Meses, ciclos y años inteligibles

Quien se apropió de la adorable atracción que emitía Clarita era de una familia
judía, o sirio libanesa con propiedades en esos lados de la costa.

Guillermo Gamba
Emilio Palacín, mi padre, buscó a Clarita. Viajes y búsquedas que trajinó con
penurias y cruces en los caminos. Preguntó en caseríos y rutas de las sabanas de
Córdoba y Sucre, en San Pelayo y al norte y sur de Bolívar; la imaginó en una
casa de hacienda donde dos jinetes arreaban una recua de vacunos y una voz
arrastraba arabescos de vaquería:

Haaaleee. Haaaleee. Haaaleee.. mariposa.
Haaaleee. Haaaleee. Que ya vamos a llegar.

Haaaleee. Haaaleee…
¡Uyuyuy Jujuyy! mi compañera,
¡Uyuyuy Jujuyy!… ya te vamos a ordeñar”.

En San Pelayo Córdoba capital nacional del porro en Colombia, existen dos ritmos
muy particulares: El canto de vaquería y el grito de monte. Este es un documental
que busca rescatar una tradición.
Magangué
Un resplandor marcó el límite de aguas inundadas que pasan por la Depresión
Mompoxina y La Mojana; ahí el momento, sintió tambores, sonidos de un solo
parche de banda papayera, golpes al cuatro por cuatro de un porro que le
golpearon el corazón. Todo porque había puesto el hilo de su esperanza en canoa
y chalupa.
Iba de pueblo en pueblo, siguió el sonido y el rumbo sobre el agua hacia donde
viviera la música y alguien del grupo le indicó los rastros del músico médico y
viajero que buscaba. Era aquel que sabía la ruta por donde se coló la historia de
una secuestrada que vivía atrapada entre silencio y telarañas; él estuvo allá y
atendió a Clarita, había caminado hacia un lugar bajo el rumbo de las aves
migratorias donde vivía metido un desquiciado, su guarida del secuestro, una casa
entre los árboles que era un escondite de amor tormentoso y profanador de la
libertad.

 

Lo buscó sin encontrarlo, guiado por una intuición sin conocimiento o certeza del
fin que conducía hacia una noche tenebrosa en Rincón del Mar.

Cartagena
Y algún otro día encontró en Cartagena a la profesora Domitila que conocía del
caso, lo sabía de buenas fuentes con las indicaciones precisas para que la
buscara por esa esquina cóncava del mar donde en las tardes los negros bailan y
cantan a capela con ritmo de mapalé, porque quien se apropió de la adorable
atracción que emitía Clarita era de una familia judía, o sirio libanesa con
propiedades en esos lados de la costa y el músico, médico y viajero los conocía.
Emilio volvió a su casa en Santa Elena, al día siguiente una mariposa monarca
apareció de repente con vuelo torpe hacia una muchacha que podaba en el patio
una orquídea también monarca, ella descifró anuncios en cantos nuevos de
pájaros alterados por la nube de monarcas que la seguía y comenzó a medir un
tiempo distinto hasta aquel momento. Las fragancias y el movimiento sutil del aire
anunciaron la presencia de Clarita cuando apareció en el camino de entrada con
Ana María Trujillo, venía desde un pueblo de Córdoba.
Cuando habló descorrió la espesura de su ausencia. Ana María Trujillo la había
encontrado tras las pesquisas de un investigador contratado por mandato de su
padre. Quiso cumplir esa promesa de don Alfredo Trujillo y lo logró.
Clarita se abrazó a Emilio, su hermano. Miradas largas, redescubrimientos,
ninguna lágrima, miradas tiernas, cada uno puso manos sobre el otro, sus yemas
recorrían sus cuerpos con suavidad curativa a los daños que sus vidas les habían
traído.
El abrazo y las palabras.

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