Ha sido ganador de varios premios y reconocimientos por su profundo conocimiento de la literatura universal. Irreverente y ratón de biblioteca, lo define la crítica literaria de la ciudad.
Ramiro Tabares Idarraga*
Si uno se impusiera la tarea de localizarlo, lo más fácil sería ir a la Librería Roma y esperar que aparezca exultante, emotivo, distribuyendo saludos a cuanto conocido encuentra a su paso, inmovilizado entre los libros alineados en los anaqueles o arrumados en columnas en mitad de los pasillos. Suele decir que todos los caminos de Pereira conducen a la Librería Roma, su lugar favorito, su zona de evasión, el lugar donde le gusta ver reflejada su soledad y donde considera admisible que puedan producirse los hallazgos de cada incursión. Quienes conocen a Mauricio Peñaranda aseguran que posee un ojo infalible para desentrañar tesoros. Me consta que es verdad.
Aunque lo conocía de vista, pude escucharlo por primera vez en un conversatorio organizado en Expofuturo en el 2017 durante la Feria Internacional del Libro de Pereira. El tema era la vida y obra de Stefan Zweig. El contertulio fue don Alfredo Hoyos Mazuela, el presidente de Frisby, uno de los buenos conocedores del gran autor austriaco.
Con el tiempo tuve la oportunidad de leer los libros de Mauricio:Voces de Poetas y El Último Exilio, premiados en la modalidad de poesía en el 2016 y 2019 por la Secretaría de Cultura de Pereira en la Colección de Autores Pereiranos. A finales de la década de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo,ganó casi latotalidad de los premios de cuento convocados en ese entonces en el país, entre ellos “El Cuentista Inédito”, 1988, organizado por la Universidad Central de Bogotá, el “Ciudad de Barrancabermeja”, 1990, el Finsocial de Navidad, en Medellín, el “Carlos Castro Saavedra”, la más importantede las convocatorias de la época, en la misma ciudad, que agrupó ganadores como Pablo Montoya, Philip Potdevin, José Manuel Rodríguez, Julio Cesar Londoño, entre otros. Cuentos suyos aparecen en distintas antologías del género en el país.
Mientras toma pausa le pregunto cómo ha marchado su relación con la literatura en el tiempo de encierro por la pandemia.
– Hombre, me dice, diría que muy bien pues pude cumplir una meta postergada toda mi vida en tiempos normales: la lectura de En Busca del Tiempo Perdido de Proust. Empecé el 8 de mayo, día de mi cumpleaños y terminé el lunes 9 de noviembre. Seis meses y un día para llegar a entender que tienes que volver a retomar el amor de Swaan por Odette, el de Marcel por Gilberte, la duquesa de Guermantes y Albertine Simonet. Todos esos amores y los que faltan, incluidas las relaciones homosexuales del barón de Charlus con Lupien, y la de este último con Robert de Saint Loup, tienen un código común: los celos, la terrible narrativa de los celos que tiene el poder de reinventar a los personajes y multiplicar los frentes de la infidelidad mediante múltiples elucubraciones añadidas”.

Tremenda misión les regalo la pandemia, pero hay algo que me interesaría saber: ¿cómo fueron sus inicios literarios?
– Como los de todos, creo, en esto la mayoría repite la historia. En mi caso todo parte de la adicción por escuchar cuentos. En la casa de mis padres, en Pamplona, teníamos siempre empleadas domésticas que vivían con nosotros y traían del campo un extraordinario repertorio de historias de miedo que vulneraban tu seguridad y poblaban tus noches de entidades temibles que el día apenas podía disipar. No creo que el cine haya podido producir monstruos equiparables a los que habitan en la imaginación infantil. Por lo menos a mí no me sucedió. Las noches de mi infancia eran verdaderas jornadas de terror, patibularias, me atrevería a decir. El regalo del día era una promesa demasiado lejana. Una dádiva inalcanzable frente a mi temor de morir a manos de la llorona, el cojito o la monja sin cabeza. En el recuento de los miedos, en la figuración de lo que podía sucederme iba creciendo una narrativa con la que me regodeaba torturando a mis compañeros de colegio. Ahí empezó todo. El cine fue una experiencia menor amparada por mis padres. Después llegarían los libros con sus argumentos ordenados. Sí, viví el salto de la tradición oral a los argumentos escritos”.
En su obra domina la temática de la muerte ¿por qué?
– Porque es el gran misterio. Sobre ese desconocimiento, ese temor ancestral puede decirse todo. La aventura de la vida gira en torno a la necesidad de conjurar, de aislar ese temor. Por eso los autores fallecidos me hablan del mas allá. Cada uno tiene un más allá adecuado a su estilo. Es algo que se fue dando durante la escritura. Todo puede imaginarse a partir de la muerte. Vivimos en una carrera desenfrenada por suprimir ese momento inevitable. Dentro de la civilización occidental nos gobiernan dos fuerzas: un temor irracional a morir y un terror irracional a vivir ¿Para dónde cogemos?
Jonathan Arredondo dice que aunque sea inútil, la escritura es el mejor paliativo contra la desesperanza, ¿qué piensa?
– Siento que Jonathan se refiere a la desesperanza que produce la página en blanco, que puede llegar a transformarse en un problema de rango existencial capaz de inducir a un escritor al suicidio o la depresión. Pero por otra parte, cuando esta abstinencia no rige, creo que la desesperanza es una excelente generadora de argumentos literarios. Recuerdo una cita reciente acerca del pensamiento de R.H. Moreno Durán sobre el ejercicio de la escritura: decía que escribir con buenos sentimientos solo puede producir mala literatura. La buena se ha escrito, sin excepción, con lo peor de la condición humana. Los argumentos de la violencia, la locura, el horror, la enfermedad son inagotables. Una felicidad la soporta cualquiera. ¿Quién no soporta una felicidad? Lo desmesurado es la experiencia del dolor a todo nivel. Tomemos La Divina Comedia y pensemos en lo mucho que pudo escribir Dante sobre el Infierno, y lo poco sobre su visita al Paraíso.
¿Y sobre la inutilidad de la escritura?
– Pues Fernando Pessoa sostiene en El Libro del Desasosiego que se imperfecciona al escribir, que lo “perfecto” sería no hacerlo. Por su parte, Graham Greene escribe que en las profundidades del subconsciente yace la novela perfecta, pero al aflorar a la superficie de la escritura, se transforma en fetiche.
¿Cómo sigue su relación con Zweig?
– Inmodificable. Sigo aferrado al pacifismo de Zweig, a su amor por los valores de la democracia, la pluralidad ideológica, la diversidad electiva, a su rechazo férreo al fanatismo de Hitler, Stalin, Mussolini. Estaba convencido de que los alemanes ganarían la guerra y la civilización occidental se iría al traste. Se equivocó. No cayó como Jean Amery o Primo Levy… o los escritores del régimen de Stalin, de Coba, en un campo de concentración, pero murió por preservar su libertad… con Lotte Altman, su esposa.
¿Tres poetas colombianos que admira?
-Digamos que José Manuel Arango, Aurelio Arturo y Jorge Gaitán Durán.
¿Y.. universales?
-Muchísimos. Diré tres contemporáneos: Zbigniew Herbert, Olga Orozco y Seamus Heaney.
Mauricio se pone de pie (siento que antes de que vaya a preguntarle por los pereiranos), remonta su mirada sobre lo alto de una estantería y capto la señal de que ya es suficiente. Avanzamos hacia la salida y se detiene de golpe. Toma un libro de un arrume y me lo enseña. ¡Una joya!, exclama. Leo el título: Crónicas de la Bohemia de Alejandro Sawa.
*Docente Universitario/gestor Cultura.


