@DuberneyGalvis
Hay una especie de consenso histórico en que la primera utilidad de la abeja en la vida del hombre prehistórico fue proporcionarle alimento. Después se descubrió la importancia de las abejas en la polinización, proceso mediante el cual se transfiere el polen entre las flores, garantizando la fecundación de las plantas, y de ahí el equilibrio de los ecosistemas. Es decir, además de proporcionar alimentos, polinizan cultivos para el 70% de los alimentos que se consumen en el mundo.
Su importancia llevó a que la Organización de las Naciones Unidas ONU, en la 74ª sesión del 20 de diciembre del 2017, decidiera declarar el 20 de mayo Día Mundial de las Abejas. Tuvieron en cuenta lo analizado en los congresos de Apimondia y la iniciativa de Eslovenia.
La declaratoria propende por crear concientización sobre estos polinizadores y llamar la atención para que los gobiernos, organizaciones y sociedad civil, impulsen y promuevan acciones “que protejan y ayuden a los polinizadores y sus hábitats, incrementen su abundancia, mantengan su diversidad y apoyen a los apicultores y el desarrollo sostenible del sector apícola”.
¿Están desapareciendo las abejas?
Sí. Están desapareciendo en todos los continentes, en unos países a mayor velocidad que en otros. En Colombia, por ejemplo, según el colectivo Abejas Vivas, entre 2014 y 2017, solo por envenenamiento con agrotóxicos, desaparecieron un 34% de las abejas. La cifra puede ser mayor si se tiene en cuenta que son incontables los casos no reportados. Tampoco se ha podido medir la cantidad de abejas en vida silvestre también afectadas por los agrotóxicos.
¿Es la actividad humana la causante del declive de las abejas?
La mayoría de las causas son atribuidas a la actividad humana. Sean los agrotóxicos, las plagas, la deforestación, contaminación etc. Pero despachar el tema con esta generalidad tan cautivante para parte del público ambiental contemporáneo, significaría torcer la ecuación, empezar a tapar el desnudo por los pies. Las causas se derivan mayoritariamente del tipo de relaciones productivas de la humanidad. Así por ejemplo, no es lo mismo la escala de desaparición de las abejas en países con producción altamente industrializados, con más monocultivos y elevadas cifras de aspersión de plaguicidas, que la de países subdesarrollados. En consecuencia, las responsabilidades son asimétricas.
Por ende, países como Colombia no solo deben aumentar las políticas para la protección de los polinizadores y apoyo a los apicultores -sus primeros cuidadores- y demás personas y organizaciones que las protejan; sino que deben elevar mayores exigencias a nivel mundial para la protección de todos los polinizadores, siendo los países de mayor participación en las causas, los que contribuyan proporcionalmente.
No solo abejas Apis mellifera.
En el planeta existen más de 20.000 especies de abejas silvestres documentadas o registradas. Muchas corresponden a abejas nativas, es decir, las que naturalmente habitan en las regiones donde vivimos y por ende han evolucionado para polinizar cultivos y flora silvestre nativa. Sobre estas hay un mayor nivel de riesgo porque son escasos los procesos de documentación sobre el desarrollo y estado a pesar de su mayor diversidad. Esto debido a que los recursos y programas para investigar, estudiar y proteger las abejas nativas, están en un nivel de prioridad incluso por debajo de las Apis Mellifera. Aquí resultaría relevante abordar el documento Iniciativa colombiana de polinizadores: abejas ICPA/ Guiomar Nates Parra, editora (2016).
Las abejas y la economía.
La actividad apícola es de enorme importancia en el mundo. Así lo contemplan el desarrollo agropecuario de países como Estados Unidos, la Unión Europea, China, entre otros. En Colombia por su parte la producción todavía es naciente, como lo expusimos en este diario en la columna: Mención a la apicultura local. La demanda es inmensamente superior a la oferta de mieles y demás derivados de la colmena, a los servicios de polinización y material biológico.
De igual manera urgen políticas públicas y programas reales para el desarrollo apícola. Es común encontrar, por ejemplo, en supermercados de grandes superficies, mieles que no corresponden al producto natural de las abejas. U otras importadas que no garantizan su autenticidad, ni especifican en su etiqueta la totalidad de compuestos artificiales. Por otro lado, el país tiene una extensión geográfica propicia, una ubicación en zona tropical favorable a la producción apícola, variables favorables para desarrollar la apicultura.
De la importancia cultural a la importancia material.
También desaparece la importancia cultural de las abejas. Ya no abundan las abejas y su majestuosa actividad en las obras literarias, ni en los poemas, canciones o el teatro. Y saber que volaron en los poemas de Virgilio, llegaron hasta las más especiales bebidas y escenas míticas de las obras de Homero, y zumbaron en los actos de Shakespeare, como en La Tempestad, Acto V, sc. 1:
Cual abeja libo yo.
Acostado en una flor
oigo del búho la voz,
y en murciélago veloz
vuelo buscando el calor.
Ahora yo, alegre, contento, a placer,
bajo el árbol en flor viviré.
También enamoran en los versos de Pablo Neruda, y otros innumerables poetas y escritores de los anteriores tiempos.
Sea pues este 20 de mayo Día Mundial de las Abejas, en el que este apicultor, en tiempos de veloces discursos verdes, llame a que el actual aleteo social por las abejas, incluya recuperar su reconocimiento cultural. Para empezar, se pueden maravillar con uno de sus sistemas de comunicación: la danza de la abeja.



