Escrito a todas, a todos
Andrea Ruiz Manrique
Le tiré una almohada en la cara, fui violenta, me equivoqué, me avergüenzo, no estoy orgullosa. Seguido a eso, él me tiró al suelo, y con mi cara apoyada en la baldosa me dio puños en el brazo, otros en la espalda, salió del cuarto, volvió a entrar, me dio una patada y dijo “váyase”, ¿cómo en una habitación puede caber tanto miedo? Una hora antes estábamos felices, tomando cerveza, riéndonos, hablando de la vida, de lo afortunados que somos, del privilegio que nos cobija, de sueños, de fútbol y de política también. Éramos expertos en pasar de la euforia a la decadencia, alegrías momentáneas dentro de un desastre.
No fui capaz de despegar mi cara del piso, me quedé ahí tumbada toda la noche. Él se acostó, se cobijó, se durmió. Con un rayo de sol volvió algo de mi seguridad, sentía el brazo engranado, entumido. Sin mirarnos, le pedí que pidiera un taxi, me fui. Los morados desaparecieron con los días, pero la culpa se quedó a vivir conmigo, íbamos como un ente juntas, de la casa al trabajo, al almuerzo con mis papás, al cine con él ¿cómo podemos estar tan vivos y tan muertos al mismo tiempo? Sentía que era mi responsabilidad su desprecio, por tirarle la almohada y también por “chiquita, por flaquita, por blanquita”. No lloré, no me enojé, no reclamé. Me quedé, rogué y mendigué por amor en donde ya no me querían. Le conté a mi prima la polocha, ella me aconsejó lo que todas decimos, pero no hacemos. Da vergüenza reconocer que te han golpeado. ¿A mí? ¿Hija de la mujer más fuerte que conozco y la consentida del papá más protector del mundo? Conoces cada paso de la ruta de atención, sabes de memoria la ley 1257 de 2008 que protege a las víctimas de violencia, pero cuando llega el momento de hablar, la cobardía se impone. Reconocer el abuso, ya sea físico o emocional, te parece humillante; el miedo al rechazo, al juicio, a la burla, a la exposición, y a que al final no cambie nada, te silencia.
Me refugié en la casa de mis papás, no hubo necesidad de ponerle nombre a mi pena, no vieron mis morados, no entendían del todo mi tristeza, pero ahí estaban, firmes como siempre; mi mamá al borde de la cama sobándome los pies, mi papá trayendo café y diciendo, “buscamos una película o qué”. Callé, porque los hijos no queremos lastimarlos con nuestras debilidades. Pero sí, hay que normalizar estas conversaciones, mantenerlas libremente, sin prisa, ni pudor. Tal vez, si los abusadores tuvieran la certeza de que no tenemos miedo, que caminamos con un ejército que nos defiende, tal vez, no actuarían con tanta impunidad y descaro. Seguramente, sí hoy todos nos sentáramos a hablar sobre heridas, más de un familiar se pararía indignado.
Antes, él ya había tirado las puertas de la cocina, las del carro, me había tirado cosas, me había sacado a gritos de un bus, se había burlado de mi físico, ya me había dado un “golpecito en la cara” después de decirme que le encantaban los labios de otra mujer, después lloró diciendo “perdón, estoy borracho” y después, cuando amaneció, nos dijimos que nos queríamos. Caí en la trampa de un amor dependiente, un sube y baja emocional, donde alcanzas el pico de la felicidad solo para descender rápidamente a la oscuridad de la tristeza.
Lo que viví no me hace especial, la mayoría de mujeres que conozco, han sufrido violencias, todas han sobrevivido: a una le dijeron que le iban a sacar las tripas. A otra le iban a rallar la cara con un rallador. A otra el esposo le machacaba pastas para dormir en la comida. A otra el novio le dañó los vestidos con una tijera. Otras, sutilmente tienen prohibido cortarse el cabello. A otra la estregaron con un estropajo en la ducha fría, ella vestida, mientras le decían que con ese baño se le iba a quitar “lo cualquiera”. “Cualquiera” por no escribir las palabras que realmente se gritaron. No hay distinción, la violencia se aparece en la vida de todas y las secuelas no cabrían en las historias clínicas de Medicina Legal; es un sufrimiento invisible, prolongado y agotador que deja heridas profundas. Solo en Pereira, en 2024, se registraron 777 casos de violencia contra mujeres, sin contar las denuncias que nunca se hicieron. En 472 hechos, el agresor convivía con la víctima, así es, la mayoría de las veces, el abuso proviene de quienes deberían protegernos: familiares y parejas. El panorama no es alentador: a la semana 7 de 2025, se han registrado 117 casos. No somos diferentes ni especiales. Especiales, serán las niñas que vivan en un mundo sin abuso, la tarea está difícil, pero yo tengo esperanza, ellas nos necesitan a todas y a todos para escribirles una historia diferente.
En esa relación, descubrí que dentro de mí habita un ser humano oscuro. Me convertí en todo lo que no me gusta, una versión de mí que me avergüenza: insegura, débil, manipuladora, impulsiva, caprichosa, posesiva, desleal. Me mermé hasta apagarme, me dejé arrastrar por una vida sin propósito. Dentro de mí se instaló el miedo: le tenía miedo a él y me tenía miedo yo. Preferiría no haberme encontrado así, pero miento si no digo que fue en la oscuridad que pude ver lo que no quiero ser y lo que jamás permitiré. Y al final, todo tiene su razón, la vulnerabilidad nos otorga cualidades que no conoceríamos en la normalidad de una vida sin pruebas; el dolor se convierte en un aliado para el aprendizaje, solo viviéndolo, podemos reconstruirnos más humanos. Porque, cuando nos resistimos a salir de un lugar que ya no es para nosotros, es la vida la que, con fuerza, nos arranca, nos mueve, nos protege y nos enseña, sí dependiera de nuestra agonizante voluntad, nos quedaríamos, alimentándonos de un puñado de deseos, culpas y ego.
Es urgente continuar con esfuerzos decididos para resguardar y restaurar la dignidad de las mujeres. En 2024, la Defensoría del Pueblo entregó la cifra de feminicidios más alta en toda su historia, 745 muertes y a octubre del mismo año 131.501 casos de violencia de género, el 75,6% fueron contra nosotras. Estas cifras crecientes son el reflejo de una de las peores crisis de derechos humanos que atraviesa el país, en donde persisten las barreras que entorpecen las rutas de atención y un sistema judicial que amontona expedientes sin resolver. Hablar será un acto de solidaridad colectiva, pero para eso necesitamos mujeres que levanten la voz, y también garantías, espacios donde puedan hacerlo sin temor. Y un espacio seguro no es simplemente una pared violeta, con una frase inspiradora en letra cursiva; es algo más profundo, un refugio real que dé protección y alivio.
En la calma de mi alivio, la mujer oscura a veces se asoma incierta, así que le pido a la Virgen de Santa Marta, patrona de los imposibles, que con ese adiós en un café de Pereira se hayan ido también mis ganas de poseer. Que la libertad y el amor que tanto defiendo se queden dentro de mí como una promesa de dignidad y amor propio. Hoy creo que, frente al maltrato, hay que asumir la responsabilidad; mi responsabilidad. Todo lo que justifico, lo que oculto, lo que resisto, lo que insisto en estirar la pita por terquedad, eso también es violencia. ¿Soy una víctima? No, no lo soy. Hay que responder por lo que nos toca, lo que permitimos y lo que callamos. Por eso, el esfuerzo debe ser compartido: sanar, repararnos con paciencia, rescatarnos, para poder construir relaciones diferentes, respetuosas y amorosas. Y perdonarnos, perdonarnos mucho y todos los días.
Hay un regalo que te deja el dolor, uno del que casi nadie habla: las personas. Las que siempre están, las que no sabías que tenías y aparecen como ángeles en medio de una conversación. Los amigos, los jefes, la familia, los perritos de la casa que acompañan en silencio. En esos lugares, se encuentra el abrazo que salva, la pausa que alivia, la palabra justa, la paz de un domingo por la tarde. ¿Lo ves? El mundo siempre encuentra la forma de sostenernos, salvarnos es una tarea de todos. ¡Resiste! La soledad es un regalo que te permite ver, ríndete, porque cuando caemos existe la promesa de un levantarse con determinación y con la esperanza de armarnos con los pedazos rotos, confiando en que “todo tendrá sentido”, pasará, todo estará bien y mejor. Con distancia, tiempo, silencio, fe y acompañamiento psicológico, inevitablemente la luz llega con el poder de superarlo todo. Defiéndete, elígete, amate tanto, que cuando otro amor llegue, te preguntes ¿de verdad?, ¿me mira como si hubiera encontrado un tesoro? Y sí, ¡Lo encontró! Eres tú brillando nuevamente como el sol.
Antes de publicar, me cuestioné, me sigo cuestionando, tuve miedo y tengo miedo del juicio, los prejuicios y la lástima. Pienso en eso de “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” y sé que no estoy libre de pecado, pero quisiera abrazarme y sentir que puedo caminar más serena y ligera de remordimientos. Pienso en mi mamá, en mi papá, en su impotencia y tristeza al conocer mi verdad después de tanto tiempo. También pienso que si al leer esto, te dan ganas de buscar ayuda, entonces nuestra tristeza y vergüenza habrán valido la pena. Y por favor, no seas una más, si no te quieren ¿por qué quieres que te quieran así?
Datos de interés: (pueden ir en apartes diagramados)
- Gráfico del violentómetro
- Una mujer muere cada 10 minutos víctima de feminicidio
- Estás en riesgo, marca a la Patrulla Púrpura: 3164819507
- Para denunciar un caso llama a la Fiscalía: línea 122
- Estás bajo amenaza llama a la Policía Nacional: línea 123 – 155
- Derechos vulnerados llama a la Defensoría: 3108539438
- Llama a la Línea Amiga para orientación psicológica las 24 horas. Fijo: 6063339610– WhatsApp: 3155608849 – Línea directa 106.
- Para medidas de protección ubica la Comisaría más cercana.
- La Secretaría de Salud de Pereira cuenta con la Zona de Escucha: 3228615710
- La Gobernación de Risaralda a través de su Secretaría de Mujer, Familia y Desarrollo Social y la Casa de la Mujer Empoderada, brinda orientación jurídica y psicosocial.



