¿Ya leyó “No me ponga a negociar con la viuda”?

Luis Fernando Cardona
A juzgar por el título, podría suponerse que se trata de un compendio de humor
negro.  Pero no.  Es la primera novela (de varias que permanecen inéditas) que
publica el escritor Jorge Diego Hernández, una obra maestra de la narrativa negra
o novela policiaca.
Jorge Diego nació en 1962 en Marsella y en 1993 ganó su primer concurso de
cuento con la obra “Sirena de Agua Dulce”.
“No me ponga a negociar con la viuda” escenificada en Marsella, Risaralda, retrata
la vida apacible en un pueblo del Paisaje Cultural Cafetero, llamado también el
Municipio Verde de Colombia desde cuando don Manuel Salazar sembró un árbol
diario en su finca logrando el reconocimiento mundial, por su empeño en
conservar el bosque nativo y preservar las fuentes hídricas.
La primera escena parece tomada de una aterradora producción cinematográfica.
Recrea el macabro desfile automotor que acompaña a la volqueta donde son
transportados siete cadáveres rescatados de la vereda Beltrán, en el sitio
tristemente célebre conocido como Remolinos, de donde se extraían los cuerpos
represados, de las víctimas de las violencias que han azotado al suelo patrio,
antes de ser depositados en el cementerio más bello de Colombia.
La narración zurcida con exquisitez literaria, pero sin rayar en el culteranismo,
involucra al lector en la vida de un acaudalado finquero, don Roberto Rico, que
construye su fortuna sobre la desgracia de sus semejantes, a quienes somete a
sus exigencias desmedidas con la promesa de salvarse de una ruina inminente.
Cafetales de las fincas bañadas por la quebrada La Nona y calles centenarias del
pintoresco pueblo, enmarcan una historia real, que bien pudiera aplicarse a
cualquier pueblo colombiano, en especial en tiempos de la bonanza cafetera,
cuando el dinero a montones sorprendió a los campesinos y no les permitió
prepararse para la llegada de las vacas flacas.
Un simple botón sirve de muestra para explicar la habilidad con que don Roberto
Rico se fue apoderando de las tierras más productivas de la zona: “Gonzalito

González salió apresurado caminando sin ningún rumbo.  Sus pensamientos le
daban vueltas y revueltas sin encontrar ninguna fórmula cómo remediar la
situación que estaba viviendo.  Él, que mejor que nadie, sabía que las coas no se
iban a dar como don Roberto le prometió.  Tenía conocimiento que el acuerdo de
la sociedad lo efectuó por lo menos con 30 caficultores, y a 20 de ellos, después
de dos o tres años, no les quedó más remedio que venderle la parte que aún
conservaban de la propiedad de la finca, ya que don Roberto empezaba muy
entusiasmado invirtiendo en la sociedad y luego de un año no volvía a poner ni un
solo peso para el sostenimiento del café con el argumento de que las cosas
estaban muy duras…”
La novela tiene todo tipo de personajes:  El agiotista, el mafioso, el médico, la
mujer caritativa y altruista, la hija humanista que no comparte los procederes de su
padre, el hombre alegre y divertido infaltable en las fiestas familiares y el orate que
arriesga su vida porque se cree protegido del demonio.
En 190 páginas lleva al lector por todos los estados emocionales, desde la rabia y
el dolor, la tristeza y el olor a muerte, hasta la carcajada.  Como en aquella
sentencia de humor negro cuando le dijo al vecino mientras le ofrecía una suma
de dinero por su anhelada finca apresurándolo a tomar la decisión:  “No me ponga
a negociar con la viuda”.

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