Germán A. Ossa E.
Ridley Scott es un personaje. Un director de Cine inglés con muchos méritos y pergaminos. Pero eso no le da el derecho para hacer de la historia, su historia. Me explico, el cine le permite a los que lo hacen, contar lo que quieran: Sus fantasías, sus sueños y sus inventos, como lo deseen; con los actores, las actrices, los decorados, los textos y/o los diálogos que quieran, en el tiempo que lo deseen y con las luces y las sombras que se les venga en gana. Pero cuando se trata de un “biopic” (de contar algo sobre un personaje, sus hazañas, sus logros, su manera de ser, lo que hizo por la libertad, por los demás, etc. etc.), sería muy bueno que se ajustara a lo que muy probablemente, este o aquel personaje hizo en la vida real. Y muchas de las cosas que en esta oportunidad don Ridley Scott le mostró al mundo sobre Napoleón, son sus apreciaciones, su interpretación, lo que a él se le vino en gana decir, lo que ha pensado todo el tiempo, lo que significó para su vida y su mundo, y que, en muchos casos, es muy diferente a lo que este hombre en la vida real, hizo… y hasta des hizo. Me hubiera gustado haber leído todos los libros que por mis manos pasaron sobre la vida y obra del Grande Napoleón, para tener elementos de juicio bien puntuales, para refutar en esta nota lo que fundamenta este comentario, pero me tranquiliza el hecho de saber que quienes sí conocen su vida y casi que, al pie de la letra, ya lo han dicho en más de una oportunidad, desde cuando la cinta empezó a hacer taquilla en las más importantes salas de cine del mundo. Pero me limitaré a anotar algunas que considero, si bien no tan esenciales ni fundamentales ni determinantes, sí muy malucas y detestables, pues en su caso, obedecen solo al hecho de mostrar al genio de tantas guerras, desde una mirada envidiosa, que se detuvo más en lo corporal, lo sexual, pues don Bonaparte merece más respeto, ya que lo íntimo, lo privado, si no fue determinante para consolidar sus valiosas actuaciones en su gloriosa vida, obvio, no hubiera sido jamás ese personaje que ayudó tanto para la construcción de una sociedad como la francesa, que aún hoy por hoy es modelo de civilización y cultura en este planeta plagado de traumas, envidias, y cosas absurdas que no valen la pena ser mostradas de manera tan marcada y en planos cinematográficos tan lujosamente preparados.
Vi la película por más de una razón, pero más por una sola cosa: Admiro de manera impresionante al actor, a Joaquín Phoenix, y estoy convencido, que, me arrimé a la película por verlo a él, aunque a veces pensé que estaba observando a Napoleón, y eso me tranquiliza, pues no me adentré en la historia porque si Scott tiene muchos vacíos, yo le gano. Aunque a mí no me interesa rebajarle a su poderío, a su portentosidad, a su frenética obsesión, por el simple hecho de “sacarle los trapitos al sol” porque sufre de una tal eyaculación precoz… Eso es demasiado íntimo. Demasiado.
Todos sabemos que Napoleón es el segundo personaje con más películas hechas sobre su vida y obra en el mundo, después de Jesucristo. En 1897, dos años después de haberse inventado el cine, ya alguien lo había tenido en cuenta para meterlo en varios fotogramas, pues obvio, lo consideraba un “fuera de serie”. Obvio, lo valoraba como un varón que no era infante ni marinero como Ridley Scott lo consideró, porque obvio éste varón fue, un extraordinario artillero. Que obvio es otra cosa.
En todas las películas, a excepción de esta que hace un inglés que le apunta a su debilidad sexual, así se esmere por ponerlo en unos paisajes inimaginables y se deje acompañar de extraordinarios recursos cinematográficos, una muy bella fotografía saturada de filtros, coreografías fabulosas, una música espectacular, decorados mágicos y hasta un ritmo avasallador, actores y actrices valiosos, capaz de mostrar a este ser como un hombre detrás del mito de un líder militar francés que buscó a toda costa su ascenso para llegar a ser un Emperador. Que era lo menos que debía asegurarse.
Esta película, gracias a la habilidad artística de este realizador, es muy fácil que se anteponga la espectacularidad al rigor histórico. Que es bueno y atractivo, pero no lo fundamental.
Y lo dije antes, vi la película con más ganas de ver al actor que al personaje, así lo respete (me refiero a Napoleón), porque me parece que es necesario y vale bien la pena, porque creo que ningún otro realizador pensó en que Phoenix podría ser ese poderoso líder, y menos conociéndole su raro labio superior y sus excentricidades y su historial interpretativo, pero como el director sabe conducir a sus trabajadores, logra hacerlo a la perfección. Ahí veo un gran potencial y mejor aún, cuando en esas dos horas y media de proyección, fue muy poco lo que me hizo sacudirme en la silla para aterrizar en la historia que vi, leí y me gocé, y quedé satisfecho con el placer que experimenté apreciando en cientos de formas a Joker, al emperador Commodus, al hippie de “Puro vicio”, al sacerdote de “Quills” o ese “chulo” que aparece extrañamente divertido en “El sueño de Ellis”, vestido y gritando (como guerrero) y sumiso y semidesnudo (como un tonto enamorado de una Josefina faltona), porque todo lo hizo (lo hace) bien, a la perfección.
Y vuelvo y digo, me sigue gustando más el NAPOLEÓN de Abel Gance de 1927. Y no me da pena decirlo, ni de Ridley Scott que ha hecho cosas tan espectaculares como “Los duelistas”, “Blade Runner”, “Alien”, “El octavo pasajero”, “Thelma y Louise”; ni de nadie.
Que ya es mucho decir.




