Lucero Cifuentes la bendición de Dios

Ángel Gómez Giraldo

“Lucero Cifuentes  es la misma bendición de Dios”. Esta frase  elaborada para mostrar la bondad de una mujer que le entrega  su corazón a las gentes de Pereira  que lo necesitan,  porque no les es suficiente el que tienen para  vivir bien, se la escuché antes de morir a un allegado de Dios, sacerdote Narciso García, párroco de la iglesia de Morelia, sector rural de Pereira vecino de esta dama, señora de virtudes y madre de quienes no la tienen.

Llegó Lucero Cifuentes aquí cuando la morena, querendona y trasnochadora pasaba por el estirón de la adolescencia y abría  sus ojos negros y románticos con miras a ser la capital del Departamento de Risaralda.

Ya caminaba  de la mano de quien sería el arquitecto de su destino, hombre de arboleda, fuentes termales y jardines, de nombre  Miguel Darío Arbeláez.

Y todo ha sido verso en ella, mujer copa de azucena recién abierta.

Yo tropecé con ella en un diciembre y percibí su fragancia de flor nueva en un pequeño almacén de arreglos navideños que había abierto con ilusiones de todos los colores.

Hermoso su rostro tatuado de bondad atendiendo la orden de defender la felicidad,  dada por el escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti.

Y así la contemplé, sonrisa de paloma blanca.

Siendo yo apenas un extraño,    al solicitarle en venta uno de sus bellos arreglos exhibidos para adornar el pesebre personal, no me lo vendió sino que me lo obsequió. En todo el almacén se le escuchó decir con voz cantarina: “Se lo  entrego como aguinaldo”.

Desde ese momento empecé a amar su bondad. También pensé lo que muchos años después escucharían de boca  del  sacerdote Narciso: “Esta mujer es la bendición de Dios”.

Luego verla en las Damas Grises  y en las Damas Rosadas era el rocicler del verano. Seducida y entregada a las obras sociales, dando pedazos de su propia vida a quienes les hacía  falta de lo que  le ha sobrado como la bondad.

Compartiendo

Cuando se dio cuenta que a muchas personas les faltaba pan y medicamentos  abrió la Fundación Granito de Amor y sentó en silla blanda a la filantropía y empezó a permanecer las tardes. Dama afortunada entregando a los demás con amor lo que la vida le dio de sobra.

Y le llegaron otras damas rodeándola para el servicio de dar a  cambio de nada.

Con sus manos grandes como dos mundos le daba de comer al que pudiendo comer no tiene nada para comer, sin importar su condición y estado social.

Hasta enfermera ha sido que cura las heridas de los habitantes de la calle y de aquellos perdidos en el vicio, justificando esta acción diciendo: “La caridad no mira a quién se le hace”.

Su voz se torna grave  cuando recomienda a las demás señoras de la fundación: “Compartan lo que tienen, no sean cocodrilos hambrientos que todo se lo comen, sin dejar ni siquiera migajas para los demás”.

¡Ay Lucero Cifuentes, himno de Granito de Amor, mujer musical, canción para todos! ¡Cantas y el alma no se te queda adentro, sale para que se vea su blancura!

Qué no has hecho mujer para defender la alegría. Hasta le pusiste  guitarra y traje a los huérfanos músicos de la calle. Diseñaste sonrisas para los ancianos que perdieron las perlas de la boca en el camino de la vida. Sacaste perfumes de las fuentes sagradas  para aromatizar hasta  sombras desgarbadas y sucias  que pasan frente a la casa de Granito de Amor.

Tumbaste tu casa de bahareque de Morelia y la volviste a construir para tener palacete  y sentar a manteles de banquete a tus seres y amigos más queridos.

Y como tu pariente más allegado y mejor  amigo es Dios, le arrimaste capilla con lámparas de fe a la nueva edificación.

Allí le das felicidad a los tuyos en los días  y  fechas para celebrar.

Miras con sonrisa y sonríes con los ojos a todos los que pasan cerca de tí y regalas cosas ricas a los niños pobres.

Son ángeles que te envía el Cielo para bendecir tu generosidad.

Cubres desnudeces y calmas hambres ajenas.

Te miro a los ojos y veo que no hay mejor manera de uno realizarse que compartir lo que se tiene.

Hasta pagas costuras ajenas para coser tu inmortalidad y llamas forasteros para calmar la sed de los marchantes.

 

Dicen de ella

Ana Francis  Marín Urrea,  una de las amigas que se han convertido en ángel de compañía suya, saben lo que muchas personas no saben de Lucero Cifuentes, que  es la versión exagerada de la caridad y la caridad a manos llenas.

Sin lugar a dudas “Lucerito”, como se le llama con el  sentimiento del  amor, es la intérprete de los sueños de los que casi nunca   logran realidades.

Es de todos los días para todo el mundo, pero tiene dos días  especiales: lunes de acordeón y canciones y martes para la entrega de mercados a quienes no mercan porque no pueden.

Se rumora que muchos descamisados y desbolsillados quienes por no tener billete no pueden llegar a ningún  Pereira, sí van al barrio Cuba, a Santa Rosa de Cabal, a La Virginia y hasta Armenia cuando Lucerito les proporciona el tiquete para viajar.

¿Y el músico de acordeón Jaime Duque qué opina  de Lucerito?

– Pues que instrumento y persona se pelean la alegría de cantar. 

En otros momentos Lucerito suele llorar sobre cuerpos heridos e intenta sanarlos  con ungüentos de sus fórmulas secretas y con sobredosis de esperanza, y canta:  “Sana que sana rabito de rana, si no sana hoy, sanará mañana o si no cuando le dé la gana”. Y es como con sus manos.

En estos momentos todos los  que conocen a Lucerito y han recibido su protección y abrazos, oran para que recupere la salud ya que aqueja algunos quebrantos.

Dios, déjala aquí para que los que no tienen fortuna, por lo menos tengan alegría.

“Y sin embargo hasta el final luchamos/ por dejar huella del fugaz instante/en que amamos, soñamos y creamos./ Todo un mundo, tal vez, en el diamante/ o gota de rocío que al alba hallamos/ en palabra perpetua y palpitante”.

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