Los colombianos venimos celebrando el centenario de nacimiento del expresidente, de quien conservo gratos recuerdos que se remontan a mi adolescencia en Pereira y ahora revivo en homenaje a su memoria.
Jorge Emilio Sierra Montoya*
Betancur volvió a ser candidato presidencial en 1982, por tercera ocasión (la primera en 1969, que ganó Misael Pastrana; la segunda fue en 1978, cuando Julio César Turbay Ayala lo venció por estrecho margen), pero esta vez sí triunfó en las elecciones, aprovechando la división del partido Liberal entre el expresidente Alfonso López Michelsen y el director del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, sus rivales de turno.
En mi caso, respaldé tales aspiraciones en “La Patria” de Manizales, tanto en “La Patria del Quindío” (cuyo director, Hugo Palacios Mejía, fue gerente del Banco de la República en su cuatrienio, entre 1983 y 1985), como en las páginas editoriales del periódico, donde ahora trabajaba, como periodista de planta, al lado del nuevo director, Ignacio Restrepo Abondano.
Por cierto, “el doctor Ignacio” era alvarista consumado, opuesto por ende a la línea belisarista que tenía el apoyo oficial del conservatismo y de los propietarios del periódico (herederos de José Restrepo Restrepo, gran líder conservador de Caldas), entre quienes estaba, a través de su esposa Marta Lucía, una figura tan representativa como el exministro pastranista Hernando Gómez Otálora.
De ahí que las notas editoriales a favor de Betancur, como su novedosa propuesta de la elección popular de alcaldes, estuviera a cargo mío, si bien acompañé al director en la recia lucha que libró contra los senadores Omar Yepes Alzate y Luis Guillermo Giraldo Hurtado, cabezas del pastranismo y el oficialismo liberal en su departamento, por el tristemente célebre Robo a Caldas.
En medio de tan críticas circunstancias, que le terminaron costando su puesto al director, me trasladé a Bogotá, poco antes de las elecciones presidenciales, para cursar estudios de Ciencia Política en la Universidad Javeriana y asumir la jefatura de redacción política en el periódico w“La República”, obviamente con mi belisarismo a cuestas.
En la Casa Ospina
Como es sabido, “La República”, tradicional fortín del ospinismo y vocero por excelencia de la poderosa Casa Ospina, era clave para el deseado triunfo de la candidatura de “Bélico”, la cual contaba con el férreo apoyo de doña Bertha Hernández, viuda del expresidente Ospina, cuya popular y controvertida columna “El Tábano” arremetía a diario contra el expresidente López por sus presuntos actos de corrupción, como los negocios turbios de su hacienda “La Libertad” en los Llanos Orientales, los mismos que ella había denunciado durante su mandato (1974-1978).

Yo me sentía feliz, claro está, de encontrarme aquí, cerca de alcanzar el poder con el candidato de mis preferencias, cuya victoria pude celebrar en el piso doce del Hotel Tequendama mientras cubría, como redactor político, la proclamación oficial de su esperada victoria en las urnas.
Y aunque no asistí a la posesión presidencial, recibí una carta de agradecimiento del presidente electo, con su propia firma, que atribuí a mi figuración periodística en “La Patria” y luego en “La República”, siempre a su favor. O simplemente por mi columna política, que ahora salía en la tercera página del diario de la Casa Ospina, o por un reciente ensayo de mi autoría, publicado con amplio despliegue en la sección política, donde revelaba, con un título nada original, “todo lo que usted quería saber sobre el Movimiento Nacional”. Nunca imaginé que se trataba de un simple comunicado de prensa, distribuido a diestra y siniestra, como ya hoy hacemos, a través de internet y las redes sociales, con el correo masivo, tan común en el mercadeo de las empresas e incluso en la política, donde el marketing electoral reina a sus anchas.
Encuentros personales
En 1995 asumí como director de “La República” (posición que ocupé durante catorce años, tras seis como subdirector), lo cual me permitió entrar en contacto con los distintos presidentes de la república que fueron pasando por ese período y aún antes o después, desde López y Betancur hasta los dos Pastrana (Misael y Andrés), Samper, Uribe y Santos, a quienes entrevisté para mi libro “¿Qué hacemos con Colombia?”, publicado por editorial Planeta. Con Belisario, además, mantuve mayor comunicación al retirarme de la dirección del periódico. Así, estando en la Asociación Colombiana de Universidades -Ascun-, lo visité con su director, Bernardo Rivera, para deleitarnos con su amplia formación en cuestiones académicas, donde se movía como pez en el agua.
Recibí de él un cordial mensaje de felicitación cuando asumí la dirección de “Desarrollo Indoamericano”, la prestigiosa revista fundada por el maestro José Consuegra Higgins, y me hizo partícipe, al regresar yo a Bogotá, de algunas de sus actividades como director de la Fundación Santillana, sea de carácter social (la visita de un exministro de Educación, proveniente de España) o de estricto carácter académico, como cuando le rindió un sentido homenaje al pensador francés Edgar Morin. Por último, entre otros pasajes esporádicos, tuve su honroso apoyo en la Academia Colombiana de la Lengua para ser miembro correspondiente de tan prestigiosa institución, en cuyo boletín se reprodujo a su muerte, en 2018, la entrevista que hicimos sobre Responsabilidad Social Empresarial, uno de los temas predilectos en sus últimos años. Me quedé con las ganas, eso sí, de escribir su biografía, como hice las de sus amigos Jaime Sanín Echeverri y Otto Morales Benítez, cuyos textos exaltó. Se negó a hacerlo, aduciendo que prefería guardar silencio en tal sentido. Y lo guardó, en realidad.
Colofón
Todo esto cruza por mi mente al celebrar el centenario del natalicio de Belisario Betancur, un presidente sencillo y humilde, dicharachero como buen paisa, católico ferviente, intelectual de tiempo completo, conservador de principios, demócrata hasta más no poder y víctima en su gobierno, por desgracia, de tragedias tan terribles como la toma guerrillera del Palacio de Justicia y la erupción del Volcán del Ruiz que borró a Armero.
Era un buen hombre, sin duda; un apóstol de la paz, el principal objetivo en su presidencia, según me contestó en rueda de prensa (afirmación que le sirvió después para titular uno de sus libros), y ciudadano ejemplar como pocos, a quien seguiremos recordando como si fuera un miembro más de nuestras familias. ¡Cuánta falta nos hace, señor Presidente!
(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.



