Una cita con la canción lenta en Medellín

Franco Simone es autor de poemas del puro hueso lírico, que no se guardan nada y a los que no sobra una anáfora.

Juan Guillermo Álvarez Ríos

Las emociones parecen prontas a volcarse. Lo harán sin que haga falta la presencia física de alguna de las estrellas que vinimos a ver: Buddy Richard, Juan Bau, la inglesita Jeanette, Danny Cabuche y Franco Simone. Somos los baladófilos del gran país paisa y hemos atendido el llamado de La Meca, Medellín, la única ciudad colombiana supérstite del culto a la canción lenta, vale decir, capaz de llenar un auditorio superior a 10.000 adictos al milenario género fundado por los trovadores.

Una canción de Ciro Dammico, Così era Cosí sia, en la versión volcánica de Dyango, Cuando quieras donde quieras, logra arrancar, en efecto, los primeros aplausos que incineran el aire sobre las cabezas del hervidero humano reunido en el centro de eventos Centauro. Estamos en fila desde las cuatro de la tarde de este viernes 14 de marzo y ahora, sobre las ocho de la noche, recibimos estoicos el castigo de los extensos preámbulos: teloneros inconexos con el género de la canción lenta (Pepe Guerrero, de la “nueva ola de canción popular”), y media docena de animadores estridentes. Nada de esto parece auspiciar el sentimiento vero. 

Ya dentro del auditorio, una armazón rectangular de metal y acrílico semejante a una oruga cuya cabeza de crisálida asoma en el escenario con luces y parlantes, un sector del público, los que llegan tarde, no se resigna al sitio asignado e instala, donde caen, docenas de sillas que traen a cuestas, abarrotando  los pasillos y el área frente al escenario, incomodando a los que llegaron más temprano. No se respira un aire comunitario, sino microambientes, grupúsculos que atienden su propia realidad y con torpeza invaden el espacio personal de los demás. Da la impresión que la ciudad no ha sobrellevado bien ser la cuna del mal, esto es, de Pablo Escobar, que simboliza un fenómeno aún dominante: ir por fuera de la ley, en nombre del capricho, traicionar el pacto social y sacar, en toda circunstancia, una alevosa ventaja. Una ansiedad descuidada atropella el auditorio. Al principio las voces de los ultrajados se alzan en coro para rechazar a los invasores. Pero terminan por desistir, por dejarlos hacer. Los viejos y las mujeres no escapan a la indelicadeza, al desmedro verbal, a los gestos de zombie. 

Una catarsis

Los antioqueños hacen una catarsis en cada espectáculo. Conviven al borde de la gresca. Irrisorios patrones imponen una ley personal que se sale con la suya en infracciones grotescas que paralizan el fluido de la ciudad. Señales de rencor salpican cualquier expresión de arte. Los paisas gozan sufriendo. Algunos llaman a los de logística en un intento por despejar al menos la salida de emergencia. Suponemos que algo podrá hacerse, a juzgar por la actitud decidida del hombre a cargo, pero un minuto después tiene lugar una nueva componenda: de una caleta detrás de la salida, traen más sillas que obliteran el pasillo que conduce a la salida de emergencia. 

Cuando cualquiera pensaría que se van a las manos o la policía pondrá orden, todos apretujados siguen adelante, y el espectáculo arranca por fin, a un milímetro del abismo. La ciudad ha normalizado el caos.

Lo asombroso es que el show sigue. Que a pesar de todo terminan compartiendo un espectáculo. 

Afuera la lluvia arrecia. Que lave las afrentas y llegue la reconciliación que en el fondo todos esperamos para esta magnífica ciudad.

Cada ciudad tiene un alma. Se vuelca en obras que exteriorizan su voluntad y sus sueños. Medellín late en los que vivimos de sus genes. Sus gentes y sus genes pulsan en nosotros. Los legados deben, por tanto, asumirse activamente. Declararse de viva voz. Renunciar a ese pasado es negligir una parte esencial de lo que somos. Negarnos a nosotros mismos.

La intención de un legado

Hay una intención que puede rastrearse en las presentaciones más recientes, que pueden ser las últimas, lo pensamos y lo callamos, de algunos destacados exponentes del género cuya influencia aún gravita en nuestro medio.

Jerónimo, en la fantasmagórica aula máxima del colegio Fabio Vásquez Botero, de Dosquebradas, propuso meses atrás una antología en la que resalta la chanson: temas de Adamo, Jacques Brel y Aznavour. “Esta es mi música”, parecía decirnos. “Recuérdenme por mis canciones y sigan la huella de mi sentimiento por estas otras que he elegido esta noche”.

Y esta noche, la del 14 de marzo del 2025, a continuación de Juan Bau, que nos ha regalado sus éxitos y ha querido ser recordado por la canción que escribió en el hotel Tequendama inspirado en el dolor de un niño desamparado (Penas), Jeanette, la inglesita, intercala, entre los dos álbumes que pergeñaron su fama de la mano de Manuel Alejandro, una canción de Manzanero del álbum Romance de Luis Miguel: No sé tú, un guiño refrescante.

Ya Buddy Richard, el primero en escena, había planteado el juego, con hermosas versiones de dos temas que parecieron elegidos para tomarle el pulso al público: Mentira, de la diva milanesa Iva Zanichi y Guitarra suena más bajo, de Nicola Di Bari. 

Y Franco Simone

Pasada la medianoche, satisface a todos con sus más recordados temas, pero quiere incluir también dos muy cercanos a su corazón, un fragmento de la ópera Stabat Mater, y el que llama “mi canción favorita en español”: Procuro olvidarte, de nuevo un hit de Manuel Alejandro y Ana Magdalena, que el nicaragüense Hernaldo hizo famoso. Franco Simone, el Cavafys de la balada, es autor de poemas del puro hueso lírico, que no se guardan nada y a los que no sobra una anáfora. Il poeta con la chitarra desgrana sus versos a los oídos de un auditorio cuyo fervor no pone en duda. Por eso bromea, con una ternura que quiere ser su mejor regalo para nosotros. 

“Y te amo te amo te amo te amo te amo”, escancia su alma y escande su verso para un público que ha esperado por este momento.

Su emoción de estar otra vez en Colombia, después de veinte años, se desmarca de toda convención. Nos conoce bien, lo suficiente para cumplir su cita con un pormenor poético y un empaque de trovador. 

Sus ojos, detrás de los lentes, brillan. Su rostro irradia una sonrisa que electriza sus gestos. 

Su calidez nos regala delicadezas que hay que saber paladear. Ha dicho que no tiene ningún afán, que su noche es nuestra. 

Cómo nos remite a esa sensibilidad que nos ha alimentado con los surtidores lácteos de Roma.

Cada gesto configura el ritual de un grande, de uno de esos que no volverán. Que no pasarán. 

La salida a escena

El destello de la seda negra entre la penumbra y el metal de los instrumentos. El chaleco abotonado, como en Jerónimo, remata el traje impecable. Como en Lampedusa aquel junio de 2011, cuando nos fue deparado ver a Baglioni y a Giacobbe.

Y luego el saco afuera, como dejando lo accesorio, como desnudando el sentimiento. 

Como Cocciante al piano en Margherita.

Franco se va entregando en cada tema.

Y la cofradía, los musicisti, es exaltada como pares. Los presenta uno por uno. Ahora son sus amigos. El trovador y su combo.

Todos merecen el aplauso, gesto de poética justicia que también cumplió Jeannette.

Un cordón umbilical nos une a nuestra madre latina. 

Y Franco, que rehúsa ser llamado maestro, es la cumbre de una noche de canzoni. De un género que ha sabido honrar de una forma personalísima desde aquel 1972 en que dio el salto de la nada al todo. 

Todos los demás, los grandes intérpretes de esta velada, gravitan en torno suyo.

Su obra es el fruto redondo y maduro del sentimiento vero.

Es todos los que no están aquí.

Es Tozzi (¿quién, si no él y Bigazzi, nos han enseñado a decir Te amo?), y es Baglioni. Es Di Bari y Giacobbe.

Y es Mogol y Battisti.

Y es ante todo él mismo, por supuesto.

Franco Simone.  

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