Rodrigo Arenas y Pereira

Luis Fernando Gaviria Trujillo*

Al llegar el Centenario del nacimiento de Rodrigo Arenas Betancourt, en octubre del año 2019, el país entero escudriñó una obra que, aunque reciente en el tiempo histórico, cada vez se consolida en el sentimiento nacional como la mejor expresión de sus héroes y de su devenir.

Por haber la ciudad de Pereira definido el destino personal del Maestro, recuperando al artista para su tierra, la Universidad Tecnológica de Pereira se adelantó al resto del país celebrando esta efemérides con la publicación más oportuna, el presente libro, que recoge tanto su obra ampliamente contemplada, como la poco conocida de los años finales de su infatigable quehacer.

Arenas se había hecho en México no solo a un país, sino también a una vivencia profunda de sus mitos, su idiosincracia y su arte. Allí había sufrido, luchado y amado con especial intensidad. La familia que había formado lo ataba a esa cultura y a esa nueva patria, donde era considerado ya como propio. Como casi siempre le ocurre al forastero exitoso y asimilado, la imagen de la parcela natal cada vez se hace más borrosa. Es verdad que  Arenas conservaba por El Uvital, Fredonia, las montañas circundantes y sus gentes, sincero apego, pero sin la llamada de Pereira es dudoso que Colombia lo hubiese recuperado.

El encargo de esculpir un monumento al Libertador parte su vida en dos, pero al mismo tiempo duplica sus lazos nacionales. Sin dejar de ser mexicano volverá a ser colombiano;y el Bolívar Desnudo (1962), nueva y genial interpretación del incomparable personaje, da nacimiento a un Arenas nuevo, que sin renegar de su pasado emerge como el más auténtico forjador, en cemento, piedra y bronce, de la monumental gesta colombiana.

La relación entre la ciudad y el escultor continuó con otras obras cuatro obras emblemáticas: El Monumento a los Fundadores de Pereira (1969), ha sido explicado por su autor en una tersa página, como todas las suyas, porque fue tan buen escritor como escultor.

El colorido mosaico-mural en el exterior del antiguo edificio de los Seguros Sociales es único en la obra de Arenas pero hasta ahora ha pasado injustamente desapercibido para los conocedores de su obra.

La simbiosis entre el Prometeo que cae y el Cristo que padece, nada confesional desde luego, estará siempre presente en su obra. La Avenida Circunvalar dispone de un vigoroso Prometeo (1968), y la Capilla de Fátima, de un Cristo cósmico (1965), obras que completan en nuestra ciudad la visión proteica de su creador, porque a partir del Bolívar, Arenas Betancourt alcanza la madurez, desde donde se proyectará a los monumentales realizaciones que el lector podrá explorar en este libro.

* Rector de la Universidad Tecnológica de Pereira

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