Es inevitable entonces sentar un paralelo entre Isaacs y Cuesta, más allá del lenguaje y el motivo romántico.
Jáiber Ladino Guapacha/@JaiberLadino
Tomás, la novela de Rómulo Cuesta, cumple un siglo de haber sido publicada por primera vez. Y aunque no hay certeza de una edición centenaria, creo que es oportuno convidar a su relectura llamando la atención sobre distintos aspectos.
El primero de ellos es que, pese a las dificultades que la obra presenta dentro del género novelístico (advertidas por Morales Benítez, Chalarca, Pineda Botero, entre otros), en cien años ha contado con 3 reimpresiones más después de la edición de 1923, impresa en Bogotá por la Editorial de Cromos. La segunda fue en 1982 dentro de la Biblioteca Popular de Autores Caldenses; la tercera en 2000 a cargo de Álvaro Gartner y la última en 2010 por la Universidad Industrial de Santander.
Es decir, para la crítica literaria, Tomás pierde la oportunidad de ser una gran novela a la altura de las publicadas en su tiempo, porque el autor olvida la esfericidad y credibilidad de los personajes, obnubilado por no dejar escapar la oportunidad de hacer etnografía e historia. Los capítulos que dedica a los carnavales riosuceños, a la minería en Marmato y a la batalla de los Chancos en la guerra de 1876, merman las posibilidades de sostener el interés por la historia de amor entre Rosario y Tomás, argumento presentado en las primeras páginas.
Paradoja
Precisamente, aquí encuentro una paradoja fascinante: la densidad se convierte en atractivo. Las reimpresiones posteriores ratifican que la importancia de Tomás va más allá del lenguaje y el artificio literario y se encuentra en la oportunidad de encontrar un testimonio de primera mano y rico en detalles, sobre intereses que escapan a las demandas estilísticas.
Puedo decir entonces que los siguientes tres aspectos a los que me referiré, son precisamente los capítulos distractores. De esta manera, en segundo lugar, reconozco que el capítulo V, Fiestas, es necesario para la comprensión de un fenómeno cultural propio de nuestra región: el carnaval de Riosucio. Allí encontramos las raíces de la fiesta popular como lo son la parodia, la sátira política y religiosa; el ingenio para calcular versos que cabalguen entre la pulla y la sonoridad. Además, los esfuerzos de Mr. Quick por montar Sueño de una noche de verano para ser representada en la plaza, en medio de la borrachera y el exceso, resulta un viaje al pasado de ida y vuelta, cuando contemplamos, con nuestros ajos amanecidos de chicha y fiesta, el brillo de las cuadrillas.

En Marmato
Rómulo Cuesta había nacido en el poblado minero de San Juan de Marmato en 1867. De ahí que su conocimiento de la vida en las minas ocupe un lugar considerable en la obra y que sea el tercer aspecto por el que me parece importante renovar el interés. Sobre la minería en Marmato hay otra valiosa novela rescatada por la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, La bruja de las minas de Gregorio Sánchez Gómez, publicada por primera vez en 1938, es decir, 15 años después de la de Cuesta. El conflicto de intereses transnacionales en la explotación de los minerales de nuestras montañas, hoy tan renovado por las preocupaciones ambientales, encuentra aquí datos históricos que valen ser tenidos en cuenta.
Derivado de este tercer aspecto viene mi apuesta por un cuarto: la vida de los mineros y, de entre ellos, la historia de una pareja negra. Es inevitable entonces sentar un paralelo entre Isaacs y Cuesta, más allá del lenguaje y el motivo romántico. Jorge Isaacs en María había mostrado su cercanía con el tema de los africanos esclavizados -aunque sea de manera paternalista e idealizada-, con la historia de Nay y Sinar, que si bien calca un formato europeo, abre un espacio para nombrar, reconocer y narrar la presencia negra como parte de la nación colombiana.
De igual manera, Cuesta presenta a un Tomás cercano y respetuoso de las familias negras. Además, se detiene a presentar a lo largo del capítulo IX, Idilio y catástrofe, la amistad que se teje entre su protagonista y los amantes mineros, Manuel y Chenga. Son muchas las dificultades que como pareja tienen que padecer, el rechazo del cura, el acoso sexual del patrono inglés, el derrumbe de la entrada de la mina que los atrapa durante horas… de todas ellas salen victoriosos por el amor que se tienen.
El mestizaje
De ese mismo contexto, derivo un cuarto aspecto que valoro mucho en Tomás, el mestizaje. A propósito de la belleza de la Chenga, un químico inglés le explica a Tomás que en su país son rigurosos y celosos con el “cruzamiento de las razas […] y más cuando se trata de razas inferiores como la negra”, a lo que él responde: “El problema de las razas ha sido descartado entre nosotros”. Criollos, europeos, indígenas y negros atraviesan la novela, no sin dificultades ni recelos, pero en medio de las fronteras que algunos intentan marcar, siempre está la grieta para reclamar respeto: “Entre los Chamíes, de que estaban ustedes hablando, hay fórmulas sacramentales, fórmulas primitivas, si se quiere, pero que revelan la existencia entre ellos del amor”.
En este momento el quinto y sexto aspecto se mezclan: Tomás es una novela sobre la libertad y por eso habla del fanatismo conservador. Como Tomás es una novela política no puede desprenderse del debate religioso. Tomás, para hablar de la paz tiene que hablar de los estragos de la guerra. Es una novela de tesis, sí. La de la buena vida, la que apuesta por la solidaridad, la que fomenta el cariño entre los vecinos, la que interroga y cuestiona cuando al otro no se le da espacio. Sí, es una novela que idealiza a la mujer joven y casta, pero también con una conciencia social que va en aumento. Por eso Rosario se pregunta, mientras da vueltas en la cama: “¿pero qué libertad es ésta que aun para amar se necesita el consentimiento ajeno?”.
*Mg. en Literatura. Docente I.E. Miracampos – Quinchía, Risaralda



