Madre, amiga y abuela que durante años ha contribuido a formar a las nuevas generaciones de pianistas en el país.

Alberto Rivera
A lo largo de más de seis décadas de carrera artística, la pianista Teresita Gómez ha sido una inspiración para muchos. Su talento extraordinario la ha llevado a conquistar los escenarios más importantes del mundo -como la Sociedad Chopin, en Varsovia; el Palacio Real de El Pardo, en Madrid, y el Festival Internacional Franz Liszt, en Weimar, en los que ha sido una embajadora invaluable del patrimonio musical colombiano y una intérprete destacada de los clásicos.
Nacida en Medellín, empezó a tocar piano cuando era niña, y la pasión por ese instrumento, que es también una filosofía de vida, la ha acompañado siempre.
Ha sido agregada cultural en el exterior, receptora de la Orden de Boyacá -entre otras distinciones-, miembro de la Ópera de Colombia, madre, amiga y abuela, y durante años ha contribuido a formar a las nuevas generaciones de pianistas en el país.
En esta biografía autorizada, producto de un trabajo cuidado y riguroso, la manizaleña Beatriz Helena Robledo narra la historia de una mujer que logró el éxito a pesar de haber tenido que enfrentarse al racismo sistemático de nuestra sociedad; un ejemplo de constancia y de lucha, pero, sobre todo, de entrega total a su arte. Así lo dice la autora del libro: “Escribir este libro ha sido para mí un camino de conocimiento, a la vez que toda una aventura, pues seguir la vida de esta mujer tan llena de energía no es fácil. Ella no para ni ha parado nunca, su trabajo lo ha fusionado con su vida de tal manera que no hay horarios ni calendarios. Ella es intensidad pura”.
Teresita Gómez como nunca antes se había contado, con 80 años de música y de historias, muchas de ellas en este libro que acaba de publicar el sello Alfaguara en su colección Debate.
¿Le tomó tiempo autorizar el libro?
Tomé mucho tiempo en sacar a la luz mi intimidad. A través de la pedagogía con mis alumnos, pensé que la historia mía podía inspirarlos y creo que lo ha hecho.
Usted era esa niña que a escondidas buscaba los pianos…
Creo que la música desde siempre la tengo, no sé en qué momento dije es que esto es para mí, porque cuando uno es niño juega al piano, como debería hacerlo, el resto de vida.
Cómo fue ese primer concierto con su papá…
El me abrió el teatro y me dijo que me abría además el piano de cola para dar mi primer concierto… mi papá aplaudió y yo le hice la respectiva venia.
Cómo fue ese día que la descubrió la profesora…
Ella pegó un grito… se asustó y dijo la negra está tocando piano y yo me puse a llorar porque era como si me hubieran inducido a la gran aventura de mi vida…
¿Qué la lleva a vivir en Bogotá?
Llegó una señora muy importante de Bogotá, se llamaba María Currea, fue de las primeras mujeres que estuvo en la política. Ella hacía parte de la sociedad y me pusieron a tocar para ella y le dijo a mi papá que me llevaba a Bogotá, y así fue.

¿Y el amor de su vida?
Tuve varios en mi vida y cada uno se quiere como si fuera único. El desamor es otra cosa.
Su hijo Vladimir, su muerte, cómo enfrentó eso…
El está en el corazón de madre para siempre, el dolor es mucho y si no fuera por eso uno no evolucionaría.
¿Por qué decide volver a Medellín?
Por mi hijo, porque entró a una clínica de rehabilitación y me fui quedando y empecé el trabajo con los jóvenes en el piano, antes trabajaba en la ópera, como pianista y me fascinó la pedagogía, ayudar a la juventud.



