Que Sinaí ya no me respaldaba y que se había pasado a la campaña de Ernesto Zuluaga. Que yo no merecía que me siguiera, y que por eso me quitaba el apoyo. Anécdota.
Jairo Arango Gaviria
La década de los años 80 fue una época de invasiones en Pereira. Asentamientos humanos ilegales que tenían centros comunes de atención, y cuyas figuras predominantes eran políticos y líderes sociales. Por ello, es imposible hablar de vivienda popular en Pereira sin mencionar a los principales dirigentes que participaron en este proceso. Entre ellos, Sinaí Giraldo, un hombre que frecuentaba la Plaza de Bolívar y subía las escaleras de la Alcaldía acompañado de muchas mujeres y hombres a su lado.
Todo un personaje. Cuando quería entrar a una oficina, simplemente irrumpía en el despacho de algún funcionario, sin importar qué estuvieran haciendo en ese momento. Si no lograba su objetivo, empezaba a vociferar desde afuera de la puerta y en los pasillos. Era esta una gestión atropellada, pero enteramente normal para alguien como él.
Cuando sufrí su intervención, me desempeñaba como gerente del Instituto de Crédito Territorial. Recuerdo que entró a mi oficina, ubicada en el segundo piso, en la carrera 10 entre calles 18 y 19, con un grupo de personas, y como no esperaba algo así, al verlo, le pregunté:
― ¿Qué lo trae a esta oficina y con tanta gente?
Sinaí Giraldo no podía entrar solo a un despacho, si no que venía acompañado de muchas personas, a cualquier hora del día, bajo cualquier circunstancia, para hacer una gestión sencilla.
Esta fue la primera impresión que tuve, pues delante de veinte personas disertaba, y eso, de alguna manera, le daba poder. Lo escuché con atención, le puse mucho cuidado a lo que decía, en un discurso que desconocía cuánto iba a durar. Él sabía que tratar la política como un show le confería réditos.
Un líder
Sinaí Giraldo decía, en esencia, que era un líder viviendista, perseguido por la oligarquía, la clase política, que sus demandas para la comunidad no eran atendidas, y que por eso había tomado con su gente terrenos abandonados, que luego fueron desalojados por ser propiedad privada. Después de oírlo, le dije:
― Mientras usted continúe con esa actitud ―le dije delante de su gente― y la forma de hacer las cosas así va a ser muy difícil que pueda lograr un plan de vivienda para usted y su comunidad. Es necesario que empiece por el comienzo, y, para esto, debe tener un lote libre a nombre suyo o de los interesados, y concertar con el Estado.
Y ahí fue donde empecé, por primera vez, a hablar del proyecto de los 2.500 Lotes. Le dije que íbamos a organizar las comunidades para darles vivienda a todas las personas, que para ello debíamos hacer una lista de interesados, para formalizarlos, y con nuestro departamento de Trabajo Social y Jurídico, los convocaríamos cuando empezara el proyecto.
Al escucharme, Sinaí se emocionó, y dimos por terminada la reunión. De igual forma, la comunidad quedó muy contenta, porque iban a dejar de ser perseguidos, para pasar a ser propietarios. Algo posible con la ayuda del Estado, que se comprometía financieramente a largo plazo, ya que las viviendas se entregarían con servicios públicos.
Directorio liberal
Sinaí era un gran líder político y, entre otras cosas, pertenecía al directorio liberal de Óscar Vélez y César Gaviria, las cabezas visibles de la política liberal en la región. Él mismo tenía mucho poder con estos dirigentes liberales por su forma de ser, pedir y hacer manifestaciones. Era una persona de dichos populares. Cuando me retiré del ICT, algunas personas involucradas en los proyectos de vivienda me impulsaron a ser candidato a la Alcaldía de Pereira. Uno de ellos fue el mismo Sinaí Giraldo.
Él fue con su comunidad a pedirme que me lanzara políticamente a la alcaldía de Pereira, para representar al pueblo. Unas palabras bien recibidas, ya que por mi parte ya tenía la intención de hacerlo. Consideraba que había cumplido un ciclo en el ICT. Había consolidado la empresa financieramente, llevándola a ser conocida a nivel nacional. Gracias a ello, cuando nos evaluaban frente a las otras regionales del ICT del país siempre ocupábamos el primer o segundo puesto en todos los indicadores.
Cuando acepté ser candidato a la Alcaldía, hice campaña desde el pavimento, y así conseguí el respaldo popular. Un día me encontré a Sinaí Giraldo en la Plaza de Bolívar a las 10:00 de la mañana. Al verlo, lo invité a un café. Entramos al autoservicio. Él cogió una bandeja, pidió caldo de costilla, huevos revueltos con arroz, papa rellena y otras cosas. Le dije, Sinaí: usted es de muy buen comer.
― Doctor, es que siempre es necesario asegurarnos, porque no se sabe qué pueda pasar mañana.
En ese momento, él era hincha de mi campaña, y como fuimos creciendo en popularidad y aceptación, volvimos a encontrarnos más adelante en la escuela La Victoria, donde Sinaí era el celador. Él manejaba las llaves de todas las puertas, y disponía de las instalaciones como si fuera el dueño. Nadie se metía con él. Un día, conversando banalidades, le dije:
― Sinaí, ¿cierto que a usted le gusta mucho la plata?
― Sí, doctor ―me respondió―. Me gusta mucho la plata. Y le digo una cosa más: la plata es tan buena, que lo primero que le hacen al santo es la alcancía, y santo sin alcancía no hace milagros.
A su nombre
Aquella respuesta tan directa, aguda y cáustica, siempre me causó curiosidad. En otra ocasión, cuando la campaña estaba más adelantada, y ya Sinaí había organizado a las personas de la comunidad para proveerlas de vivienda según los lineamientos y consejos entregados previamente (por eso en los 2.500 lotes hay un barrio llamado Sinaí, en honor a él. Se lo ganó por su compromiso y perseverancia), escuché que unos dirigentes del directorio liberal estaban tratando de convencerlo para separar y dar un golpe de estado a Óscar Vélez, para impulsar a César Gaviria.
Sinaí fue convencido de dejar a Oscar Vélez y apoyar la fracción de César Gaviria. Reunió a su comunidad. Levantó la tarima en la escuela, invitó a Carlos Humberto Isaza, Rodrigo Rivera, Juan Manuel Arango, Juan Guillermo Ángel, y dio un discurso elocuente. Una persona que estuvo en esa manifestación, y que pretendía impulsar el gavirismo y a Ernesto Zuluaga, el candidato que apoyaban, dijo lo siguiente: que Sinaí ya no me respaldaba y que se había pasado a la campaña de Ernesto Zuluaga. Que yo no merecía que me siguiera, y que por eso me quitaba el apoyo.
El día de las elecciones empecé a hacer un recorrido por los diferentes puestos de votación, y cuando llegué a la escuela La Victoria las gentes me saludaron y me dijeron:
― Sinaí desde ayer mandó a comprar una lechona que ya está acá en la escuela. Además, trajo mariachis, para celebrar el triunfo de Ernesto Zuluaga.
― Sinaí está en todo su derecho ―les dije―. Sé que está en contravía, pero ya perdió. Ernesto es un buen candidato, pero esta vez me tocó a mí ganar. Denle un mensaje a Sinaí. Díganle que haga esa celebración a mi nombre.
Nunca supe qué respondió, pero sí me dijeron que estaba con rabia y que se había comido a trancazos la lechona, y que despidió a los mariachis, sin ni siquiera dejarlos cantar.
Así era como se manejaba la vivienda de interés social en Pereira, y también la política, en su momento.



