Cuando asumió la Secretaría de Cultura, lo hizo con un sello que pronto se volvió evidente: puertas abiertas para todos. Aquel que llega con cita es atendido; el que se aparece sin agenda también.
James Llanos
El 15 de enero de 2024 recibí una llamada que aún recuerdo con nitidez. Al otro lado de la línea estaba una mujer activa, firme en su pensamiento, organizada y, sobre todo, profundamente sensible con la ciudad. Me contó, casi con emoción contenida, que a la Secretaría de Cultura llegaría una mujer diferente: de esas que saben enamorarse de un atardecer en la avenida Circunvalar o del trabajo silencioso de una artesana en la carrera séptima; de esas que respetan las raíces de un indígena, la fuerza de un afrodescendiente, la magia de la danza, el teatro, la literatura o la música. Una mujer capaz de recorrer Europa y Sudamérica y, en cada paso, guardar en su corazón un fragmento de arquitectura, un mural, una escultura erguida en una esquina, un niño jugando, una mujer en su cotidianidad. Todo aquello que, en esencia, compone y recompone a un ser humano sensible.
Diez días después, nos encontramos en un café del centro de Pereira. Allí me esperaba la doctora Emilia de Socorro Gutiérrez Gómez, una profesional en administración de empresas y gestora comunitaria, con una sonrisa fresca y cariñosa, vestida con un traje sui generis, tan poco común como ella misma. Ese detalle, lejos de ser anecdótico, era un reflejo de su historia: años atrás había liderado un emprendimiento de rediseño de ropa usada para entregarla a quienes más lo necesitaban, asimismo linda labor social con la Fundación ‘Amor Por’. Nos sentamos, pedimos café, y durante más de una hora y media la escuché hablar. No era un discurso aprendido ni una lista de promesas, era su manera de concebir la cultura: amplia, democrática, incluyente. Me habló de acuerdos, de consensos, de reconciliación y de paz. Me habló del arte como estímulo para todos, sin distinción de clase social, religión, ideología o estrato. Y mientras la escuchaba, comprendí que su mirada iba más allá de la gestión: era una apuesta por transformar a la ciudad desde lo humano.
Y asumió
Cuando asumió la Secretaría de Cultura, lo hizo con un sello que pronto se volvió evidente: puertas abiertas para todos. Aquel que llega con cita es atendido; el que se aparece sin agenda también. Y siempre responde con sinceridad: un “sí” cuando es posible, un “no” cuando es imposible, y un “posiblemente” cuando hay algo que gestionar. Muchas veces aporta desde sus propias posibilidades, en tocar la puerta de filántropos o en tender puentes con artistas y gestores culturales. Así empezaron a consolidarse proyectos que ya estaban en marcha, y a nacer otros nuevos, siempre con un aire de innovación y un deseo profundo de transformar a la ciudad.
Emilia comprendió muy pronto que el arte debía salir de los auditorios y llegar a las comunidades. Supo articular escuelas, barrios, instituciones de niños en recuperación y programas para personas con capacidades diversas. Unificó algunos colegios de básica y media con universidades, vinculó las Escuelas de Arte, la Banda Sinfónica, la Biblioteca Pública, el museo Lucy Tejada, el Teatro Santiago Londoño, la sala de exposiciones Carlos Drews Castro, la Emisora Cultural Remigio Antonio Cañarte y los artistas locales en un mismo esfuerzo. Desde la periferia hasta el centro, Pereira brilla con otra luz. Y en 2024, por primera vez en muchos años, la Secretaría fue reconocida como la mejor de la administración municipal, no solo por la calidad de sus muestras artísticas, sino por el impacto social que generó: esperanza para niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.



