Franklyn Molano Gaona
Varias opiniones han desatado el posible choque de un asteroide en el mes de diciembre del año 2032 contra la tierra. La novedad ha desatado la polémica entre expertos y la población, y ese hecho, llevó a que los estudiantes de Prensa de la Licenciatura en Tecnología con énfasis en Comunicación e Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), conocieran los detalles de la noticia y con esos datos, escribieran un texto donde se imaginaran qué sucedería si el asteroide impactara contra este planeta. Aquí el resultado. Sigan…
Trazos al Son de Changó
Sara Salazar Gaviria
sara.salazar@utp.edu.co
El día en que el asteroide 2024 YR4 iba a caer en Bogotá, la ciudad estaba sumida en un silencio tenso. La noticia había recorrido el país en cuestión de horas, y aunque las probabilidades de impacto eran casi nulas al principio, los cálculos finales confirmaron que la colisión era inevitable. Yo seguía en Pereira, y aunque el impacto ocurriría a cientos de kilómetros de distancia, nadie sabía con certeza qué sucedería después. ¿Un temblor? ¿El fin del mundo tal como lo conocemos?
Llamé a mi hermana. “¿Cómo estás?”, pregunté. “En casa. Todo parece normal, pero como en la pandemia, se acabó el papel higiénico”, bromeó. Aun asustada, su risa aligeraba la realidad. “Solo quería decirte que te amo”, solté con un nudo en la garganta. Hablamos hasta que su batería casi se agotó. “¿Qué vas a hacer?”, preguntó antes de cortar.
No tenía una respuesta exacta, pero algo en mí ya lo había decidido. Cogí mi morral, metí mi cuaderno de dibujo, lápices, dos sándwiches, colores y mis audífonos junto con el celular, cuya batería marcaba un 80%. Lo suficiente para lo que planeaba. Salí de casa por la mañana y caminé hacia la montaña más cercana. La gente en la calle se movía con prisa, algunos cargaban maletas, otros simplemente observaban el cielo con una mezcla de resignación y asombro.
Al llegar a un claro en la montaña, me senté sobre la hierba. Desde ahí, Pereira se extendía ante mis ojos, como un cuadro inacabado. El cielo se tornaba de un azul profundo, casi metálico. Saqué mi cuaderno y, sin pensarlo demasiado, empecé a dibujar.
Puse a sonar ‘Changó’ de Alcolirycoz y dejé que el ritmo me guiara. El grafito fluyó con rapidez sobre el papel, como si cada línea pudiera capturar la esencia de aquel momento único.
A la 1:00pm., cuando el cielo cambió de color, el asteroide cayó en Bogotá. No podía escuchar otra cosa que mi respiración y la base vibrante de la canción. “No hay miedo, solo destino”, pensé, mientras trazaba sombras del cielo incendiado y la ciudad distorsionada por la catástrofe. Cerré los ojos un instante, sintiendo la energía recorrerme la columna. Aún podía dar un trazo más.
Mi lápiz se deslizó con furia sobre la hoja. Un árbol, una nube, una línea que no llegué a terminar. La canción aún sonaba. La batería aún resistía.
Y entonces, el mundo se estremeció… y mi trazo quedó incompleto.
Por si acaso el mundo se acaba, te amo…
Mariana González García
La probabilidad era de 6 en 35 de que el mundo se acabara el 22 de diciembre del 2032 por el asteroide RY4.
Ese día decidí no ir a trabajar. ¿Para qué seguir la rutina? Me preparé mi desayuno favorito: huevos revueltos, pan y café caliente con 2 de azúcar. Mientras comía, puse la canción que le gustaba a mi papá, esa que dice “Si pudiera una botella guardar tiempos de ayer” de Ricardo Arjona. Nunca había entendido esa letra hasta ahora.
Me miré en el espejo mientras la canción sonaba de fondo. Las primeras arrugas empiezan a aparecer alrededor de mis ojos los cuales se ven agotados y mi piel ya no es tan firme como cuando tenía 20. Mi rostro está cansado, los últimos días fueron solo trabajo.
Decidí darme una ducha con agua caliente. Dibujé figuras geométricas con los dedos sobre el espejo empañado, como cuando era niña. Ojalá pudiera quedarme para siempre en este baño.
La ciudad se había vuelto un caos. Desde la ventana podía ver carros estrellándose, gente corriendo sin rumbo, algunos lloraban, otros rezaban. El aeropuerto estaba colapsado. Los noticieros decían que los tiquetes para cualquier lugar se agotaron hace semanas. Que gente tan ilusa.
Agradecía que mi familia viajó a Europa hace unos años, pensar en ellos entre toda esa locura habría sido insoportable.
El teléfono sonó. Era mamá.
—Hola, mami.
—Hola, amor… ¿Cómo estás?
—Bien, mami. Estoy segura de que no va a pasar nada —respondí con vacilo.
Hubo un silencio largo.
—Tengo miedo —dijo con la voz quebrada.
Si algo llegaba a pasar también tenía miedo, pero no a morir. Tenía miedo de no haber vivido lo suficiente. Miedo de todas las veces que pospuse cosas, de los abrazos que no di, de las palabras que nunca dije.
Cerré los ojos, podía sentir mi respiración caliente contra el teléfono y le dije lo único que podía decirle:
—Te amo mucho, mami.
Ella sollozó.
—Yo también te amo mucho, mi bebé —y colgué con fuerza
El teléfono volvió a sonar, pero esta vez no contesté. Ya no quedaban palabras que pudieran aliviar la incertidumbre.
Me quedé mirando el cielo, como si el tiempo no fuera una amenaza.
Tal vez mañana despertaría y todo esto solo habría sido una mala estadística. Tal vez el asteroide pasaría de largo y la vida seguiría como si este día nunca hubiera existido.
Pero por si acaso el mundo se acaba…
Te digo que te amo.
Feliz último año nuevo 2032
Susana Andreina Rosas Quintero
susana.rosas@utp.edu.co
Febrero, 2025
¿Pasará lo mismo que con los dinosaurios? ¿Nos extinguiremos? El miedo me paraliza, Instagram me mostró un reel sobre el asteroide YR4, que supuestamente caerá en Colombia en 2032. Para intentar distraerme continúo scrolleando, no suelo fiarme de información de internet, hay tanta que ya no se sabe qué es real, mucho menos se puede confiar en algo que aparece en un video corto, pero hay algo sobre esa noticia que me hace ruido, algo me hace pensar que tal vez no sea inventado. Falta mucho para 2032, pensé, pero solo faltan 7 años, ¡Ni siquiera 10!
En mi ansiedad, busco información en fuentes confiables, como la NASA, según hay un 0,004 por ciento de probabilidad de que el asteroide colisione con la tierra, parece una cifra muy baja, pero dicen que esta probabilidad crece cada semana, algo muy preocupante. Que el asteroide pueda caer en Colombia, Venezuela o Ecuador, lo hace más alarmante, las películas nos tienen tan acostumbrados a que los apocalipsis, zombies o aliens lleguen al Central Park en Nueva York, que imaginar vivir esta realidad en un entorno más cercano se siente atemorizante.
Enero, 2032
Ya es año nuevo del 2032, celebro junto a los míos, aunque el año comienza temo que llegue fin de año, porque sería el fin del tiempo. La estadística pasó de ese 0,004 por ciento a un 25 por ciento en este tiempo, es casi seguro que el YR4 colisione, pero no se sabe dónde, ni cuándo.
Cada día se siente como el último, celebro cada amanecer como el mayor logro, agradezco estar viva un instante más, y vivo con la incertidumbre de hasta cuando durará ese momento. La NASA, desde la primera vez que ví la noticia, especula que la fecha aproximada de la caída del asteroide, si es que no se da antes, será el 22 de diciembre, si esto se cumple, al menos podré celebrar mi cumpleaños, el último, cumpliré 26 este año, y podré celebrar los cumpleaños de las personas que más amo, menos el de mi abuelo, que cumple el 25 de diciembre.
Es increíble pensar que todo lo que he construído, lo que he logrado, podría estar a punto de acabarse, pero quiero vivir un día a la vez, y todavía me quedan 12 meses para seguir disfrutando de mi vida, para creerme la protagonista de la película de “las últimas vacaciones”. Si este es el último año, voy a cerrar con broche de oro, y vivir todo lo que pueda, si no lo es, voy a recordarlo como uno de los mejores que he tenido.
Segundos de incertidumbre
Edison David Jaramillo Bonilla
david.jaramillo2@utp.edu.co
El cielo se oscureció de manera repentina, como si una sombra gigante quisiera tapar los rayos del sol, cuando de repente un estruendo invade mis oídos, y un destello de luz enceguece mis ojos, y solo siento como retumbar las placas tectónicas.
El aire se puso pesado, como si se estuviera quemando una llanta, o un fundido algún metal, por un momento, todo fue silencio. La devastación era total, como si la naturaleza misma hubiera reaccionado con furia, y al mirar el sol, se notaba débil y opaco, apenas se asomaba entre las nubes de polvo.
Observo a mi alrededor, y solo veo rostros de terror, de impacto, cada vez se me hace más difícil entender que ha sucedido, pero por un momento logro entender lo que había pasado.
Entendí que hace pocos minutos el terrible meteorito YR4 acababa de impactar sobre la tierra, no sé si saben que es de una gran magnitud, y mi ciudad, con poco más de 60.000 mil habitantes, ha sido la más afectada, esta pequeña ciudad conocida popularmente como la Perla del Otún, o querendona, trasnochadora y morena, Pereira.
Esta tierra que me vio crecer, y que también vio crecer a mis padres, y a los padres de mis padres, esta ciudad que me ha dado de comer durante 20 años, esta ciudad a la cual le debo todo lo que soy, acaba de ser destruida por uno de los fenómenos naturales más inhóspitos del mundo.
Semanas antes, todo el mundo pensaba que esa noticia era una falacia, algo que se había inventado el gobierno para espantar a las personas, pero hoy primero de marzo no fue así.
Esta ciudad, que alguna vez fue bulliciosa, ahora estaba sumida en un silencio profundo, interrumpido solo por los crujidos de las estructuras colapsadas, todas las plazas principales destruidas, los establecimientos caídos, personas tristes por perder a seres queridos, y yo sin todavía terminar de entender lo que sucedía por lo aturdido que estaba en ese momento. Miro a las personas queriendo buscar una respuesta, pero siento que ellas están peor que yo.
Vi que el mundo desde ese momento había cambiado, desde ese día nada iba a volver a ser igual, ese fenómeno había marcado un antes y un después en la humanidad, pero aún más en las mentes de esas familias que lo perdieron absolutamente todo.



