna vez cerrando la taquilla se acercó un muchacho flaco al que le gustaba mucho la programación que teníamos y se ofreció a colocar una música diferente a la “ambiental” que habitualmente se ponía en los cines, al aceptarle su sugerencia me dijo que tenía de un amigo suyo una colección de diapositivas de grandes museos del mundo que sería lindo ponerla a rodar antes de las películas, hicimos el ensayo con el tambor de diapositivas que cotidianamente utilizaban los teatros para la publicidad de sus clientes y fue hermoso 20 o 15 minutos antes de iniciar la película disparar 100 o 120 imágenes con obras de los grandes: Van Gogh, Tiziano, Rembrandt, Goya con fondo musical de Erik Satie, Claude Debussy, Chaikovski…a partir de ahí, la taquilla hubo de abrirse con 40 o media hora anticipada porque era una delicia viajar a través de la música y la imagen estática con los grandes maestros de la música y la pintura universal. El flaco era Wilman Salinas y las diapositivas pertenecían al ex alcalde de Pereira Gustavo Orozco Restrepo. En ese cine club nacieron amores y oportunas citas clandestinas, alguna vez la periodista Luz Patricia Cajiao me contó que allí conoció a quien fue posteriormente su esposo.

El primer trabajo que tuvo en su vida, lo tuvo en este cine club Gustavo Colorado Grisales quien me ayudó cerca de un año en la programación y textos de una revista que editamos con la programación del Corredor. De esa época con Gustavo recordamos títulos como el documental sobre una gira de los Rolling Stones llamado “Let’s Spend the Night Together”, o la revolucionaria película de la contemplación humana del poder ominoso de los terratenientes y la humildad infinita de los campesinos “El Árbol de los zuecos” de Ermanno Olmi. Era tanta la aceptación y el nombre que llegó a tener el cine club de la Calle Real que en el año 1992 me llamaron del teatro Comfamiliar con la idea de montar un cine club allí, la llamada fue de Virginia Bernal quien manejaba el teatro Comfamiliar en ese año. A la cita fui con Gustavo Colorado y tuvimos una segunda cita con María Victoria Ocampo, una socióloga que venía de Medellín a encargarse del teatro, en esa reunión nació el Cine Club “Con Todos” haciéndole contrapeso al que había en ese momento de unos muchachos de tendencia maoista estudiantes de medicina de la UTP que llamaban cine club “Vamos Juntos”. Gustavo Colorado se quedó allí con el cine club “Con Todos” y ese ejercicio le valió dos años después el llamado a crear el Área Cultural de Comfamiliar hasta hoy.

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