Mabel Coronel Cuenca
En los últimos años he observado con creciente preocupación la proliferación de plataformas y sitios en las redes sociales que, a cambio de sumas más o menos módicas, ofrecen a los escritores premios, reconocimientos, medallas (algunas incluso “bañadas en oro”) y otros honores que prometen llegar hasta la puerta de su domicilio, sin importar en qué país residan. Esta práctica, que se ha convertido en un fenómeno global, merece una profunda reflexión porque interpela no solo la esencia misma de la escritura, sino también la integridad intelectual y la ética que deben regir el acto creativo y su reconocimiento.
¿Para qué sirven estos premios y distinciones? ¿Qué valor real tienen cuando su adquisición depende únicamente de la capacidad económica del interesado y no de méritos literarios objetivos y reconocidos? En el mejor de los casos, estos “reconocimientos” alimentan el ego de quienes los adquieren, creando una ilusión efímera de éxito y prestigio. En el peor, engañan a incautos, a quienes con genuina pasión por la literatura desean construir una trayectoria honesta y significativa, solo para encontrarse atrapados en una red de falsedades y simulacros.
Esta realidad me recuerda con nitidez un fenómeno histórico que nos es familiar: la venta de indulgencias en la Europa medieval. En aquella época, el perdón de los pecados podía comprarse con dinero, sin importar la gravedad del pecado ni la verdadera contrición del pecador. Era una transacción comercial que aseguraba el “lugar en el cielo” a quienes tenían el poder económico para pagar. ¿No estamos acaso hoy repitiendo un esquema muy parecido en el ámbito cultural? Solo que ahora el “cielo” prometido es una suerte de reconocimiento literario que poco o nada tiene que ver con la calidad, la ética o el compromiso con la palabra escrita.
Preocupante
Lo más preocupante es que estos esquemas no se limitan a simples grupos en redes sociales. Muchas empresas que se dedican a la edición, promoción y venta de libros también ofrecen a sus autores un paquete completo que incluye “honores” y “distinciones”, una mezcla peligrosa que confunde la comercialización legítima de la obra con la compra del prestigio. Esto diluye la verdadera intelectualidad, pone en crisis la autenticidad del reconocimiento y, por si fuera poco, fomenta la cultura del atajo y la simulación.
Me pregunto, entonces: ¿hacia dónde estamos caminando? ¿Qué futuro estamos construyendo para la literatura y la cultura? La escritura, ese acto sagrado que debe estar al servicio de la verdad, la belleza y el pensamiento crítico, corre el riesgo de transformarse en un producto de consumo banalizado y de prestigios efímeros, cuya validez se mide en dólares y likes, no en calidad ni en aporte intelectual.
¿Dónde quedó la ética? ¿Dónde el compromiso del escritor consigo mismo y con su público? La intelectualidad no es un título que se compra ni un honor que se recibe con un clic; es un compromiso constante con el rigor, la reflexión, el diálogo honesto y la búsqueda incansable de la excelencia.
Hoy más que nunca es necesario reivindicar estos valores y alertar sobre las trampas de la superficialidad. La literatura verdadera exige tiempo, esfuerzo, autenticidad y, sobre todo, una comunidad crítica y consciente que sepa reconocer el mérito con justicia y rigor. Solo así podremos asegurar que la palabra escrita siga siendo un faro de conocimiento y un vehículo de transformación social y cultural, no un mero accesorio de vanidad o comercio.



