Un pereirano en Vietnam

¿Por qué razón un muchacho de familia acomodada, que ingresó a la Universidad de Caldas a estudiar medicina, termina enrolado en el ejército americano?

 

José Miguel Alzate

Contar una historia de vida no es que sea fácil. Quien la cuenta necesita una buena memoria para recordar con exactitud momentos de su existencia que por tener un significado heroico tienen interés. Cualquiera no se atreve a llevar a un libro sus vivencias, ni a contar sus experiencias fuera del país ni a narrar hechos que por alguna razón le dejaron tatuados en el alma recuerdos imborrables. Es que para emprender una tarea de este tipo se debe tener, primero que todo, la convicción de que la historia que va a contar puede servirle como lección de vida a otras personas. Esto es lo que hace Luis Guillermo Ruiz Pretell. Como miembro de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, este colombiano participó en la Guerra de Vietnam, y vivió los horrores de este enfrentamiento. 

La técnica cuando alguien quiere contar cosas de su vida, hechos que le han pasado y recuerdos que llenan su alma es la primera persona. Recurriendo a esta técnica, quien vivió las historias se asesoró de un reconocido poeta y cronista para contarle detalles de su existencia con el propósito de que él puliera, con imaginación y un buen lenguaje literario, lo que le iba a contar. Encontró entonces a un hombre formado en intensas lecturas, con experiencia periodística y escarceos en la narrativa, que podía darle a su historia de vida una dimensión artística. Este escritor, Iván Beltrán Castillo, por su experiencia, convirtió esas charlas en una agradable lectura. Lo escuchó horas y horas, y el fruto de esa charla fue este libro donde el reporteado abre su alma para contar su historia como si fuera una novela.

¿Por qué razón un muchacho de familia acomodada, que ingresó a la Universidad de Caldas a estudiar medicina, termina enrolado en el ejército americano? La primera razón que expone Luis Guillermo Ruiz Pretell en su libro Un pereirano en Vietnam es la imposición de su padre. Un día, mientras atendía en su casa la visita de su novia de juventud, su papá lo llamó a conversar en el estudio. Sin darle vueltas al asunto, le dijo: “Usted se debe ir a estudiar a los Estados Unidos. Es decisión tomada”. Sorprendido, el muchacho recibió de su padre, con un tiquete Pereira – Bogotá – Bogotá – Nueva York, la tarjeta de residencia permanente en ese país, además de un buen fajo de dólares para sus gastos. Era el precio que tenía que pagar por no haber seguido los estudios de medicina.  

El destino del estudiante de medicina que los domingos se iba para Chinchiná, con un amigo, a buscar con quien bailar, estaba escrito. Al descender del avión, en Nueva York, lo esperaba una tía. Fue a recibirlo con su esposo. A los pocos días de estar instalado en Boston, destino que su papá le dijo era el suyo, tocó en la casa un emisario de la oficina de reclutamiento del ejército estadounidense. Traía una orden para que se presentara en el batallón. Se preguntó, intrigado, cómo habían hecho para darse cuenta de que estaba en Boston. La respuesta se la dio su tía: “Su papá lo regaló al ejército norteamericano”, le dijo. Manuel Casalini, el esposo de su tía, lo consoló. “Usted puede escoger entre la marina, la Fuerza Aérea o la naval”. Él se decidió por la segunda.  

En Un pereirano en Vietnam Luis Guillermo Ruiz Pretell revela que para asombro suyo se dio cuenta de que agentes del FBI estuvieron en Pereira averiguando sobre él. Sucedió después de que presentó sus papeles para ingresar a la Fuerza Aérea. Dice que fue aceptado después de pasar los exámenes. Pero lo que más le sorprendió fue cuando un oficial pasó revista al grupo de aspirantes que estaba en calzoncillos, porque frente a todos les ordenó bajárselos para que un médico les revisara las partes íntimas. Con pudor, se sometió al examen. Lo hacían para determinar si alguno era homosexual. Después de entregarle la bandera de los Estados Unidos, fue llevado a la base de Lackland  Air Force, en San Antonio, Texas. La primera misión que le encomendaron fue lavar los baños de los dormitorios. 

¿Cómo llegó este pereirano que le juró amor eterno a su novia de juventud, de nombre Nelly Panesso, una mujer hermosa, a pelear en la Guerra de Vietnam? Sin él buscarlo, un día fue trasladado a una base donde operaban los bombarderos B-52. Un día de asueto, uno de sus compañeros le entregó las llaves del carro para que fuera hasta Sacramento a comprar licor. Con tan mala suerte que se quedó dormido mientras manejaba, y dañó cuatro parquímetros. Lo salvó de que en la Fuerza Aérea se dieran cuenta porque asumió el valor de los daños. La inspectora que lo atendió fue condescendiente con él porque les tenía buena estima a los colombianos. Al lunes siguiente se ofreció, con otros cuatro amigos, para ir a pelear en esa guerra. Una semana más tarde aterrizaba en el país asiático.

Llama la atención en el libro de Luis Guillermo Ruiz Pretell los detalles en la descripción de los ambientes en donde le toca vivir y las historias de amor que vivió en Estados Unidos. Allí está el ojo que observa, la voz que habla sobre cómo son las ciudades, la mente que piensa sobre las circunstancias que enfrenta, todo matizado con una prosa descriptiva, alegre a veces, triste otras, donde aflora el alma de un ser humano que le encuentra sentido a la vida, que disfruta los momentos felices y sufre con lo que pasa en Vietnam. Iván Beltrán Castillo es, desde luego, el escritor que le da ritmo al relato literario, convirtiendo la voz del personaje que le cuenta las historias en testimonio vivo de un hombre que vio cómo las tropas norvietnamitas destruyeron la base desde donde operaban. 

Al lector le puede parecer increíble el relato que Luis Guillermo Ruiz hace de cómo una noche, por estar embriagado, se escapó de morir cuando los soldados vietnamitas atacaron la base. “El ansia de beber de la noche anterior había jugado a mi favor”, dice el personaje mientras piensa que se salvó de morir en ese ataque porque estaba a punto de volverse alcohólico. Otro día, después de ir al comedor a desayunar, se encontró un cohete, “imponente como un tótem”, clavado al frente de su cama. El regreso a Estados Unidos, el no saber si sentía rencor por su padre por haberle impuesto el exilio, el encontrar en ese pueblo asiático un negocio de un antioqueño a donde iba a tomar y la burla de la que fue objeto cuando le dijeron que había comido carne de perro hacen de este libro una lectura entretenida.         

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