Tomados del libro de cuentos próximo a publicarse.
José Adelnide Giraldo Herrera/Obras de Germán Tessarolo
Creíste haber superado todos los problemas y viajaste seguro hasta la enorme capital. Aquella noche te recogieron tus amigos y te trasladaron hasta el parqueadero de la Gobernación. A las diez y media, después de verificar la lista de asistencia, todos treparon al micro que los transportaría durante una diluvial e interminable noche. Soportaste el terrible dolor de cintura allí encogido en ese estrecho asiento, mientras tu compañero de puesto disparaba ráfagas de palabras que liberaban toda la opresión de una vida solitaria. Tu recién conocido exhibió con su verbo todos los argumentos de su sabiduría, desnudando en cada aluvión la enorme flaqueza de su alma y el hambre insaciable de comprensión, hasta el momento en que lo doblegó el cansancio; entonces pudiste dormir, mientras tu vejiga presionaba con dolor, reclamándote la urgente necesidad. La noche fue desapareciendo poco a poco y la niebla mostró a través de su espesor una enorme avenida envuelta en la maraña de las construcciones aferradas a las lomas; luego la urbe se mostró agresiva, como un interminable laberinto de edificios y avenidas; entonces, como todo tiene su fin, el micro se detuvo frente a un enorme portón de madera, y descendiste con ellos. Después, con gran esfuerzo pudiste darle sueltas al agua retenida, que, aferrada a las paredes de tu vejiga, resistía salir, hasta que al fin te sentiste liberado. La visita a la enorme feria del libro se cumplió y el día seguía lluvioso.
Centenares de visitantes al afamado acontecimiento internacional, se cruzaron contigo, mientras tus ojos apenas podían descifrar los altos costos que anunciaban las editoriales en cada una de las solapas de los mostradores. La mezcla de curiosos y escritores, de intelectuales y hambrientos del saber, te daban la sensación de estar en la auténtica meca del conocimiento.
Luego vino el espectáculo, junto con los pasabocas; y tú, creíste que no te iban a alcanzar. Ávido de probarlos te levantaste de la silla y caminaste los metros necesarios para procurarte uno. En tu hombro colgabas el maletín, en una mano portabas la vitela de “La última jugada”, que te habías ganado recientemente, y con la otra, tomaste la golosina que llevaste a tu boca.
Entonces fue cuando todo se te vino encima con el primer mordisco; porque ese vacío terrible que en otras ocasiones ya habías sentido, ahora regresaba con furor. Tu lengua tanteó todos los rincones de tu boca, y notaste que ya no estaba allí. Creíste por un instante que te lo habías tragado, pero desechaste la idea porque aún conservabas todo allí. Saliste disparado en busca de un servicio sanitario para escudriñarlo todo, mientras seguías sondeando con tu lengua el contenido fatal; pero nada alertaba ilusiones de hallarlo; luego de varios minutos angustiosos pudiste penetrar a una de esas cabinas, donde sobresalían las huellas de los anteriores visitantes, diseminadas por doquier: el piso húmedo y manchado, y la taza saturada de un líquido amarillento; pero a ti sólo te importaba escudriñar el contenido de tu boca, con la ilusión de hallarlo. Como pudiste, juntaste tus dos manos para depositar en ellas todo el contenido, pero allí no lo pudiste hallar. Con tus rodillas apretabas con fuerza la maltrecha vitela de “la última jugada”, que insistía en deslizarse hasta el piso lleno de miserias. Tu hombro derecho luchaba por no dejar caer el pesado maletín. Tus manos juntas retenían el pasaboca masticado; y en una eternidad de impotencia, al no hallar lo que querías, soltaste el agua del sanitario una, dos y tres veces, hasta lograr la transparencia dentro de la taza, y lavaste tus manos. Luego te esfumaste como un delincuente de aquel lugar.
Todo estaba perdido.
De pronto pensaste que podrías hallar algo, allí, en aquel lugar fatal donde tomaste el pasaboca, sin pensarlo dos veces corriste presuroso hasta aquel sitio y de rodillas, entre la gente que aún permanecía reunida, pudiste ver el diente, allí tirado sobre el viejo tapete. Lo tomaste en tus manos y sin que nadie lo notara, lo introdujiste de prisa entre tu boca para cubrir de nuevo el horroroso portillo.
Entonces, se iluminó tu rostro y te pudiste levantar, para mirar a los que te rodeaban, con la mejor sonrisa.
Dosquebradas, mayo 2008
Carta a Rubiano
Aún no se sabe cuánto tiempo estuvo allí. Ni el mismo podría decirlo. El carro había llegado con el correo. Perdido en el abismo, donde las manos no alcanzan a llegar, apenas percibía en su mente las imágenes distorsionadas por la realidad distorsionada. Ah, que infancia…ah, ¡que infancia! Allí en Tarragona la había conocido. Sus pecas abundantes convergían al centro de dos alargadas y graciosas trenzas. Más tarde supo que se llamaba Soffy, simplemente Soffy.
Por fin gruñó de nuevo el carro. Ya habían descargado el correo. Levantó maquinalmente la vista, pero su mente estaba sumergida en el recuerdo, allí en donde se pierde la noción del tiempo y empieza a vivirse la eternidad inconsciente. Grandes letras de molde sobre el fondo blanquecino sobresalían, confundiéndose en el torbellino de su mente: C O R R E O. Una bocanada grande de humo asqueroso escupió el furgón, mientras se alejaba por la calle, que ardía en calor. Maquinalmente tosió. Las gentes pasaban a su lado casi pisándole los pies; pero él podía ver aún a la chiquilla corriendo por la calle principal, la polvorienta calle de Tarragona. Podía ver a Soffy con sus eternas pecas y sus ojos vivaces, sus grandes ojos cafés. Señor, ¿me da una mano? le había pedido entonces. Estaba a punto de perder un par de huevos que llevaba sobre los paquetes del mercado. Fue entonces cuando él se fijó en sus ojos, para descubrir sus catorce años y un hoyuelo demarcado en su sonrisa…Qué vaina entonces –dijo. Sus manos palparon sus bolsillos, hasta encontrar el paquete, que aprisionó con el cuidado de siempre. Recorrió la quieta fila de cigarrillos hasta extraer uno, con sus mugrientas uñas. Lo encendió contra su cara. Después, como un autómata se fue alejando de allí hasta dejarse tragar por el infierno.
La calle ardía; y allí, al borde del correo, aún podía leerse un sobre arrugado que decía: “Para el señor Rubiano, de Soffy”.
Dosquebradas, noviembre de 1982



